Vivir en Chile nunca ha sido fácil, aunque las instituciones funcionen siempre hay algo que nos demuestra que no estamos en el pedestal de winners donde nos subimos como país sin haber ganado ninguna competencia. El nuestro es un país arribista por excelencia, basta con mirar por debajo de la falda para que se vean las costuras mal hechas y los parches con alambritos.
Hace pocos días hubo un terremoto mar adentro que sentimos gran parte de los habitantes de Chile. Y como chilenos acostumbrados a estas cosas, sabemos lo que ocurrirá a continuación, ya lo hemos vivido y algunos lo tienen mejor grabado en su memoria que otros, especialmente los que ya eran mayores en 1985: falla en los servicios básicos y una lenta reconstrucción que exige sacrificios.
Los que lo pasaron peor en 1985 fueron los primeros en recordar la falta de alimentos y las enfermedades por causas sanitarias. Y los que algo recuerdan del terremoto de 1960 saben mejor que nadie a qué nos enfrentamos. Entonces no es de extrañar que las reacciones escalaran al extremo de la gama, con saqueos de supermercados en busca de víveres. Esto no explica el hurto de televisores plasma, que surge de otra característica del chileno promedio: la pillería jactanciosa.
Ser “pillo” en Chile da para jactarse, cómo cagarse al prójimo sin recibir sanción por ello, lograr un beneficio rápido aunque sea de corto plazo y luego brillar por semejante astucia. Está embebido en nuestros genes. Algunos nos curamos de esas prácticas durante la adolescencia, pero otros las viven cada día y es parte de su cultura. Y no me refiero solamente al chileno pobre. He visto y oído cada cosa de personas educadas y de buen vivir, que dan escalofríos.
Chile demostró ser un país de cartón, una casa construida sobre suelo movedizo. Por fuera se ve como nueva, pero por dentro corren las cucarachas. Es vergonzoso descubrir que la seguridad de nuestro territorio depende de sistemas de información que fallan exactamente cuando más se los necesita. Los teléfonos celulares son útiles, pero si las antenas se caen o no reciben electricidad, apenas sirven como linternas. La telefonía fija corre igual peligro, basta con que se caiga un poste y la red de cables telefónicos se corta. No hay que ser un genio para saberlo, pero aún así nuestras autoridades nos mantuvieron en la mentira de un país preparado.
Teléfonos satelitales, mira qué simple. Tres por región, para coordinar todo, para conectar computadores, para mantenernos informados. ¿Son tan caros como para que el país no pudiera tener al menos uno por región? Ni las fuerzas armadas los tenían.
Actuar rápido, esa es la respuesta… pero los organismos que debían actuar con algún grado de autonomía ante el corte de las comunicaciones se vieron congelados en la burocracia y la culpa ajena. Siempre la culpa es de otro. No había procedimientos claros. “En caso de terremoto, vaya a la página tres. En caso de corte de energía, encienda una linterna y vaya a la cinco. En caso de corte de comunicaciones, sépase solo y tome decisiones rápidas, vea sus posibilidades en la página diez. Todas las anteriores, encomiéndese a Dios, pero no espere, vaya a la página 15”.
Sí, después del terremoto todos son generales de guerra. Pero antes del terremoto, ¿qué había? Peleas por dejar las cuentas claras y esconder los muertos en armarios con candado para que el próximo gobierno no los encuentre. Horas y horas y miles de páginas con análisis del cambio de mando.
Por supuesto que los terremotos no son predecibles. Pero en Chile podemos estar seguros que de tanto en tanto habrán terremotos, las casas de adobe se caerán, la energía se cortará, y el agua dejará de fluir en las casas. Habrá pánico y habrá desorden. Eso sí es predecible, es una constante.
En Japón saben de terremotos. Y casi cayedo en la paranoia, están preparados para esa eventualidad tangible. Los niños pequeños van a los colegios y jardines con cascos. Todos los años se hacen simulacros. Los japoneses están preparados. En EE.UU. cuando hay emergencias como la nuestra, las fuerzas armadas salen a las calles en el acto para resguardar la propiedad privada y la seguridad pública y proveer asistencia a los afectados.
Pero acá con el cuco del golpe de estado la visión de una tanqueta o de gorilas con fusiles en las calles es cualquier cosa menos bienvenida… pero no, no fue así, cuando al fin las FF.AA. llegaron a Concepción la gente pudo respirar aliviada, aplausos incluidos. Y dale con decir que Concepción es una ciudad de izquierda, a nadie le importa eso ahora. Los militares chilenos son organizados, ordenados, estructurados. Los conscriptos son todos cabros jóvenes y no hay ningún clima de polarización política al que echarle mano para difundir al cuco otra vez.
Seguirán las noticias de desastre. Seguirá el drama humano y la apología al raiting en los canales de peor sintonía. Y seguiremos sintiendo réplicas por al menos un mes más. Chile es un país de terremotos. Volveremos a sentir uno o más durante nuestras vidas. Basta de echarle la culpa a la Onemi, que ellos hacen lo que pueden con las herramientas disponibles y la estructura existente. Hay que culpar a los que crearon y mantienen esa forma de trabajo tan oxidada.


“Mi origen es mi destino” – Ningen Janai

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