Me pasó con PSIQUE mientras la escribíamos. El texto no dejaba de cambiar. Lo que yo escribí inmediatamente recibía un tratamiento estético o estructural, sumaba y/o restaba elementos. Y cuando lo volvía a leer, la escena tenía otro enfoque, otro personaje, ocurría en otro lugar. Ya no era lo que yo escribí, sino lo que Sergio editó. Y yo hacía lo mismo, editaba sobre la edición, agregando y quitando.

Algunas escenas más tarde salieron del texto final. Había que dejar sólo una línea argumental. ¿Las eché de menos? Sí. ¿Fue trabajo perdido? No. Aunque no las ocupemos en nada más, las imágenes y los textos que no están en la novela publicada nos permiten pensar en precuela y secuela.

El trabajo colaborativo es así, lo que yo hice no es mío, sino del grupo. El resultado cambia y no depende sólo de mi visión. Es como el trabajo del guionista en una serie de televisión.

El trabajo individual debería ser lo opuesto, ¿verdad? Yo hago lo que me da la gana y soy absoluto responsable del resultado. Sin dar muchas vueltas a la pelota, la cosa es así. Pero al mismo tiempo lo que escribo sigue cambiando, el resultado final no es el definitivo. Y no me refiero a la simple corrección de un texto que necesita ser pulido.

Corregir un texto es resultado de la incertidumbre, la inseguridad. Un eco en la cabeza que repite “hay que mejorarlo”. En algunos casos el texto efectivamente necesita ser mejorado. En otros casos es la obsesión del autor que no le deja terminar con el proceso.

¿Y si no hay nada que mejorar? Tal vez el texto no está perfecto, pero ya alcanzó la madurez suficiente para dejarle tranquilo en su estado actual. ¿Cómo puede cambiar? A eso voy.

El pasado 21 de mayo, aprovechando el feriado y mi indiferencia con la cadena nacional, me dediqué a recorrer los distintos concursos literarios disponibles para los próximos meses. Encontré dos que me satisfacen, para uno escribiré una novela corta cuyo guión ya está listo; y para el otro recurriré a una antigua novela que se ha paseado por muchos concursos sin mayor suerte. El único problema es que la novela tiene cuarenta mil palabras y el concurso exige un máximo de veinticinco mil.

El texto puede cambiar. ¿Por qué  no? Quitar quince mil palabras a una novela que en esencia está madura y no necesita mayor retoque es un desafío monstruoso. Para algunas personas sería como quitar órganos a su hijo (es un pésimo ejemplo, pero sé que en algunos casos el orgullo del autor le impide tomar acciones de esta naturaleza).

Ayer leí el texto completo, lo que demoró bastante, y a medida que leía borré una serie de escenas que sin ser de relleno, no se echarían en falta. Eliminé párrafos completos de digresiones y contextualizaciones. Incluso eliminé un personaje y sus diálogos. Como resultado quedaron 28 mil y pico palabras. Y ahora viene lo difícil, porque lo que quedó, con excepción de algunas correcciones necesarias para que no se note que falta algo, está “perfecto”. ¿Cómo le hago para quitar poco más de tres mil palabras sin mutilar zonas esenciales?

En eso estoy. Hasta ahora sólo he recurrido al viejo truco de fundir frases largas en una sola y a trocar expresiones pasivas por activas (“había dicho” por “dijo”). En una tercera y cuarta pasada, seguramente acortaré diálogos, robando palabras de sobra o cambiando oraciones completas por otras menos complejas que digan lo mismo.

El resultado será el mismo producto, la misma novela, pero resumida. La historia cumplirá con mi estándar y también con las bases del concurso. ¿Y qué ocurre entonces con la versión de 40 mil palabras? Eso dependerá del resultado del concurso. Es como en las películas de Hollywood, cada mega producción tiene material eliminado que luego se incluye en una “versión extendida”.  Nada se pierde. Sólo cambia.

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