Seis Ortos peludos

Fuimos mi mujer, dos amigas y yo por supuesto, un sábado muy helado de junio a el bar El Padrino, que queda pasado Las Vizcachas camino a San José de Maipo. La experiencia fue inigualable, inolvidable y, ojalá, irrepetible.

Primer orto: ¿Qué dijiste?
Recién entrando al local, ya no pudimos hablar de nada. La música estaba absurdamente alta, tan fuerte que salimos con migraña. No se podía hablar nada de nada, salvo que nos gritásemos al oído. Ni en un recital de heavy está tan fuerte la lesera.
Nos vimos obligados a escuchar la interminable y fastidiosa perorata del segundo orto de la noche: el animador.
La única razón que se nos ocurrió para semejante pelotudez, es que querían a toda costa que se oyera el bullicio desde la calle. Más absurdo aún con el frío que hacía, pues los autos que pasaban por fuera iban todos con las ventanas cerradas y a cien por hora.

Segundo orto: ¡Qué venga la modelo!
El animador exudaba alcohol, estaba tan ebrio que su sola presencia nos dejó con delirium tremens. Cantaba bien, de hecho cantaba la raja, pero el volumen exagerado de los amplificadores redujo su desempeño a un simple blablá chillón intrascendente.
El tipo era desagradable, sus comentarios y garabateo fuera de lugar, aunque quizá aquél era el estilo del bar. Y sus chistes.. oh, sí, sus chistes. Le otorgaría un orto extra sólo por ellos.

Tercer y cuarto orto: ¿Cómo esperan que coma esto?
Ya que habíamos llegado tan lejos para pasar un buen rato, pedimos unos tragos. Tomé una cerveza y luego dos bebidas porque andaba al volante y mis guapas acompañantes bebieron casi nada.
Para acompañar pedimos una tabla de picadillo, una “il padrino” de casi 8 mil pesos.
Aparte que chica la cuestión, era surrealista: distintos pocillos con salsas, una blanca con champiñón y otra de carne (un crudo) y otra más abundante con guarnición de verduras picadas en tiritas y carne de ave y vacuno en trocitos. Todo acompañado por cubitos de queso, aceitunas, seis galletas enanas y cinco mondadientes.
¡Cinco mondadientes! ¿Para comer salsas y trocitos de verdura? Se supone que para eso eran las galletas, pero eran sólo seis galletas.
Pedimos si nos podían traer más galletas y la niña que nos atendió en ese minuto comentó que tenían un sobrecargo de mil pesos. Eran diez galletas más, por mil pesos.
Y todavía no podíamos hacer que las salsas y demás cosas cupieran sobre las galletas. Me retaron porque usé los dedos para empujar unas verduras. Hasta que pedí una cuchara, que la misma niña me trajo de muy mala gana.

Quinto orto: ¡Premio premio premio!
Mi mujer se atrevió a cantar karaoke, una de Rafaella Carrá y empató en el concurso de talentos con otra chica que no me acuerdo qué cantó. Según el ebrio animador, se habían ganado tragos.
Así que allá partieron las ganadoras a canjear sus premios y cuando al fin los recibieron, se los cobraron.
¿Qué tal? No hubo argumento que disuadiera a la jovencita del bar a que los premios eran premios, o sea, premios, ¿cachai? Incluso la chica fue grosera y petulante.
Entonces no quedó nada más por hacer que decirles que se metieran sus tragos por el Ortega. Nos fuimos de allí.

Sexto orto: ¿Cómo me voy de acá?
Ya conté que habíamos llegado en auto. Pues que mi mujer y yo nos queríamos marchar de aquel lugar del orto, pero nuestras amigas preferían quedarse, a la cacería de chicos supongo. Y como el auto no era mío, nos propusimos viajar en taxi.
Craso error. No hay taxi que llegue a esa altura. Luego de media hora esperando a que nos sonriera la suerte, regresamos a solicitar que nos llamaran un radiotaxi. Pero en el local no contaban con un servicio para usuarios ebrios, menos para gente que lleó en micro. ¡Imagínate, llegar en micro! Que decimonónico… Así que el portero que parece que también era el dueño, entró a conseguirnos un radiotaxi, muy amable él.
Regresó con un número anotado en una servilleta.

Estrellita para alguien más, Radio Taxi Parque San Francisco
En ese preciso momento apareció un radiotaxi que traía a un grupo de sujetos de ojos vidriosos. Hablamos con el chófer y efectivamente nos podía llevar de vuelta a nuestro hogar dulce hogar. De hecho era de nuestro radiotaxi amigo Parque San Francisco. Hasta nos cobró de menos, por ser vecinos.
Llegamos a las 3 AM a nuestro hogar, con principio de gripe y fétidos a cigarro. Mas llegamos sanos y salvos.

Conclusión: el bar El Padrino es un orto séxtuple por donde se lo mire.


“Mi origen es mi destino” – Ningen Janai

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