Antes de contar la experiencia, debo decir que estamos todos bien, la familia y los amigos en general. No he sabido de desgracias cercanas y como las malas noticias vuelan, tengo la tranquilidad que no habrá más sorpresas.

El terremoto nos pilló en un condominio de lujo cerca de Ventanas y Horcón. Nos fuimos con mi mujer, mi suegra, mi cuñada y una prima por el fin de semana para pasar unas vacaciones tranquilas junto al mar y lo estábamos pasando demasiado bien. Teníamos una vista espectacular desde la altura en un edificio de departamentos, piscina y acceso directo a la playa, muy cerca de la zona naturista. Con unos prismáticos podía ver la gente pilucha tomando sol y el sonido del mar nos acunaba para dormir. Una maravilla.
La noche del 26 de febrero nos acostamos temprano, mi cuñada y su prima se quedaron a ver el Festival de Viña, ni sé a qué hora se acostaron porque me dormí apenas puse la cabeza sobre la almohada, la guatita llena y el corazón contento.

A las 3.33 en punto abrí los ojos, algo ocurría. La cama no se quedaba quieta. Encendí la luz del velador, el temblor comenzaba. Desperté a mi mujer, nos quedamos acostados esperando que pasara pero no pasó, continuó y aumentó en intensidad, el edificio ya gruñía y los objetos se balanceaban sobre sus estantes. Entonces se cortó la luz, grité “¡fuera!” y volamos en pijama, ya casi no podíamos caminar erguidos, apoyándonos en los muros. Me detuve en la puerta que daba a la escalera, mi mujer salió y faltaba el resto de la familia. Seguí gritando, “¡fuera, fuera, fuera!” hasta que apareció mi cuñada y su prima corriendo desde su habitación. Pero faltaba mi suegra.
Me quedé en la puerta del departamento, afirmado contra el muro, gritando a mi suegra para que saliera pero no aparecía. Entonces llegó el mayor golpe, el edificio estaba apoyado en el borde de un risco a un centenar de metros sobre la playa y podía imaginarme que íbamos cayendo. Se sentía como estar sobre el tagadá cuando se detiene y el simpático que lo opera hace saltar la máquina. El ruido es indescriptible (hay un video más abajo que suena tal cual, horroroso), todas las junturas del edificio gruñendo y cosas cayendo y despedazándose contra el piso. La luz de la luna entraba por los ventanales y gracias a eso podía ver cómo los muebles se deslizaban desde un muro hasta el otro, una pesada mesa de madera reciclada saltando como si fuera de juguete.
Duró poco, pero pareció eterno. Cuando amainó, pero aún con el gruñido del edificio y el piso moviéndose bajo mis pies, fui hasta la habitación donde dormía mi suegra y la encontré. No diré qué estaba haciendo para que no me asesine, pero puedo asegurar que nos reímos de eso todo el camino de vuelta a Santiago. Logré sacarla y nos quedamos en el estacionamiento fuera del edificio, tranquilizándonos porque lo peor ya había pasado.
De inmediato dije “nos vamos”. Eran las 3.40 AM y no me iba a quedar a esperar las réplicas, menos ahí, casi colgando sobre un risco, ni cagando. Sabía que mucha gente regresaría a Santiago de vuelta de sus vacaciones y que por el terremoto habría muchas más adelantando su retorno. No quería quedarme atascado en el taco y teníamos la bencina casi justa. Así que agarramos todas nuestras cosas, incluso ordenamos por respeto a quien nos arrendó el departamento. Nos pillaron tres réplicas en ese lapso, salíamos corriendo y regresábamos luego a terminar lo que comenzamos. Cortamos el gas, cerramos la puerta y una hora después del terremoto ya estábamos en camino.

Mi mujer viaja todas las semanas a esa zona por su pega, así que conoce la ruta Nogales/Puchuncaví (F-20) a la perfección. Sabíamos que nos encontraríamos con problemas en la ruta, hay muchas zonas donde el camino avanza junto a muros de tierra y rocas. Pero no me iba a quedar sólo porque podría haber problemas en la ruta. Nos encontramos con algunos deslizamientos, pero nada demasiado grave como para que no pudiéramos pasar. Y ya que no éramos los primeros en salir, había otros vehículos delante nuestro haciendo la misma ruta desde la hora misma del terremoto. Así que seguimos avanzando.
No sabíamos nada. Los teléfonos no conectaban. La radio no pillaba ninguna señal en AM ni FM. Salimos al fin a la 5 Norte y encontramos el primer obstáculo, una pasarela peatonal cayó sobre la ruta. Avanzamos por la caletera hacia el sur y seguimos así gran parte de la ruta, por dentro y por fuera, siempre avanzando, tomando vías alternativas cuando el camino estaba cortado. Contamos siete pasarelas en el suelo hasta nuestra entrada a Santiago. Los peajes estaban abiertos y los habitantes cerca de las zonas donde se cortó el camino ayudaban a encaminar los vehículos, a falta de carabineros.
Vimos una roca del tamaño del auto estacionada a mitad del camino. Vimos grietas en el pavimento. Vimos a la gente estacionada en zonas altas a la espera de un tsunami. No nos detuvimos. A la entrada a Santiago, a la altura de Quilicura, vimos una columna de humo y el hongo negro sobre ella, por el incendio en una industria. Vimos otros incendios pero ninguno tan llamativo, a la distancia y con la escasa luz del amanecer incluso parecía un tornado.
Por fin en Santiago avanzamos sin contratiempos por la Ruta 5, escuchando la radio Bío-Bío y enterándonos de la verdadera magnitud del sismo. Riéndonos de mi suegra a ratos… dejamos a la prima chica en su casa, luego a mi suegra y mi cuñada, y al final llegamos a nuestro hogar esperando lo peor.
Sólo encontramos copas rotas, algunos frascos y condimentos en el suelo, hormigas oportunistas haciendo caminos entre lo que quedaba de comestibles y nuestros perros saltarines y con sed. Nos acostamos a dormir sin limpiar nada y nos quedamos dormidos, ni idea si hubo más réplicas.

(Video captado por alguien, escuchen por favor, fue así de escandaloso)

La información.

La Bío-Bío fue nuestra fuente informativa desde el principio, la primera radio que pudimos pillar en nuestro camino de regreso. Pero al rato de oír a Tomás Mosciatti alardeando de la cantidad de muertos, preguntando cuántos cadáveres a cada minuto, con su tono de obispo enamorado del eco de su voz en la basílica y sus silencios que nadie podía interrumpir… nos tenía con náuseas. Ya en Santiago conectamos la Cooperativa. No teníamos señal de cable (VTR) y no podíamos ver nada porque no teníamos antena. ¡Horror!
Más tarde se recuperó la señal de televisión, gracias a Dios, y pudimos ver los edificios y los puentes caídos, los maremotos en la zona del epicentro y la tragedia en toda su magnitud. Sin teléfono, sin Internet, los celulares sin señal. Bien entrada la tarde pude conectar a la Web con mi celular y dejar un mensaje en twitter. A ratos la señal regresaba lo suficiente para enviar un SMS a los amigos y familiares pidiendo señales de vida.
En los medios se hablaba de un apocalipsis. Pero en nuestro viaje de regreso y a través de Santiago no vimos tal cosa. Sí había rutas cortadas y puentes caídos, y colas para comprar bencina, filas inmensas de vehículos y gente desesperada con el cuco del desabastecimiento.
Por supuesto que el terremoto nos pilló desprevenidos y muchos servicios estaban cortados, los semáforos apagados. Pero descontando los cortes de luz y de agua, más algunas rutas colapsadas y varios edificios destruidos (de una misma constructora, al parecer), la capital seguía en pie y sin contratiempos. No hay necesidad de tanta alharaca, en la Región Metropolitana al menos, pero los medios continuaron machacando a la población con la tragedia, festinando sobre los cadáveres y las tragedias individuales. Realmente vergonzoso.
Y para colmo, cuando se les acabó la redundancia local, no hubo nada mejor para hacer que ir a mirar qué decían los medios de comunicación en otros lugares del mundo, los que sólo repetían como eco las informaciones emanadas desde los medios locales. ¿Es tan importante? ¿Nos podemos sentir orgullosos?
En el sur del país el tema es otro, el golpe fue fuertísimo, los maremotos se llevaron mucha gente y los edificios de adobe aplastaron a sus moradores. No se puede mirar a otro lado como si nada hubiera ocurrido, ahí el papel de los medios y su función comunicadora ha sido esencial y aplaudo el esfuerzo de los periodistas, aunque sigo cambiando la tele cada vez que aparece Amaro.
Destaco la importancia de Twitter en todo esto. Miles de personas conectándose y contando lo sucedido, buscando a sus seres queridos y dando avisos relevantes, en apenas 140 caracteres. Verdadero periodismo en línea.




Aunque no soy un tipo creyente, tengo fe que saldremos todos adelante, que el sur de Chile estará de pie como siempre en un breve plazo y que lo peor ya pasó. Mucha suerte y tranquilidad para todos.


“Mi origen es mi destino” – Ningen Janai

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