Este post está desactualizado. Si quiere acceder a lo último en teoría y software acerca del proceso de escribir, aceda a mi post acerca de CeltX y Pautas para Escribir una Novela.

Introducción

En todos estos años (casi veinte) tratando de sacar adelante mi sueño literario, pasé por varias etapas. Todas útiles en el proceso de aprendizaje, pero ninguna satisfactoria a la hora de los resultados.

Fui desde imaginar una escena y dedicar horas tratando de armar un cuento donde encajarla, hasta visualizar el final de la obra primero para conocer mi norte y no perderme en el camino. Usé la escritura automática (ésa que se confunde con inspiración) para relatar historias que no tenía idea de dónde venían ni para dónde iban. No participé de tallereres, nunca leí un texto acerca de cómo escribir un cuento, menos una novela. No sabía de estructura, de desarrollo de personajes ni de conflicto.

En resumen: no tenía idea de lo que estaba haciendo, aunque seguía escribiendo de corazón.

Y así llegué al verano de 2007, con dos novelas guardadas en un cajón y un centenar de cuentos (la mayoría inconclusos) repartidos en distintos formatos. Entonces tuve una excelente idea para un cuento y en la medida que lo escribía se transformó en novela corta. No podía parar de escribir. Mientras la escribía, nuevas ideas afloraban, nuevas escenas se apilaban en mi cabeza y nuevas enmiendas se hacían en las escenas ya escritas. Demoré exactamente dos meses, dedicando un promedio de una hora diaria (hubo días que se pasaron completos frente al computador, apenas me daba tiempo para ir al baño). Y en diciembre de ese año, con la novela finalizada, leída y releída y sin ningún concurso cercano al cual enviarla, decidí que pondría un capítulo en la Web para que otros lo leyeran y me dieran sus opiniones, ver si el lector enganchaba en la historia.

Recibí bastantes mensajes, más de los que esperaba. Y en su mayoría eran críticas constructivas, en el mejor tono, que me explicaban con paciencia y algo de temor (porque soy un tipo iracundo a veces) que ese primer capítulo de mi novela… era un asco.

Pero lo mejor de todo es que me decían por qué era un asco. Y así comprendí que todos estos años creyéndome la lumbrera de un movimiento literario donde o era el único integrante fueron una rotunda pérdida de tiempo.

No, estoy exagerando. No perdí el tiempo, escribí mucho, desarrollé mi imaginación al punto que ahora voy caminando a cualquier parte pensando en lo que escribiré. Soy adicto al teclado, lo admito.

Pero sí aprendí la lección y decidí que ya no podía seguir guiándome por el solo instinto. Así que fui al Google y busqué información acerca del proceso, el método, las técnicas, los géneros, cualquier cosa que me acercara a mi meta de convertirme en un buen escritor.

Digo “buen” escritor porque no estoy interesado en ser el mejor escritor del mundo, que la gente me pida autógrafos al pasar ni que mis libros vendan tanto como los de García Márquez… bueno, que se vendan mucho no es tan mala idea, retiro lo dicho.

Y luego de mucho andar, investigar, leer del tema y practicar, llegué a las siguientes conclusiones y las puse a trabajar:

1.- Tengo una idea y quiero escribirla.
2.- Tengo tiempo y sé como organizarlo.
3.- Tengo la historia, tengo los personajes.
4.- Tengo un guión organizado, una estructura argumental.
5.- Tengo material de apoyo.
6.- Escribo, reviso.
7.- Doy por finalizada la obra, satisfecho.

1.- Tengo una idea y quiero escribirla

Por supuesto, hasta los surrealistas con su escritura automática tienen una idea de lo que van a escribir. Pero para no hacer esto más latoso, vamos a ir al grano.

La idea. Es la madre del cordero. Puede ser una escena, visualizada como en una película, algo tan tremendo que se nos queda en la cabeza dando vueltas, exigiéndonos salir a la luz. Puede ser un concepto, filosófico, religioso, cultural, un axioma, un dogma, una teoría, o un conjunto de teoremas, hasta un silogismo sirve. La mayoría de las veces es algo que nos molesta, algo que nos pincha desde el subconsciente, o también experiencia que nos quedó grabada.

Ejemplo: un joven espera en una esquina, mira su reloj, de pronto alguien se acerca y le dispara. ¿Por qué le disparó, quién es ese joven, a quién espera? Esas preguntas me llevan a formular hipótesis, a crear un contexto, a construir la historia hacia atrás hasta un inicio y luego darle un final. ¿Qué año es, qué ciudad, que ropas llevan puestas, sobrevive?

Otro ejemplo: “Todas las personas nacen libres”. ¿Es cierto, soy libre, quién es totalmente libre, qué significa ser libre? Nuevas preguntas que me llevan a conjeturar respuestas filosóficas y ejemplos para expresarlas, ejemplos cotidianos, cercanos, personales o totalmente ajenos a mí.

Otro ejemplo: “El viaje en el tiempo es imposible”. Ah, la bendita ciencia ficción. ¿Cómo lo hago posible?

Y así podemos pasar horas, días, meses y hasta años imaginando una historia que responda estas preguntas. En el proceso surgirán nuevas interrogantes, algunas servirán para complementar la historia, los personajes, el contexto. Otras nos darán dolores de cabeza y decidiremos no responderlas y ocultar cualquier indicio de ellas, al punto que nuestra historia seguirá una ruta que nos aleje de su molesta presencia.

Mi recomendación es: no forzar la idea. Nuevos acontecimientos en nuestras vidas, una noticia en el periódico, una serie de televisión o película, un libro que estamos leyendo, pueden aportar a esta idea de maneras insospechadas. No será lo mismo una idea forjada en verano que una gestada en invierno, con nosotros felices o sufriendo, en una relación, soltero, casado, divorciado, viudo, con amante, con dudas existenciales.

Una idea simple puede desencadenar una compleja red de relaciones. Una idea que parece complicada puede llevarnos a una sola respuesta que nos haga desechar todo. Quizá no queremos escribir eso, quizá nos aterra entrar en ese lugar. Algunas ideas son el reflejo de nuestros demonios.

Así que vamos sin miedo, haciendo de lado los prejuicios, adoptando posturas que no son nuestras… o desplegando nuestra propia gama de respuestas éticas y morales, porque queremos dejar en claro tal o cual punto, demostrar que tenemos la razón. Somos dioses en nuestros textos, podemos hacer lo que nos dé la gana. Inevitablemente la crítica posterior nos dirá “enhorabuena” o “maldigo el día en que leí tu libro”. No importa.

La idea inicial lo es todo y la burbuja de conceptos y situaciones que construyamos a su alrededor nos dará el material donde encontraremos ĺos ingredientes de lo que será nuestro texto. El resultado es impredecible aún, pero no por mucho tiempo.

Anexo

La novela es un instrumento para expresar algo de cierta manera. Es una excusa. ¿Quiero demostrar que en el fondo del alma humana yace un demonio que surge cuando menos se lo espera? ¿Quiero contar una historia de aventura épica, camino del héroe, espadas y dragones, y lo demás importa un bledo? ¿Quiero contar mi triste/feliz historia? ¿Quiero dejar un legado a mis hijos, una lección de vida? ¿Quiero escribir una novela tan tremendamente buena que será récord de ventas y me dará para vivir de las regalías y dedicar el resto de mi vida a escribir otras novelas y hacer lo que me dé la gana? Todos objetivos válidos, todos alcanzables aunque algunos requerirán mucho esfuerzo.

El género literario se ajusta a lo que escribimos, no al revés. Si nuestra idea requiere elementos del terror, policial, novela negra, comedia, fantasía… ¿Por qué no? Mientras cumpla su objetivo, restringir nuestras opciones es un error grave.

Mi género favorito es un no-género: el slipstream. Les invito a investigarlo. ^_^

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