Fue el día en que cumplí quince años. Viajaba en los brazos de mi padre al galpón común donde se hacían todas las celebraciones de la Colonia. Aunque soy capaz de caminar desde hace siete años, tenía las piernas cortas y Papá se frustraba cada vez que debía detenerse para esperar a su hijo.

No esperaba ningún invitado, la gente seguía mirándonos con recelo, los niños que parecían de mi edad sabían que no era un bebé como ellos y los adolescentes no tenían ninguna intención de juntarse con el enano superdotado, pero al menos ya no me la pasaba oculto en casa y podía transitar de un lugar a otro con bastante autonomía. De modo que el freak que no envejece tendría su fiesta.

“Encontraron a la tarántula”, gritó alguien desde una ventana a la distancia cuando entrábamos al galpón, y se me hizo un nudo en el pecho al tiempo que otras personas daban vítores y se transmitían la buena nueva, “no se quería morir la condenada así que le prendimos fuego”…

Pobre Alicia, pensé y aguanté lo mejor que pude para no ponerme a llorar como un crío. Mi padre notó el cambio en mi postura y se puso tenso, sospechando lo obvio. No era la primera vez que le daba un disgusto.

La tarántula era la forma real de uno de los seres más fascinantes que encontré en los alrededores de la colonia durante los años en que todo era novedad, un ser que podía mostrarse como el arácnido aterrador que era o como… otra cosa. En mi caso se aparecía como un ángel, una mujer hermosa vestida de blanco y sonrisa cálida que me daba la bienvenida al pie de su árbol. Nuestras conversaciones eran complejas y estoy seguro que podía leer mi mente, pero aún así Ella formulaba preguntas y yo se las respondía contento. En ese entonces Alicia era mi única amiga.

Sin que me lo pidieran, conté a mis padres los detalles, mientras Papá masticaba su trozo de torta en silencio junto a mi madre, los tres sentados en el extremo de una mesa servida para treinta invitados que prefirieron excusarse a última hora. Mamá suspiró y acarició mi cabeza, algo extraño en ella que prefería abrazar una escopeta antes que a su propio hijo.

—Roguemos porque no sea la única criatura de su especie —dijo mi padre y ajustó mi silla para bebés de tal manera que quedamos frente a frente—. Hijo, debiste decírmelo antes, ahora está muerta y con ella murió la oportunidad de conocer algo más de este mundo. De verdad, ruega porque haya otra como ella. Debiste decírmelo.

Aunque nunca fui un tipo impresionable, esas palabras mi hicieron sentir profundamente culpable. Alicia murió por mi culpa. Papá estaba enfurecido y lo demostraba de la única manera que podía: explicándolo.

Nos fuimos de mi fiesta de cumpleaños sin siquiera entonar la canción que lo hacía oficial. No había ánimo para pasarlo bien a la fuerza, a pesar que las gentes de la Colonia parecían con ánimo de convertir las calles en un carnaval. Dejamos todo allí, la torta y las bebidas que mamá demoró una dos días en preparar. Papá se ocultó tras su rostro parco y distante, me cargó de regreso a casa, me arropó en la cama y apagó la luz sin despedirse. Aún era de día.

Era pleno verano, pero apenas el sol se escondió detrás de las montañas un viento helado nos golpeó con ruido de techumbres y de árboles meciéndose con furia. La fiesta en el pueblo se acabó de inmediato y dio paso a la preocupación. En alguna parte cayó una rama y el estruendo de su caída se oyó incluso por sobre el ruido del exterior. Me quedé despierto, observando el fenómeno desde mi ventana, recordando cada minuto que pasé con Alicia… la tarántula. Y me permití llorar. Tenía quince años pero parecía un chiquillo con rabieta porque no le dieron más postre.

La tormenta de viento amainó durante la madrugada, y al igual que otras veces salí por la ventana, abrigado como un crío sobreprotegido. Seguí la misma ruta de siempre, adentrándome en el bosque, ignorando las señales de peligro hacia el territorio inexplorado a los pies de la montaña. Los árboles parecían extender sus ramas hacia mí como si quisieran impedirme el paso, expresando su disgusto con ronquidos subterráneos y susurros disonantes. Tal vez no les gustaba verme allí a esa hora de la noche, o quizá sólo intentaban protegerme.

Avancé muy rápido, tenía que verlo con mis propios ojos. Llegué al borde de una pequeña quebrada y seguí una huella ascendente hacia la pequeña hondonada donde crecía el árbol escamoso donde habitaba Alicia. Era un rincón privilegiado, para los cazadores ese sendero habría pasado por una simple huella de agua y así es como nadie la había descubierto aún.

El olor a madera quemada me atacó apenas entré al refugio abierto hacia las estrellas, y la imagen del árbol chamuscado, encogido tras una muerte lenta y dolorosa, me hizo caer de rodillas y llorar sin tapujos. El cadáver de Alicia no estaba, seguramente lo transportaron al pueblo para exhibirlo en la plaza y los científicos se lo pelearían por partes.

Papá se sentó a mi lado con las piernas cruzadas, por supuesto que había esperado a que escapara por la ventana y me siguió hasta allí en silencio.

—Esta no era la casa de un simple bicho —dijo Papá mientras yo sorbía los mocos e intentaba volver en mí—. Aquí vivió un ser inteligente, sensible y curioso. Lo veo en las marcas que dejó en los alrededores, algunas son tan antiguas que parecen parte de la piedra, las más frescas son tan antiguas como nuestra llegada, y podría apostar que la tarántula se sentaba en el borde e la montaña a mirar lo que hacíamos. Mira, la obligamos a cambiar su rutina de toda la vida, milenios tal vez vigilando el valle. Impresionante…

—Se llamaba Alicia —dije y soné ofuscado. Me esforcé en que lo demás sonara menos agresivo—. Era mi amiga. Y lo único que sabía hacer era observar, hasta que llegué yo y decidió que quería aprender. No pensé que la matarían…

—Vi su cadáver quemado cuando lo llevaron al pueblo, era una araña muy fea. Pero te creo —Papá pone una mano en mi espalda—. Si no hubiese sido por las extrañas muertes de hace algunos días, nadie se habría preocupado. Y tú habrías continuado con tus paseos y tus conversaciones en secreto.

»Tal vez Alicia no era un ser ético, como nosotros. Tú no representabas una amenaza y probablemente eras su principal fuente de información. Nosotros en cambio somos el progreso, nos alimentamos del ecosistema y sobrevivimos a duras penas. Somos una amenaza.

Miré a mi padre de reojo. Las muertes extrañas no tenían nada de extraño en realidad. Algo drenó toda la sangre a un grupo de exploradores al otro lado del pueblo, ni siquiera estaban cerca de la casa de Alicia. Sus cuerpos parecían aplastados, como momias retorcidas. Y la Colonia completa entró en pánico. Después de los parásitos estomacales y las ratas cantoras, esto representaba una verdadera amenaza.

El que fue un hermoso árbol tan alto como mi padre, de tronco escamoso y hojas negras de borde afilado, ahora era una masa carbonizada un poco más alta que yo.  Y mientras la observábamos pareció moverse. Papá se puso en pie de un salto y llegó a su lado, acariciando lo que quedaba de madera carbonizada, canturreando con voz grave algo muy parecido al ronroneo de los árboles en el bosque.

—No está muerto, pero el respiradero debe estar obstruido. Hijo, ayúdame a buscarlo.

Escarbamos en los carbones del tronco por varios minutos, sin encontrar ninguna de las narices del árbol. Pareció toser con su pulmón subterráneo una vez más y fue como si se desinflara. La tierra cedió bajo nuestros pies mientras las raíces se marchitaban, dejando un espacio vacío en torno al pulmón subterráneo.

—Qué crueldad —dijo papá y extrajo sin problemas lo que quedaba del árbol, otro espécimen para analizar en su laboratorio improvisado—. Hace mucho frío, volvamos a casa, Mamá nos espera con la sopa del desayuno, pronto va amanecer.

Regresamos caminando a mi velocidad, papá cargando el cadáver del árbol, yo cargando con una culpa difícil de racionalizar.

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