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Cuando me inicié en el arduo proceso de aprender a escribir historias, mis cuentos eran sólo relato sin diálogo. El relato mismo declaraba quién decía qué a quién y con qué efecto, utilizado como una cadena de sucesos causa/efecto que iban desde el punto A hasta el B en línea recta. Y fue por causa de mis lecturas, casi todas anglosajonas traducidas al español con modismos neutros, que mi manera de relatar estos hechos se acunó en esos mismos términos.

¿Qué habría sido de mi prosa si aparte de leer a Heinlein y Asimov, hubiese puesto atención también a García Márquez e Isabel Allende? Sus relatos viscerales en bloques de texto que no dejan respirar eran absolutamente opuestos al modelo de texto en párrafos bien definidos que destacan una sentencia con propósito, elocuentes y estrictos, de los anglosajones.

El modelo anglosajón de escritura es algo más desordenado que el latinoamericano, que está supeditado a reglas que nacen de la madre patria y nos rigen y mantienen unidos a pesar de las diferencias que impone la geografía. El anglosajón intercala diálogo en el texto, utilizando comillas para declarar la voz del personaje, interrumpe las comillas para intercalar acción y/o estados de ánimo y regresa sobre el entrecomillado, pudiendo interrumpirlo una y otra vez en la medida de lo necesario dentro del mismo párrafo. El uso del guión largo en la literatura anglosajona es extraño aún para mí, que llevo años leyendo en inglés y todavía me cuesta comprender el objetivo de su uso literario.

Como vimos en el uso del guión de diálogo en mi entrada anterior, para que el diálogo en el texto tenga sentido, sólo puede ser interrumpido una vez. Esto obliga al escritor/a a tomar ciertas decisiones de formato en su relato, a jugar con el ritmo y soslayar las dificultades que esto implica. En el largo plazo el autor/a se acostumbra, su mente asume esta dificultad como una ley de la naturaleza y así como la Tierra gira en torno al sol, el diálogo no puede ser interrumpido más de una vez dentro del mismo párrafo. Así de simple.

Con el pasar del tiempo, influido por algunas lecturas como Bryce Echeñique, Cortazar y Borges, mi pensamiento lineal evolucionó hacia relato paralelo de “La Noche Boca Arriba“, al fantaseo estricto del “Aleph” y a la libertad humorística de “Tantas Veces Pedro“. Podía contar una historia enrollada que se mordiera la cola y dentro de mi cabeza tenía todo el sentido que intenté imprimirle, empapado de realismo mágico. Pero el diálogo de los personajes seguía eludiéndome.

Sinceramente, fue recién a finales de 2007 que descubrí las reglas del guión de diálogo. Antes utilizaba el guión corto e interrumpía las voces de los personajes tantas veces como me parecía oportuno. Eso me pasó por no poner atención a lo que leía, quedándome en el lado de acá de la historia.

Siempre supe que la única forma de ser un buen escritor era y es leyendo mucho y variado. Si no tengo tiempo para leer, menos tendré tiempo para escribir. Cada lectura gratificante me llena de estructuras y expresiones que pertenecen al autor/a de lo que leo. Es como contagiarse de su estilo. Pero el diálogo, por Dios, no se me pegó ni por casualidad.

¿Alguien ha leído a Lovecraft con atención? Es un pésimo dialoguista. Siempre lo supe pero hace poco tiempo, en un ejemplo que da Stephen King en su manual “Mientras Escribo“, la razón me fue revelada. El pobre tipo casi no hablaba con personas, por lo tanto no sabía cómo se extresaba el común de la gente. Si quería poner a un campesino a hablar, seguramente el andrajoso hombre de campo explicaría la aparición del monstruo con florituras decimonónicas llenas de paráfrasis y blablablá.

La gente no habla así. En mi cabeza una persona con poca educación puede sonar ridícula, pero en el texto se lee bien, incluso si habla con faltas de ortografía. Carece de colorido. Parece traducida desde un texto en inglés. El simple diálogo no se explica a sí mismo, porque la gente no pronuncia el nombre de su interlocutor cada cinco frases como haría un personaje de radioteatro. En el texto tal vez sepamos o intuyamos quién dice qué, pero sin la ayuda del narrador, cabe la posibilidad que nos confundamos. ¿Y si se trata de tres o más personas hablando al mismo tiempo, gritando, conflictuados?

Un buen diálogo va siempre acompañado de una explicación clara de lo que ocurre mientras los personajes hablan. Ejemplo:

—Debería sentirme avergonzada, pero no —dijo Julia con la vista fija en un punto sobre la pared, recordando el momento exacto en que hizo la estupidez más grande de su vida, adelantando y retrocediendo la escena como en una película—. Debería pegarme un tiro ahora mismo… ¿Crees en el perdón divino?

Okey, sin dar muchas evidencias, sabemos que el personaje habla con alguien, es mujer y se llama Julia, no siente vergüenza por lo que hizo y cree que debería suicidarse y buscar redención en la otra vida. No dice mucho más y para efectos de este ejemplo no es necesario. Está hablando con alguien. Démosle vida a ese otro personaje.

Arturo permanecía sentado en el piso ante ella, con los ojos llenos de lágrimas y una mano presionando su costado derecho bajo las costillas, donde hace apenas un minuto recibió una mortal puñalada.

Ah, Julia apuñaló a Arturo. ¿Es eso de lo que habla ella, de eso no se arrepiente?

—Eres una perra —gruñó él y su voz sonaba cansada, aunque no lo suficiente para dejar en claro el profundo odio que hace un minuto era amor incondicional—. ¡Y te vas a ir al infierno!

Julia sopesó el cuchillo de cocina en su mano izquierda. Ya no le quedaban ganas de seguir huyendo…

Y así dejamos en claro el tono, la atmósfera, la tensión misma de la situación. Tal vez Arturo fue a encarar a Julia por algo, aquello de lo que ella no sentía vergüenza. Tal vez el delito de ella era mayor y el pobre Arturo, ciegamente enamorado, se dio cuenta demasiado tarde.

Un buen diálogo de los personajes viene acompañado de todo el metalenguaje que no podemos ver, explicado en síntesis por el narrador en breves pero absolutamente necesarias interrupciones. Por metalenguaje me refiero a gestos que connotan y denotan e incluso pensamientos si es que el narrador tiene el poder de la telepatía.

“Mi origen es mi destino” – Ningen Janai

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