Es una historia que se me ocurrió por primera vez cuando iba en octavo básico. ¿O fue en tercero medio? Tengo muy clara la imagen de estar en mi habitación de la casa amarilla, en la villa del 27 de Vicuña. Pero también me acuerdo que en ese primer borrador usaba los nombres de mis amigos como personajes, y a esos papanatas no los conocí hasta tercero medio. Así que es algo confuso, si me leen que fue en 1989 ó 1993, cualquiera podría ser la verdadera.

Primero la dibujé en mis cuadernos, un montón de historias que comenzaban con el personaje principal, Deke, que caía a un pozo y era transportado a otro mundo. Asumo que no tiene nada de original, pero era la primera historia que se me ocurría de principio a fin. Así que una noche insomne comencé a escribir en un cuaderno, y no me detuve. El nombre ya lo tenía de antes, lo inventé y no significa nada. Era mi primera novela.

Ahora que miro en retrospectiva, recordando la historia que salió de mis dedos como si no tuviera control sobre ella, era muy infantil. Una historia de amor, por supuesto, y una aventura en compañía de un alterego de paradoja, junto con súper poderes obtenidos sin saber por qué y una amenaza repugnante que se cierne sobre la ciudad.

Había mucho más que eso en el cuento que quedó plasmado en hojas de cuaderno. La leí tantas veces en los días consecutivos que me aprendí la historia de memoria. Y con el paso de los años el engendro cobró vida, creció en mi cabeza hasta transformarse en un novelón de ciencia ficción. Yo solo quería escribir esa historia, que ahora tenía un grado de complejidad mayor. Así que la escribí en el verano de 1998, con veinte años de edad, un computador Acer Aspire con 64MB de RAM y 1 GB de disco duro, y todo el día para hacer lo que me diera la gana.

Tengo acá una copia tardía de 2005. Tiene 31 mil palabras. En algún momento llegó a tener más de 100 mil. El primer borrador de 1998 se perdió para siempre. Lo edité y re edité hasta que ya no pude cambiar nada más, agregué y quité texto hasta el aburrimiento. Y en algún momento me aburrió. De verdad. No fui capaz de seguir trabajando sobre ese mamotreto.

En mi blog, este mismo, hay al menos doce referencias a esta novela a lo largo de los años, desde 2004. Que la estoy reescribiendo, que me aburrí de reescribirla, que ahora sí la voy a reescribir, que mejor que no, y así. Más de una década peleado con las palabras que daban forma a la historia, y la historia en sí sigue intacta.

En 2010… creo que fue 2010, reinicié la novela. Partí de cero. Pero partí reutilizando los mismos elementos que eran mi obsesión de todas las versiones anteriores. Y al llegar a la mitad abandoné la empresa. En comparación con la versión de 2005, la de 2010 es mil veces mejor. Pero aún así no era suficiente, ahora la leo y veo los típicos errores de estilo que suelo criticar a los autores novatos, todos juntos y por separado.

Y la razón por la que elegí esta novela, tantas veces escrita y reescrita, es que se comporta como un fantasma que se asoma desde debajo de mi cama y me mira con ojos de cuencas vacías, una y otra vez, a lo largo de los días y semanas. Me pena. Cuando me acuerdo de ella me da dolor de guata. Y no es porque no la quiera, sino porque me lo debo. Se lo debo al pergenio que se quedó escribiendo toda una noche en hojas de cuaderno, soñando que veía su historia publicada en un libro.

Ahora es una promesa.

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