Amanda abrió una puerta en mi cabeza y cuando miré ahí dentro, vi otras versiones de mí en las que Amanda no existía y no me gustó ninguna. En la mayoría soy un monstruo. En otras no mato a nadie pero tampoco soy un ángel. Cerré esa puerta, me quedé mirando a los ojos de Amanda y su sonrisa desdentada se fundió en mi corazón y bloqueó esa puerta para siempre.

Pero me quedé con la imagen de uno de mis alter egos, uno muy similar a quien soy, dibujada en un papel que se desvanece como las fotografías de mundos alternos en Volver al Futuro. Este sujeto, llamémosle Daniel, siente envidia cuando ve que las editoriales chicas y grandes siguen llamando a los mismos asegurados y lumbreras de siempre. Incluso anota y googlea los nombres nuevos, gente más joven que él que publicó algo en una revista alguna vez, o alguien de su misma edad que podría ser su amigo si no viviera en Puente Alto; y ahí están en una antología, los invitaron, participaron, los editaron y los publicaron.

Y Daniel, que es malo para sobar el lomo y pésimo para armar redes, se rebulle en una cama de espinas de sal porque el pequeño mundo editorial chileno es tan corrupto y mezquino. No es un autor que se sienta amarrado ni obligado por su pasado inmerso en la fantasía y ciencia ficción, “escribo de lo que me pidan” dice y piensa y mensajea por facebook, “y soy súper editable, no peleo por una coma o un adjetivo, en serio pueden contar conmigo”. Pero no lo invitan a ninguna convocatoria cerrada, no le dan la oportunidad de ser derrotado dignamente.

Y este Daniel dice “ya verán” con ira, igual que viene haciendo desde hace dos décadas, y todavía no logra que nadie vea nada. Su problema no es que escriba mal, al contrario, es la envidia de muchos que también escriben y es el objeto de admiración de otros que leen en su blog los consejos acumulados para escritores amateurs que no quieren ser amateurs. Daniel escribe bien, a la primera, y cuando pasa y repasa sus textos hace maravillas. Su problema, y él lo sabe, es otro: vive en un mundo irreal, en una ilusión, en la que él no tiene que demostrar nada a nadie; son los editores los que tienen que venir a su puerta a pedir permiso para republicar un texto viejo sacado de su blog.

Si su ego fuera comestible, Daniel podría nutrir una nación pobre de áfrica.

El papelito donde tenía ese dibujo espantoso de mi otro yo parece mojado, un paño con mocos que se seca con el viento. Amanda me sonríe desde los brazos de Lucía y el peso de esa imagen se transforma en abono para otras historias. Los monstruos quedan encerrados en una habitación sin puertas ni ventanas. Me siento liviano, mareado después de amputar un trozo tan grande de cerebro. Subo las escaleras y me tiendo a soñar despierto, para variar.

Amanda Luna

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