Ya sé que me repito, pero a veces es necesario ser redundante.

Cuando me dio la locura que quería ser escritor y comencé a escribir, lo único que tenía eran ideas sin contexto. Las anotaba en un cuaderno y apenas se agotaba la idea, no podía seguir escribiendo. Así de básico.

Tiempo después llegué a la conclusión que para escribir una historia, tenía que tener siempre en mente el final, de manera que al comenzar a redactar siempre sabría para dónde quería ir. Esta modalidad sirve para las historias cortas, de hasta tres mil palabras o un poco más.

Pero cuando las historias necesitaban explicar más, poner hincapié en algo específico o simplemente eran historias largas de cinco mil palabras y en aumento, la modalidad del final en mente no siempre me dio resultado, muchos de esos proyectos cayeron al olvido.

Y si la meta es una novela corta, con mayor razón una novela larga, la cosa se vuelve más compleja.

Pero gracias a mis investigaciones literarias y mi obsesión por mejorar —mi padre me felicitaba, “te pegaste la cachá quince años tarde, pero bueh” me dijo—, llegué a un “modelo” simple que podría ser útil para muchos autores que tienden a alargarse y perder el horizonte.

  1. Tener la historia en la cabeza, los personajes, los conflictos, los ambientes, contextos, etc. O sea, todo. Para una mente obsesiva de los detalles, como debe ser la de un escritor, esto es pan comido.
  2. Dividir la historia en capítulos, cuando cada capítulo cumple un objetivo general en la historia y tiene una conclusión relativa —o más de una cuando hay relatos paralelos—. Aquí vale la idea de tener el final del capítulo en mente. Y para los relatos paralelos, escribir cada uno de corrido, partiendo por el relato principal.
  3. Dividir los capítulos en escenas. Cada escena tiene personajes, contextos, etc… pero más importante, cumple un objetivo en el capítulo y en la obra final. Si la escena es acerca de lo bello que es el bosque —cómo olvidar esos interminables capítulos del Señor de los Ladrillos—, mejor obviarla o combinar lo bello del bosque mientras los personajes discuten algo, por ejemplo. Las escenas son como variables en una ecuación, que deben dar un resultado X y si el resultado no se logra, hay que buscar la variable que molesta o la que falta.

Y no hay que tener miedo ni desgano ante la posibilidad de reescribir escenas, ya sea agregando nuevas escenas, personajes o cualquier detalle que importe en el resultado final; o quitar elementos, personajes y cualquier elemento que entorpezca el desarrollo de la historia para cumplir el objetivo.

Por ejemplo en Harry Potter —me gusta usar este ejemplo, porque es una demostración de éxito comercial y de literatura escrita con esta modalidad—. Por ejemplo Luna Lovegood. ¿Cómo es que nunca supimos de ella sino hasta el quinto año? Porque antes de ese libro NO EXISTÍA. Recién a partir del 5º libro cumple un objetivo en la historia que ningún otro personaje podría subsanar, demostrando a Harry que puede soportar la mala onda, que puede valorar la amistad de una manera totalmente distinta y porque en el quinto libro entrega pistas acerca de esos caballos alados carnívoros.

Ahí cada libro es una unidad de una historia más grande. Cada libro está dividido en capítulos y cada uno tiene un objetivo claro, que puede ser responder a una interrogante planteada o producir una nueva interrogante que será resuelta después en otro capítulo o libro.


“Mi origen es mi destino” – Ningen Janai

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