Es lunes 16 de abril. Son las cero horas con ocho minutos, estoy en mi casa, mi nueva casa ubicada muy cerquita de El Peñón con Av. México en la comuna de Puente Alto, tomando un té con marraqueta y paté de ave, luego de ver Tolerancia Cero en Chilevisión.

Hace una semana que vivo acá. Vivo solo. Mi Gaby vive muy cerca, así que tan solo no estoy. Y tengo un perro, Leoncio, el Negro, que ha venido a poner desorden y agregar responsabilidad a mi nueva vida.

Hoy compré un Omo chico. $350 pesos. Y con una cantidad que se puede definir como “una pizca”, lavé cinco poleras (dos de manga larga), un beatle y un pantalón. A mano, porque no tengo lavadora. Y los colgué en el patio, porque no tengo secadora.

Ayer fuimos con la Gaby (me ha ayudado una enormidad mi Rana) a vitrinear muebles que me faltaban en Franklin. La verdad es que yo iba con ese ánimo, vitrinear, y en una de ésas comprar el botiquín. Pero me vine con mueble de cocina, comedor, botiquín y un mini-rack para poner la tele que me prestó mi madre. ¿Qué es una casa sin televisor? En el rack también guardé la pequeña radio que me prestó mi cuñada Jime.

En todo gasté menos que lo que había presupuestado para el comedor que estaba en Almacenes París (y que me parecía “barato”). La Gaby hizo sus trucos de regateo, el vendedor hizo una movida con otro vendedor por el mueble de cocina y al parecer los dos se fueron con un billete para el bolsillo.

El tipo del flete se mandó un condoro con el rack, se lo piteó cuando aseguraba el cordel (rajó la base de trupán) y tuvo que comprar el mueblecito. “Un día de trabajo perdido” me dijo. Fue culpa de él, y tuve que cambiar el rack por otro de un color más oscuro, así que no me dio lástima.

Debo agregar que la calidad de los muebles se ajusta a mi presupuesto y a las necesidades que satisfacen. Pagué lo justo. Son prácticos y no tienen adornos innecesarios.

El sábado pasado nos trajimos casi todo lo que poseo, más una cantidad considerable de donaciones que me hicieron mis padres, y entre medio tengo varios préstamos que no sé cuándo podré devolver.

Este sábado reciente hicimos un “casa-shower”, invitamos a mis familiares, que da la casualidad viven casi todos relativamente cerca, y me trajeron regalitos muy útiles para la cocina. De verdad los agradezco.

Y también me traje la miel, toda, muchos kilos embalados en cajas de cartón.

No tengo Internet. Algo que había formado parte del 95% de mis momentos de ocio cuando estaba en mi habitación de mi antigua casa, ahora equivale a la nada misma. He dedicado muchas horas a revisar qué tengo en los cientos de CD que me traje: películas, textos, música. Pero luego ya no tendré qué revisar. Aproveché de desinstalar programas, limpiar el registro, organizar mis documentos, y mañana si no se me olvida, respaldaré lo más importante en DVD.

Luego sólo tendré tiempo para escribir.

Es increíble, visto desde esta nueva perspectiva, como Internet más que ayudar, me esclavizaba. Llegaba a mi ex-casa, encendía el compu y me instalaba. El 70% era wilfing (“navegar sin propósito”). Ahora estoy obligado a racionalizar mi navegación durante el horario de trabajo. Me pena la actualización nocturna del DiarioDelAgro.cl, pero más me pena no poder enviar los newsletter semanales, labor automática que se hacía desde mi computador en Linux.

Me acabo de servir otra tasa de té. Todavía queda paté.

Me he puesto muy fumón. Al principio sólo fumaba en la oficina (tengo una habitación habilitada como oficina, con el escritorio, el compu, mi bajo y amplificador), pero este fin de semana me he paseado con el pucho por todas las habitaciones. La oficina tiene ventana, pero como mantengo las cortinas cerradas para que no se vea desde la calle, no ventila muy bien. Es un pésimo habito la fumarola, y muy hediondo. Tengo que abrir todas las puertas y ventanas para que circule el aire, cagándome de frío. A partir de esta nueva semana que comienza, no fumaré más dentro de la casa.

Me doy cuenta de lo difícil que es administrar algo tan básico como el orden y la limpieza del hogar. Huevón, tengo que barrer todas las mañanas y en las tardes porque el Leoncito es un repartidor de mugre experto. Además se me olvida regar en las noches.

El cálefont está casi nuevo, pero tiene algún extraño desperfecto y le dio por hacer pequeñas explosiones de gas cuando me ducho. Me cago de miedo.

Hoy me corté el pelo donde un vecino de la Gaby. El caballero conoce a todo el mundo. Me engrupió con el peinado de Challán y me puso gel. Al final hizo el “corte varón” clásico, pero un poco chascón en la testa. El hombre tiene una técnica para el corte varón que demora diez minutos. El mago de la máquina y la tijera.

Para ir a la pega tengo que tomar un micro de acercamiento (F05) que pasa cada media hora. Orto de micro. Así que prefiero caminar. La semana pasada llegué muy tarde dos días seguidos. Y para ir los miércoles a la Universidad es un cacho, no llego nica a la 8.30.

La F05 me deja en La Florida con El Peñón, a un costado del Open Door. Allí se estaciona la 104 ó 104c. La única diferencia entre estos dos recorridos es que la C llega hasta Sucre y s regresa desde allí (por lo mismo no se va tan repleta). La otra sigue de largo hasta Providencia.

Como me tomo la micro desde donde parte, me voy sentado. Y al parecer soy uno de los poquísimos afortunados que tienen la dicha de decir que desde que comenzó el Transantiago, siempre me ha tocado viajar sentado (excepto cuando tomaba la 103 en Pedro de Valdivia). Y para regresar a ésta, mi nueva casa, espero en Simón Bolivar con Macul (parece que allí ya no se llama Macul) y tomo la 104c, que se da la vuelta una cuadra más allá y llega vacía.

Para llegar bien a la pega tengo que salir a más tardar a las 8 hrs. en punto. El viaje de ida es bien rápido. Es el regreso el que me caga la onda, una hora y media en promedio.

Toda la semana pasada viajé escuchando la novela de Drácula en audio, en inglés. Y cuando se acabó, recorrí el disco de MP3 con mis canciones favoritas hasta que me aburrieron. Pero ya me aburrí de escuchar música. El viaje se hacía más corto y productivo cuando me lo pasaba leyendo.

Ahora que son 10 minutos para la una de la mañana, me apresto a lavar mis dientes para meterme al sobre. El Leo duerme adentro, porque si no, huevea y no me deja dormir. La verdad es que no me causa problemas tenerlo adentro en la noche. Pero me deja los cojines llenos de pelo, y peor aún, fétidos a perro.

Es una pésima hora para ir a dormir, pero tenía que escribir mi blog. Si no lo escribo ahora, en mi casa, desconectado, no lo escribo nunca. Mañana en la pega lo subo.


“Mi origen es mi destino” – Ningen Janai

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