Escarbando en mis respaldos, encontré un texto de abril de 2008, cuando intenté por primera vez escribir esa novela. Usaba el yWriter5, tenía gran parte de las definiciones listas y me lancé a escribir. Pero el archivo se corrompió de alguna manera, gran parte de lo que escribí se desvaneció simplemente. Fue como si no lo hubiera guardado. Y ahí dejé el proyecto, frustrado por la pérdida, desmotivado.

Hoy encontré lo poco que sobrevivió, y me asombré de lo complejo y barroco que era el mundo donde quería instalar la historia. En ese momento era un mundo “como el nuestro” pero con grandes diferencias. Y el protagonista era un sujeto con un ego y una soberbia tan grandes como su poder. Veamos el texto mejor, sin editar.

La imagen congelada, un ojo gigante y hermoso, le mira con tal intensidad que su alma se comprime y convierte en ceniza. Está frente a él, sobre él, dentro de él, opresivo, todopoderoso.

Benjamin se reconoce a sí mismo frente al ojo de Dios. Sólo puede ser eso, se dice convencido. Es el ojo de Dios. Me hace sentir miserable.

El ojo se mantiene pétreo ante él. Nada se mueve a su alrededor. Benjamin observa su cuerpo estático desde afuera, vestido con una túnica escarlata ajustada a la cintura por un cordón plateado, el cabello largo y peinado a la moda del lugar cubriendo en parte su ojo derecho, los pantalones holgados y las botas de cuero reforzadas y remachadas, las mangas de su camisa blanca termindas en vuelos a la altura de la muñeca.

Ridículo, es su primer razonamiento ante la imagen de sí mismo vestido como un idiota afeminado, con una expresión de horror tan absorbente y angustiosa que prefiere poner su atención en otros detalles.

Está ante el ojo, con su brazo derecho extendido, una daga plateada apuntando hacia el iris. El recuerdo de ese horror no le abandona, regresando paulatinamente pero vacío de su causa.

Algo hizo, lo sabe bien. No puede recordarlo, no puede recordar por qué está allí ante esa cosa montruosa que le observa y le desnuda hasta el último átomo de su cuerpo. El ojo de Dios, ciertamente, pero no de un Dios benévolo.

A su alrededor todo se ve lechoso, como cubierto de neblina. Hay un cuerpo sobre una roca justo debajo del ojo, sus entrañas expuestas y sanguinolentas, su rostro deformado por la tortura. Es una mujer. Una mujer adulta, mayor, de cabellera rubia y ojos desorbitados por el dolor.

Benjamin no la reconoce. Muerta. Está muerta. ¿Yo le maté?

A varios pasos de allí dos hombres premonidos con baritas apuntan a su espalda. En sus rotros está grabada la mueca de un grito, la conjura de un hechizo asesino.

Y no muy lejos de allí un perro negro, grande como un ternero, flota en el aire en una contorsíon poderosa, intentando liberarse de las cadenas que le mantienen atado a un tronco caído.

Fascinante. Los elementos de la escena como la imagino ahora siguen allí, aunque espacialmente más apretujados. Y el protagonista lleva ese traje de pirata o aristócrata o qué sé yo, un Dorian Grey con barita. ¿Túnica escarlata? ¿El cabello cubriendo su ojo derecho? Es muy de animación japonesa, Terry de Candy. Ya no será así, lo aterricé a tal punto que podrá confundirse con un evento histórico real de la primera mitad del siglo XX.

Esta escena será editada, descompuesta a lo más básico y luego reescrita. Trato de imaginar qué sería de esta novela si no hubiese tenido ese accidente, y me da una mezcla de pena y vergüenza. Eran otros tiempos.

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