El guardián en la puerta percibe movimiento al final del hall en absoluta oscuridad. Mira hacia adentro del edificio y huele esa ausencia de olor que caracteriza al Amo: las ropas de algodón y lana huelen a algodón, lana y sangre lavada; las botas de cuero hechas por un artesano huelen a cuero, cordel y a las manos del artesano; el sombrero huele a plástico y pegamento; pero Él carece de olor.

Sus pisadas se hacen audibles, su caminar parsimonioso tiene ese ritmo despreocupado de alguien que no teme a la muerte, su rostro inexpresivo bajo la máscara de látex negra es la imagen del asesino que todos temen. Sin duda es el Amo, Señor de este rincón de la ciudad.

—¿Todo bien, Sabueso? —pregunta el Amo al llegar junto a la puerta de entrada, su voz casi un susurro. Coloca una mano negra como la noche sobre la cabeza del guardián y le rasca detrás de la oreja. El perro ignora esta ausencia de tino, acostumbrado a la humillación de ser tratado como un simple perro y responde con los sonidos metálicos desde su laringe modificada.

—Sólo hace algunos minutos ha dejado de llover, Amo… exactamente tres minutos. No ha habido tránsito de personas ni de vehículos desde las 19 horas. Es una noche tranquila y húmeda. Me temo que seguirá lloviendo.

El Amo asiente y parpadea. Aunque ha viso la máscara del Amo hacer eso muchas veces, el guardián aún siente escalofríos cada vez que lo presencia. Tal vez lo que dicen los rumores es cierto: la máscara es en realidad una prótesis, y el Amo carece de rostro.

—Otro día aburrido —gruñe el Amo y da media vuelta para regresar al interior del edificio, llenando el aire con el sonido de sus ropas en constante roce, un sonido que se diferencia de otros por la ausencia del eco que produce la tela al rosar la piel humana. Tal vez, piensa el guardián, el Amo tiene todo su cuerpo cubierto con la misma sustancia negra.

El sabueso retoma su rutina de vigilancia cuando se percata que el Amo ha detenido su caminar y ahora retrocede de espaldas hasta situarse a su lado.

—¿Qué hueles, amigo?

Sorprendido, el sabueso olisquea el aire poniendo especial atención a los detalles: detergente, combustible, excremento de ave, goma de neumático…

Repentinamente el Amo es empujado por la fuerza de un proyectil contra el dintel, astillando la madera y rasgando sus ropas en el momento de la explosión. Luego se oye un disparo, como un petardo sin gracia.

Sabueso sale despedido por la onda de choque con un gemido. Tiene una pata fracturada, pero eso no impide que pueda realizar su trabajo.

—El disparo vino desde ese edificio al noreste, Amo —dice acercándose al cuerpo que yace doblado junto a los restos de la entrada.

—Sí —dice el Amo poniéndose en pie—. Otra vez ese torpe de Tomassi, intentando recuperar su territorio. Ese imbécil no entiende razones ni aunque le hablen en su propio idioma.


“Mi origen es mi destino” – Ningen Janai

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