Ask google...Por fin logré que me dejaran tranquilo. No más exámenes de sangre. No más correr con el cuerpo lleno de tubos y cables. No más catéteres. Odio los catéteres.

 

Tomé prestado uno de los libros que encontré en la penosa biblioteca del pueblo, uno de los pocos que no era la narración de alguien que había leído ese libro cuando vivían en La Tierra: “La Iliada” de un tal Homero sin apellido.

Con la esperanza de leer tranquilo, me interné en el bosque de la zona sur donde abundaban los árboles cantores.

No soy uno de los fanáticos de los ronquidos subterráneos que emiten estos árboles —y que algunos llaman “canto”—, pero al menos estos bosques eran el único lugar libre de alimañas.

De todos los árboles cantores, uno solo emitía algo parecido a un ronroneo. Era el arrullo perfecto para comenzar la lectura, de modo que busque el característico tronco pálido, despejé bajo su sombra un trozo de tierra para evitar sorpresas y me senté a leer.

Todavía no había comenzado con la primera página del libro cuando sentí que algo me caminaba por la espalda.

Salté, me quité la camisa de un tirón y examiné… eso.

¡Dios! Todavía me dan escalofríos cuando la recuerdo. Era una cosa ovalada del tamaño de una nuez, bulbosa, roja como la sangre, con seis patas y ningún rastro de ojos ni boca.

La moví con una rama seca y la cosa saltó como disparada por un resorte. Alcancé a moverme justo a tiempo para evitar que me cayera en pleno rostro.

La atrapé en uno de los frascos para la orina que me había dado Mejdah, y la cosa se puso a saltar como loca dentro de su prisión de plástico.

—¡Maldito! —le grité porque me había dado un susto infernal. Y entonces sentí un dolor indescriptible en la pantorrilla derecha.

Dejé caer todo lo que llevaba en las manos y levanté la pierna para mirar. Había otra de esas cosas pegada a mi pantorrilla sobre la ropa, encarnada con sus patas afiladas. Y ante mis ojos vi como crecía, hinchada con mi sangre.

Recogí el frasco con la otra alimaña y salí corriendo, en realidad cojeando, cayendo al suelo cada cierto trecho. El parásito crecía cada vez más, ahora tenía el tamaño de un puño cerrado y se balanceaba dolorosamente con cada paso que daba de regreso al pueblo.

Apenas divisé una casa, comencé a gritar.

—¡ALIMAÑA CHUPASANGRE!

Varias personas salieron a mi encuentro, desapareciendo inmediatamente al notar con horror la burbuja roja que colgaba de mi pierna. Me sentía cansado, con frío, mareado, pero no quería detenerme. La criatura podría seguir inflándose hasta vaciarme completamente.

Caí al suelo a pocos pasos del camino principal que comunica todas las casas del pueblo. Me arrastré como pude hasta que perdí el conocimiento.

Mientras desfallecía maldije a mis vecinos y supuestos amigos por no arriesgar ni una pizca de trasero para salvarme.

Cuando desperté, presencié con espanto que esa cosa seguía pegada a mi pierna, aunque ahora parecía desinflada.

Estaba tendido boca abajo en la camilla que me era tan familiar, en el despacho de Mejdah. Y allí estaba él, manipulando con cuidado al ser, como si se tratara de un órgano que creció por arte de magia fuera de mi cuerpo.

—¿Por qué sigue esa alimaña chupasangre pegada a mí? —pregunté dando a entender que estaba muy descontento. Mejdah conoce mi carácter y al ver mi expresión poco amigable palideció.

—Perdón… Alex. La garrapata dejó de chupar tu sangre apenas te desmayaste. Tu cuerpo comenzó a segregar toxinas y me temo que el espécimen murió a causa de ellas. Todavía no me explico cómo es que puedes hacer eso…

—No lo hago. Deben ser tus famosas nanomáquinas camufladas —ya estaba harto de ese discurso, aunque era preferible al del “híbrido extraterrestre” que muchos murmuraban en sus reuniones familiares—. ¿Entonces por qué sigo con esa cosa pegada a mí?

—Tu sangre… está regresando a tu cuerpo. Sé que suena descabellado, pero lo está haciendo por voluntad propia… ¡No te rías! La garrapata no está haciendo nada y en teoría tu presión sanguínea debería ser suficiente para bombear más sangre fuera de tu cuerpo… pero no es así.

—¿Debo entender que tengo que permanecer con esta… garrapata pegada al cuerpo hasta que toda la sangre regrese por voluntad propia? —grité con tanta furia que Mejdah salió del despacho, llorando.

No necesitaba una respuesta. La alimaña, la “garrapata” como la llamó el científico, efectivamente se estaba desinflando y cuando acabó de desinflarse parecía un preservativo usado.

Las patas incrustadas se desprendieron repelidas por mi carne y al poco rato ya no había señal del ataque chupasangre.

Salí del despacho y alguien que me vio allí se esfumó como por arte de magia, seguramente alertado de mi furia. Nadie había olvidado la vez desencajé la quijada a un hombre de ciento veinte kilos de puro músculo que intentó hacerse el cómico contando chistes de mis difuntos padres.

Avancé hasta la sala cerrada al final del pasillo y probé con siete claves distintas hasta que encontré la que habría la cerradura. Cuando entré, Mejdah lanzó un alarido.

Le arrojé la garrapata muerta, que recogió en el aire y dejó dentro de un frasco con formaldehido, repentinamente enfocado en su tarea. Su capacidad para olvidar el peligro seguía pareciéndome fascinante.

En una jaula frente a él había una rata de agua, de esas que sólo tienen cuatro patas, con otra garrapata prendida a su lomo. ¡El maldito estaba experimentando con el especimen! Y aunque me sentía con ansias de retorcerle el pescuezo, me acerqué con una banca en la mano y me senté a observar junto a él.

La garrapata absorbió toda la sangre azulina de su víctima, que falleció de un paro cardíaco. Luego se desprendió de ella, inflada al triple de su tamaño, moviendo las patas de una manera peculiar.

—Está escavando —dije. Inmediatamente expliqué al matasanos dónde había encontrado a mis nuevos amiguitos.

—Es una variación de la mecánica reproductiva que usan los otros árboles cantores —concluyó Mejdah con ese aire de loca fascinación que le había hecho famoso en las reuniones de descubrimientos en el salón del pueblo—. El parásito, que en realidad parece ser una semilla, busca una fuente de alimento, luego entierra su parte inferior e inicia la metamorfosis, creando una raíz que luego se convierte en tubérculo-pulmón…

—Y la sangre de su víctima le permite acelerar el proceso —agregué, reconociendo que era asombroso.

—Eso significa que puede haber otro tipo de depredador que aún no hemos visto, especializado en alimentarse de la sangre recolectada por el parásito. O habríamos encontrado muchos más árboles de su tipo.

Por primera vez en mucho tiempo estábamos de acuerdo y me pareció una buena idea continuar con el experimento.

Movimos el ejemplar a un territorio a una hora de camino en el bosque sur, Mejdah lo depositó en el suelo e inmediatamente el bicho enterró su parte inferior dejando la burbuja a la vista. Instalamos una trampa sobre ella y nos escondimos a esperar, ataviados con los trajes espaciales que se habían convertido en el traje multipropósito por excelencia.

Esperamos ese día completo y al caer la noche nuestra espera rindió fruto, aunque no de la manera que esperábamos.

Repentinamente la burbuja azulina se comenzó a desinflar. Nos acercamos corriendo y vimos con pavor que había una delgada ramita de enredadera adherida a uno de sus lados, por donde fluía la sangre recolectada.

—Me lleva el demonio —masculló Mejdah y no pude estar más de acuerdo.

Seguimos la enredadera hasta su lugar de origen y nos encontramos con el maldito árbol cantor donde me había instalado a leer esa mañana. Allí estaba todavía el libro, que recogí y guardé para devolverlo a la biblioteca.

—No se trata de una semilla —gruñí lleno de asco—. Es la puta manera de alimentarse del árbol. Un árbol vampiro. ¿Cuántos de los primeros colonos murieron de esta manera, succionados por las garrapatas?

Mejdah sólo guardó silencio. Conocía de memoria la estadística de muertes durante el primer año de la colonia. Y con este descubrimiento se obtenía la prueba definitiva de la inocencia de los arácnidos, la única especie inteligente encontrada en el planeta y acusada de asesinar a docenas de colonos.

A la mañana siguiente una cuadrilla de voluntarios vestidos de espaciales salieron a recorrer los bosques al rededor del pueblo, armados con jeringas repletas de arsénico y lanzallamas.

Aún puedo recordar los gritos de agonía de esos árboles malditos cuando cierro los ojos.

Éste corresponde a una cápsula de contexto de la novela inspirada en mi cuento Semilleros. Específicamente a un periodo posterior a la Plaga.

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