El Maestro salió esa mañana y Daura entró al estudio como todos los días, sin tocar ninguno de los delicados instrumentos y artefactos del alaquimista. Su misión era limpiar el piso sin mover nada. El Maestro era muy insistente en este aspecto, pues la última vez que Daura movió accidentalmente un frasco de lugar, esa noche hubo una explosión.

Claro que no se le podía achacar la culpa a Daura, el Maestro sabía tan bien como cualquier alquimista que debía leer la etiqueta antes de usar una de sus substancias. Había cosas muy peligrosas en esos estantes.

Aún así, quemó los muslos de la mujer con un hierro candente, para que no olvidara su error.

A pesar de sus castigos atroces, el Maestro era un buen hombre. No la obligaba al sexo como habían hecho sus primos o su anterior Señor y eso para Daura era una bendición de Dios. Y tenía un lecho tibio donde dormir dentro del castillo cerca de la cocina, mucho más de lo que se podía esperar de cualquier otro Amo.

Pero aquél no sería su día de suerte. Uno de los gatos del castillo saltó desde una ventana del estudio sobre un armatoste oculto bajo una lona y quebró una delicada pieza de metal que sobresalía desde la parte más alta.

Estoy muerta pensó Daura, cayendo al suelo angustiada, con la extraña pieza de metal fría en su mano. Quizá si volvía a colocarla en su lugar, quizá si hacía parecer que todo estaba como si nada hubiera ocurrido… tal vez el Maestro no se diera cuenta y podría dedicar una noche más a encomendarse al Señor Jesucristo, pues tarde o temprano el Amo se daría cuenta.

Anudó su cabello con una rama verde que cortara esa mañana de un manzano, lavó sus manos y sus pies descalzos, secándose con el delantal mugroso y subió enclenque sobre una silla gruesa. Podría perder el equilibrio en cualquier segundo, pero eso era lo que menos le importaba. Tenía la pieza rota en la maño estirada, una vara plateada cubierta con hilos de cobre. Pero su brazo no podía alcanzar esa altura, le hacían falta al menos diez centímetros para llegar y no errar en la reinserción de la vara.

Buscó entre los rincones del estudio y encontró varios libros forrados en cuero. Debían ser suficiente. Los apiló sobre la silla y se encaramó para alcanzar la parte más alta del extraño armatoste velado.

Entonces oyó algo como un ahogo de espanto. El Maestro estaba junto a la puerta con los ojos desorbitados y una jarra de cerveza en la otra. Tal fue el susto, que Daura perdió definitivamente el equilibrio y cayó sobre el armatoste, haciendo crujir las partes ocultas bajo el manto. Rebotó contra una repisa y derramó sobre sí distintos tipos de sustancias mal olientes.

Se quedó allí donde cayó, con la pieza rota en la mano, llorando a mares porque ya no tendría cama ni comida, y quizá jamás volviera a mostrar el rostro marcado al rojo vivo en castigo por su estupidez.

El Maestro se acercó con la boca desencajada y los ojos tan abiertos que parecía como si jamás hubieran tenido párpado. Tomó la pieza de la mano de Daura con tal violencia que los alambres rasgaron la piel callosa de la mujer, y luego miró hacia la silla, a la pila de libros.

-Mis libros de notas… Mi máquina del tiempo… Ahora jamás podré regresar…

Y no volvió a hablar. Tomó a Daura de un brazo mientras descubría su máquina del tiempo con la otra. Era una cosa inexplicable, con pasadizos que se perdían dentro de sí mismos, alambres y madera entrelazados con enredaderas bordadas de oro puro y cristales que palpitaban como corazones.

El hombre estaba enfurecido, enloquecido. Algunas piezas de la máquina se habían movido apenas unas milésimas de pulgada, pero otras ya no se podrían mover a pesar de estar destinadas a ello.

Empujó a Daura contra el suelo y le quitó la ropa a tirones. Ella no opuso resistencia, en parte aliviada porque no sería asesinada aún. Pero él no estaba interesado en su sexo. La levantó del suelo y amarró su mugrosa palidez sobre a una tabla adornada con obsidianas. Luego movió la tabla, encajándola en un mecanismo que se deslizó hacia el centro de la máquina con ayuda de poleas.

Daura prefería ser violada, o marcada, pero no ser el sujeto del experimento en una máquina con fallas. Ya había visto lo que ocurría a los conejos cuando su Maestro los llevaba a la cocina para que los prepararan en la cena, con los huesos rostizados desde las médulas.

Una terrible comezón le quemaba allí donde entrara en contacto con los líquidos pestilentes. Tenía la boca seca y el estómago emitía rugidos de hambre. Sus lágrimas se sentían heladas al recorrer sus mejillas. Sabía que estaba pronta a morir.

Desde allí no podía ver bien lo que hacía el Maestro. El cableado anudado a piezas de cobre y zinc ya estaban sumergido en las piscinas de ácido y su Amo no dejaba de bombear en otro aparato a su derecha.

La máquina comenzó a crujir, algunas de sus partes moviéndose como por voluntad propia. Distintas piedras adquirían luminiscencia en la medida que el estudio se oscurecía, con la máquina succionando toda la luz de su entorno.

Las piezas impregnadas en químicos iniciaron su vibración, girando, contrayéndose. El ruido era ensordecedor. Daura no lo había escuchado jamás, por lo que suponía que era primera vez que hacía funcionar el artefacto. Dios, ayúdame…

Entonces todo ocurrió simultáneamente. Se apagó la luz y un ardor delicioso le inundó la espalda. ¿Dios? Sus amarras se desvanecieron. Ya no sentía dolor ni hambre. El tiempo se había detenido. La máquina seguía funcionando, con toda su superficie vibrando al punto de volverse borrosa, pero ya no emitía sonidos, enmudecida por el poder de Dios.

Daura se giró, su corazón encogido en la epifanía del último aliento, a un paso de ser abrazada por el Señor Todopoderoso.

Y lo que vio no se borraría de su memoria jamás.

Un hombre desnudo, viril, hermoso, de mirada desafiante, observándola desde su silla dorada, acompañado por otros hombres y mujeres de belleza absoluta, todos ellos indiferentes a la mujer mortal que los observaba desde la cápsula de tiempo.

Todos ellos Dioses, no cabía duda, maldita su ceguera de mujer mortal en un mundo de cristianos. Pero el mayor de todos, el más poderoso, estaba frente a ella observándola. Y con su sola mirada inundó a Daura de sabiduría. Ella había llegado a las puertas del Olimpo sin ser llamada y por ello estaba maldita.

Su castigo sería ejemplar.

La luz regresó. Daura había regresado al mundo, a la máquina que lentamente cedía a las leyes de este universo. El Maestro gritaba de frustración porque la máquina del tiempo no funcionaba. Era sólo una gran luminaria, un grande y complicado armatoste para hacer ruido.

Una grande y efectiva bomba de energía pura. El Maestro no supo que ocurrió, todos los átomos de su cuerpo convertidos en plasma junto con el castillo y el paisaje a un kilómetro a la redonda.

La máquina en sí se volvió cenizas. Y en el centro del cráter, Daura permanecía en pie, desnuda, su corazón henchido con el fulgor de los dioses. ¿Castigo? pensó y se echó a reír y llorar, iluminada por la sabiduría de los dioses del Olimpo.

Cápsula de contexto asociada a El Wif.

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