Esta entrada expresa una visión que ya no profeso. En vez de leer este post, recomiendo leer mi otro blog No Me Canso de Escribir, y participar del taller literario online.

Es lo mismo que escribir un cuento, pero en plural. Y no estoy bromeando. Alguna vez hace muchos años me instruí en la técnica del cuentista, principalmente leyendo cuentos, luego analizando cómo se escribieron, y más tarde encontrando las fallas en mis propios escritos. No fui a un taller literario y creo que es un poco tarde para mí, pero seguramente no es tarde para ti. Y si quieres escribir un cuento o escribir muchos cuentos, la clave para lograrlo está en el plural, no en el singular.

No se puede aprender a escribir cuentos, pensando solo en escribir un cuento. Hay que repetir, crear, poner aprueba, equivocarse. ¡Hay que escribir un libro de cuentos! Y esto no es una competencia, todos tenemos algo de cuentista en los genes y se puede escribir cuentos desde que se aprende a hablar (sí, incluso sin saber escribir) hasta el mismo día de la muerte. Es un arte complejo y fascinante.

Esta semana me reuní con mis amigos escritores, y cuando les expuse mis tres ideas para una compilación que estamos preparando, Armando me expuso que una de las tres estaba destinada al fracaso porque no sé cómo va a terminar. Traté de discrepar un rato, pero en realidad hubo caso.

Entiendo y comparto que el final de un cuento es importante y sirve mucho si se conoce de antemano, para no perder el tiempo escribiendo algo que podría quedar a medio camino. Pero no es lo más importante y un cuento que se comienza sin conocer el final no necesariamente sirve para hacer compost y nada más.

Uno de los errores que cometí muchas veces durante mi proceso de exploración como cuentista durante la toda la última década del siglo XX y parte de la primera del XXI, fue escribir en función de una idea, un lugar, un mundo… me enfoqué en cualquier cosa, menos en los personajes. Hoy sé que es un error enfocar la atención en otra cosa que no sean el o los personajes de la historia; así es como se escriben cuentos y novelas que no convencen, y peor aún, que nunca salen del proceso de borrador.

Como lector me gusta leer acerca de personajes sometidos a dificultades, puestos a prueba de diversas maneras, físicas o sicológicas, y como escritor me esfuerzo en que mis cuentos y proyectos de novela (los que estoy trabajando ahora al menos, de los antiguos no puedo dar fe) cumplan con este propósito.

El modelo clásico de cuento, que también practico pero del que no soy fanático, presenta pocos personajes en un espacio físico y temporal reducido, que se ven expuestos a una situación al principio y la solucionan al final. Depende del arte del autor si un cuento de estos alcanza cierta notoriedad. Es una estructura clásica, más antigua que la rueda, y por lo mismo es la adecuada para aprender a escribir y poner a prueba la capacidad del cuentista para enfocarse en los personajes.

Luego uno como autor puede experimentar y exponerse a técnicas practicadas por otros autores o improvisadas por uno mismo. Las que yo practico con algún grado de éxito son las que he descubierto a través de mis lecturas y mis experimentos. Y el resultado de ellas es muy satisfactorio para mí, que tengo un nivel de autocrítica que se supera a sí mismo.

Uno consiste en no conocer el final. Perdón, debo reformular: consiste en crear una situación tan potente, tan inevitable, que los personajes deben poner a prueba todo lo que son para salir adelante. El final de la historia es importante, pero no es mi prioridad y es irrelevante a la sombra de todo lo que ocurre antes. Los personajes pueden ser moralmente perfectos, físicamente hermosos, incorruptibles. Los personajes pueden ser extravagantes, irreverentes, y sufrir profundos traumas. Los personajes pueden ser cualquier combinación de virtudes y problemas que yo les quiera dar y es aquí donde me puedo equivocar.

Si exagero, si le doy todas las virtudes y ninguna falla, o si lo lleno de fallas y le resto la capacidad de tener alguna virtud, pues el personaje está destinado a la inverosimilitud. Nadie se lo va a creer. Debo encontrar un equilibrio para estos personajes. ¿Cómo es una persona común y corriente? Una persona normal tiene el suficiente autocontrol y dominio de la ética y moral y las leyes que rigen a la sociedad, para funcionar sin ser un delincuente. Una persona normal no vive en los extremos más elevados de la virtud, porque tal cosa no existe en la vida real. O dicho de otra manera, una persona normal puede enloquecer si la presionan, se va a defender si la atacan, se va a equivocar si lo tientan. O va a estar a punto de…

Cuando escribo un cuento siguiendo este modelo, primero me ocupo de la situación que moverá a los personajes desde su lugar seguro al lugar donde surge el desafío y el conflicto. Después me ocupo del personaje principal, aquél que será mis ojos en la historia, y también me ocupo de los personajes que se cruzarán en su camino. Y como tercer paso, busco el mejor punto de partida para el cuento, aquel momento en el que será más claro el mensaje, donde la explicación del entorno y el conflicto estarán mejor embebidos en el relato. Y a partir de ese minuto, escribo. La historia se desliza como mantequilla encima de un choclo caliente.

Y sé que estoy llegando al final del cuento cuando la historia me lo dice, así mismo, el texto me habla. Parte de la aventura de escribir este tipo de cuentos es que son desafiantes, y también porque voy solucionando (o empeorando) los problemas de los personajes mientras escribo. Aquí el deus ex machina es el peor delito, la salida fácil es un suicidio. Un cuento de este tipo es tan motivador que al terminar de escribirlo, en aquel momento en que sé que el final se acerca, la sensación de triunfo es enorme, pero también hay algo de tristeza. Satisfacción asegurada.

Varios de mis cuentos escribieron así. Artemio Salinas, Los Hijos del Matuasto, La Esfera de Nada, Abajo está el Paraíso, El traslado… este último es de hecho el primer cuento de una serie y es el punto de partida de la historia. La imagen que me motivó a escribirlo es la siguiente: ¿qué pasaría si tomo a un grupo de gente y la traslado a otro mundo? Suena repetido, así que imaginé que movía a este grupo de gente con sus casas incluidas, un círculo perfecto de territorio de un kilómetro de diámetro. Y no trasladé a cualquier gente, moví un trozo de territorio que conozco bien, donde viven familias esforzadas y trabajadoras, pero también se encuentran los de la peor calaña. ¿Y qué ocurre cuando despiertan una mañana sin luz ni agua potable y teléfono ni Internet (todo lo que nos parece tan natural ahora), salen de sus casas y ven que el paisaje que les era conocido ha cambiado y están solos, metidos en el medio de un bosque repleto de peligros? Lean ese cuento y me entenderán.

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