El pequeño ser había dormido dentro de su frasco por muchos años. No tenía conciencia de sí mismo ni de su entorno. El experimento estaba archivado y con el paso de los años y la rotación del personal, más pronto que tarde fue olvidado.

Un funcionario somnoliento tomó el frasco y leyó las indicaciones. El texto estaba borroso y bajo la capa de polvo un pequeño ojo negro lo miraba.

El pobre hombre casi se muere del susto, dejando caer el frasco que se partió en mil pedazos.

La criatura, aún dormida, respiraba oxígeno por primera vez cuando el hombre, lleno de culpa por su estupidez, metía a la criatura y los vidrios en una bolsa de basura. Nadie notaría su ausencia.

Arrojó la bolsa al tacho y allí el ser parpadeó y se quedó quietecito, sin entender nada.

Esa misma noche los funcionarios del aseo llevaron la bolsa junto con las demás y las apilaron en un gran contenedor junto al estacionamiento del edificio. La criatura, sintiéndose maltratada y asfixiada, se abrió paso entre los desperdicios y emergió a la luz de la luna.

La vastedad del espacio sobre su cabeza lo conmovió y haciendo un último esfuerzo se dejó caer fuera del contenedor.

El golpe fue doloroso y una de sus extremidades delanteras quedó adolorida. Pero el sacrificio valía la pena. Lo que veían sus ojos era maravilloso: un cielo estrellado, la luna llena sonriéndole, y un gran camión que se acercaba a recoger la basura.

El ruido estridente de la máquina lo previno de quedarse donde estaba y se movió dificultosamente, cojeando y gimiendo, hasta el callejón oscuro a un lado del edificio.

Allí un hombre agazapado lo observaba mientras se acercaba, lastimero y débil.

-¿Qué te ocurrió en la patita?

El ser no necesitaba comprender las palabras para entender. Había verdadera compasión en ese gigante de rostro surcado por cicatrices espeluznantes. ¿Podría él entenderlo si le expresaba sus ideas sin palabras?

-¡Wif!- ladró el cachorro.

-Oh, pobrecito. Ven, déjame ver esa patita.

-Wif… ¡Wif!

-No, no es fatal. Se puede enmendar. Tienes que quedarte quieto.

Desde la manga derecha del hombre emergió algo que podría ser una serpiente plateada, enroscándose en sus dedos hasta convertirse en una hermosa varita de plata.

-Grrr…

-Si sé que parece un arma… y lo es. Ya veo que no te puedo engañar. Pero también es un instrumento de precisión y créeme cuando te digo que puedo arreglar el huesito roto de tu pata. Pero debes quedarte quieto. ¿Confías en mí?

-Wif…

-Tienes razón. Pero no hay más brujos a la vista que puedan hacer lo que pides. Si no logro arreglar tu pata, puedes morderme. ¿Es un trato?

-Fhff…

Y el hombre, sonriendo con la mitad menos marcada de su rostro, apuntó la varita a la pata del cachorro y ésta resplandeció por un segundo. El cachorro retiró la pata y retrocedió, asombrado, feliz. Ya no había dolor.

-¡Wof!

-No es necesario. Y creo que lo que buscaba acá no va a aparecer esta noche, así que ¿qué te parece si vamos a comer algo? Yo invito.

-Wiiiif.

-Opino lo mismo.

El hombre tomó al perrito en sus brazos, percibiendo el asombro y fascinación en esos ojos negros como si vieran el mundo por primera vez. Y lo llevó consigo hasta el vehículo que estaba estacionado dos cuadras más allá, mientras la varita volvía a convertirse en un brazalete de marfil.

Primera cápsula de contexto de una novela que todavía no pasa de la etapa de embrión. Mientras tanto pongo en escrito estos momentos que son hitos en la historia y que me permiten organizar ideas mientras confecciono el guión.

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