No viene al caso dónde fue que me cayó la teja, pero me cayó hace poco y abrió mis ojos a una descripción del entorno carretero que no me había tomado el tiempo de analizar.

Recuerdo esos carretes del colegio donde lo importante era tomar (mucho), cabecear el rock, hueviar con los amigos (ahuyentando a las nenas, muy mala práctica en realidad) y hablar sandeces. ¿Qué eramos entonces? Audiovisuales: hablábamos de música, del video clip, del grupo de rock y de nenas (que ya habíamos ahuyentado, sin entender por qué no estaban cerca). Nos importaba el sonido y la imagen. Y cuando hablábamos de nuestras experiencias, seguramente ya estábamos ebrios y la mitad de la conversa se diluía en la noche.

Al día siguiente despertábamos con la peor caña y deseando no haber sido tan descuadrados en el consumo alcohólico.

Distinto fue el carrete universitario. Se escuchaba mucho pop inglés, rock inglés y alguna que otra cosa gringa. Nos llenábamos la boca con la cultura europea y cómo nuestro entorno era una mierda. Hablábamos de películas, de cine arte, de aquella escena que nos conmovió el alma o que nos retorció las entrañas, de la mala dirección de actores o el pésimo guión. Uy, nos volaron la tapa de los sesos con el Dogma. Nos gustaba el barrio universitario y el Parque forestal. Pucha que sufrimos con “Bailarina en la oscuridad”. ¡Incluso hablábamos de arte! Éramos más audiovisuales que nunca, pero también hablábamos de nuestras experiencias acompañando la conversación con un ron-cola.

Años después, habiendo finalizado la universidad y cuando todavía nos juntábamos a recordar los “viejos tiempos”, hablábamos de actualidad, escuchábamos a Yuri o Camilo Sexto, nos acordábamos del Festival de la Una o del Pipiripao y gozábamos con el Factor Humano o revivíamos nuestra infancia con 31 minutos. El cine y la televisión seguían siendo importantes, pero ya no nos importaba tanto el detalle, sino el objetivo, el mensaje. Relatábamos nuestras experiencias acompañándonos con un buen vino (tinto) y tablas de quesos, galletas y salsas.

Ahora cuando nos juntamos, hablamos de nosotros, pero mayormente hablamos de otra gente. ¿Qué están haciendo? ¿Cómo lo hacen? La experiencia de los que no hemos visto en años es más importante que nuestro último accidente. Cómo es tu pega. Cómo te han cagado. A quién viste y qué te contó.

Seguimos hablando de cine y de música, pero ahora ya no es tan importante el guión o la actuación (a no ser que sea un ítem determinante), tampoco es tan importante dónde tocó ni con quién cantó ni quién le produjo el disco. Sólo importa cuándo la estrenan y/o cuándo se puede bajar de Internet.

Nos atormenta ver a todos esos chantas corruptos, cizañeros, copiadores y de escaso rendimiento que dábamos por perdidos cuando íbamos a la universidad, que ahora están en altos cargos de empresas o Gobierno (y ganando mucho billete); y más nos atormenta saber de colegas que imaginábamos tocando las estrellas, que ahora se dedican a salvar el día a día haciendo otra cosa distinta a la que soñaron hacer cuando estudiábamos y soñábamos con el futuro.

Sí hueón, ahora sufrimos. La conversación audiovisual es nuestra vía de escape, pero siempre terminamos enfrascados en culebrones experienciales, tratando de entender por qué si hicimos todo bien, no estamos en la cima ni camino a ella.

Sí hueón, sufrimos más que la chucha. Así son nuestros carretes, en el mundo de los que estamos a punto o de los que ya superaron los 30 años de existencia.

Ahhh… y hablamos de sexo. ¡Sí! Ya no nos incomoda, nos liberamos y podemos comentar alguna experiencia positiva o negativa, placentera o dolorosa incluso, y ni nos sonrojamos. Pero no hablamos de las perversiones personales, cada uno que se las goce en privado y se las guarde como secreto, porque esas cosas no nos interesan.

Y cuando vamos a esos carretes donde la gente sólo habla de su experiencia sensorial, al ritmo de la música ambient o techno, donde no hay prejuicios sexuales y se llenan la boca con la amplitud de pensamiento (“open mind” se dicen entre ellos), pero donde te demuestran sin sutileza que no perteneces al “ambiente”, donde te miran de pies a cabeza y sólo les falta arrugar la nariz, donde no te dicen “vete” pero te ignoran…

Simplemente nos retiramos de allí. Como nuestros gustos musicales no son los mismos, entonces no tenemos nada de qué hablar. ¿Eso tiene sentido? Cuando suena una canción que nos gusta y alguien la cambia por alguna versión antiséptica (sí, antiséptica) del último movimiento electrónico brasileño… ¿podemos disfrutar también?

Nah. Planificamos la fonda y nos divertimos en la conversación viva con las personas que nos entienden. El movimiento alienante del mundillo electrónico no es para nosotros. Preferimos el carnaval sin droga, aprender (y aprehender) en vez de humillar, preocuparnos en vez de ignorar.

Puedo decir sin vergüenza que esa onda nunca me gustó, se podía sentir la soledad en todos los rincones, incluso en una habitación atiborrada de gente. Solitarios, solitarias. No les detesto ni les discrimino, pero como nuestros caminos ya no se cruzan, tampoco intento forzarles a que me incluyan.

Prefiero la conversación y la carcajada. Lo audiovisual sigue siendo importante, pero sólo desde la experiencia. Y la experiencia en sí, como en la tradición oral, es más importante que todo lo demás.

Sí hueón, crecemos.


“Mi origen es mi destino” – Ningen Janai

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