Leyendo y “analizando” los textos de otros autores, en su mayoría nacionales pero también extranjeiros, di con algunos errores clásicos de principiante (incluso en autores que están en categoría Senior). ¿Cómo se hace?

El principio está unido al final, sin importar lo tortuoso del camino.

En un texto literario alejado del vanguardismo, el principio  de la obra (el primer capítulo si es novela, primera página si es relato, primer párrafo si es cuento) abre la puerta al lector hacia la propuesta del autor, presenta una situación o pregunta que siempre guía el arco argumental de la obra hasta su término, donde la pregunta se responde y se cierra la puerta. FIN.

En el camino el autor puede hacer y deshacer, llevarnos por rutas falsas, confundirnos al punto que no entendamos nada, o seguir una vía expedita por los colores del arcoiris… pero siempre llegamos a la resolución del problema planteado en el principio.

Ésta no es una regla sólo para las obras marketeras, pageturners y bestsellers. Viene de la tradición oral y permite presentar textos autocontenidos, autoconclusivos y al terminar, satisfactorios para e lector.

El foco de atención se mantiene fijo en un mismo personaje durante toda la escena.

En una escena cualquiera de una obra X, tenemos un narrador y personaje(s). Cuando usamos muchos personajes, el trabajo del autor se vuelve arduo y complejo. La manera adecuada de simplificar es usar un personaje, que no necesariamente es el protagonista de la historia, y ver los acontecimientos desde su perspectiva o punto de vista.

Imaginemos un personaje que sale al pasillo, la acción en el interior de la sala continúa y a su regreso se perdió algo importante de la conversación. Si el objetivo de la escena es mostrarnos qué ocurre en ese lapso, podemos solucionarlo en el relato posterior, el personaje averigua que pasó. Esta construcción también permitiría mostrar el estado de ánimo de ese personaje, su carácter a la hora de buscar respuestas, etc.

Lo que no se hace es saltar de su punto de vista al de alguien más mientras él sale de la sala. Eso confunde a un lector con algún grado de déficit atencional (que son la mayoría).

Las personajes tienen voz propia, no son clones del narrador.

Lo he leído demasiadas veces, que personajes distintos entre sí piensan o hablan en primera persona calcados, homogéneos, indistinguibles unos de otros por como se expresan. Eso sólo demuestra que el autor no hizo el mínimo ejercicio de diferenciarlos.

Hay dos soluciones: a) dar una voz y tono a cada personaje, es trabajo extra pero cuando se hace bien, es para galardonar al autor; o b) no usar como narrador la voz en primera persona de otros personajes, es decir, no cambiar de narrador a lo largo de la obra.

La historia ocurre en un contexto espaciotemporal explícito.

Es lamentable leer un texto que no está contextualizado. Da lo mismo la obsesión del autor que quiere que su texto sea “eterno”, o que simplemente se le olvidó decir que la historia se sitúa en tal lugar y en tal época. Si el lector no sabe cuál es el tiempo y el espacio donde se desarrolla la acción, la experiencia se diluye y se vuelve lejana.

Hay maneras de contextualizar sin ser obvios no excedernos en explicaciones. “En un colegio privado del barrio alto”, “en algún lugar del desierto a principios del siglo XX”, “en un edificio sin ventanas cuya única puerta de salida está clausurada”, “en la casa de los padres de su novia, una mansión imponente repleta de sirvientes”, “Santiago a finales de los años 80”, etc. Hasta una obra de ciencia ficción necesita un mínimo de contextualización, “a medio camino entre la Tierra y Marte”, o en de fantasía, “al sur del reino oscuro, en medio de un bosque encantado (ver mapa adjunto)”.

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