Ayer noche, en uno de mis magnos arranques de imbecilidad cíclica, decidí que iba a instalar el famoso Ubuntu en una partición del computador en mi casa. Ya había instalado Mandrake y después Fedora, así que pensé “pos ora, esto es pan comido”.

Le di con el CD de partida. Le dije que OK. ¿Por qué iba a dudar?

La huevá me formateó la partición vacía, la de Sistema y la de Respaldos. 80 gigas formateados, así de rápido, sin siquiera preguntarme nada.

80 gigas perdidos con información clave, recuerdos valiosos, etc.

Suerte que tengo todo respaldado. Y que tengo el Windows UE 7 y los controladores del PC. Si no, estaría sacándome los pelos del culo de a uno.

Además que el Ubuntu del orto no funcionó. Arrojó un error y a esa altura no tenía muchas ganas de investigar ni arreglar el despelote.

Maté todas las particiones, reinstalé el Windows en una partición de 10 gigas, metí los controladores, planté mis softwares libres, el firewall, conecté Internet, actualicé todo lo que se pudiera actualizar… en apenas una hora. A la media noche ya estaba en mi camita, con un vaso de leche cultivada y un libro para que me bajara el sueño.

Hoy rescataré del último CD de respaldo todo lo que sea importante, mis cuentos y novelas… y chao. No me hago más mala sangre.

A partir de ahora, aprovechando que dejé la cagá y no me dolió, voy a mantener el PC lo menos cargado posible. Todo pasa a un DVD de respaldo y se borra.

A la noche voy a hacer un Ghost del sistema, para que la próxima vez que me mande un pastelito demore sólo media hora en restaurarlo.

“Mi origen es mi destino” – Ningen Janai

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