Leoncio Wifardo es un perro hinchapelotas. Cuando quiere algo las rompe hasta que logra una de dos: lo que quiere o una palmada en el poto.

Y para evitar que me joda la pita y tener que cascarle, que no lo merece porque es sólo un perro, lo dejo salir. Así se entretiene.

Sale al antejardín y desde allí se escapa a la plaza que tengo enfrente. Se da unas vueltas, huele los traseros de otros canes, arriesga la vida al cruzar la calle y regresa al poco rato como su hubiera hecho una sesión de yoga.

Este sábado fue igual, le dejé salir temprano en la mañana mientras me ponía a punto para partir. Y no regresó. Me preocupé y lo salí a buscar, pero como tenía que hacer mis trámites sí o sí, dije malacue, dejé su agua y comida en el antejardín y partí.

Cuando regresé a eso de las 2 PM a la casa, no había señal del perro. Ahí me preocupé.

Lo busqué por varias cuadras a la redonda, podría estar en cualquier parte. Ya me imaginaba que lo habían atropellado así que miré en los bandejones de avenidas transitadas, sin señales de él, por suerte.

Y regresé a mi casa apesadumbrado. Mi principal teoría era que el won había salido detrás de alguna perra, mira que estos longis cuando los pilla el instinto se olvidan de todo y quizá regresara en la noche fumando un cigarro.

Eran las 19 hrs. y mi Gaby me pasó a buscar para que fuéramos a dar una vuelta, a buscar al desgraciado. Y aprox. un kilómetro hacia el norte por Av. Nonato Coo la Gaby lo vio. Nos dimos la vuelta, le abrí la puerta y el loco subió tan feliz que se me quitó toda la rabia que tenía con él por ser tan perro.

El pobre tenía un pelón sobre una ceja, tal vez por algún golpe de automóvil —nada letal, parece— o mordida de perro, que es lo más probable. Y estaba flaquito como un callejero, con la cola entre las piernas tratando de entablar conversación con unos perrazos que le invitaban desde detrás de las rejas a una fiesta, donde él iba a ser “el plato fuerte”. Menos mal que lo salvamos.

Le llevamos de vuelta a la casa y allí vació el pocillo con agua. Un día entero sin beber y hacían 35ºC. Lo dejamos con agua y comida y salimos a hacer trámites matrimoniales.

Se salvó el perro. Si nos hubiésemos ido por otro camino, quizá el longi todavía estaría perdido. ¿Quién lo manda a salir tan lejos?

Ayer de puro alegre le di la mitad de un tarro de atún que llevaba algunos días en el refrigerados, al igual que un paté medio duro. Eso es lo bueno de tener un perro marabunta.


“Mi origen es mi destino” – Ningen Janai

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