Cuando entré a la UNAB el año 1995, el mechoneo era algo común en la cultura universitaria (en general, no sólo relacionado a las universidades tradicionalistas). Si eras nuevo, debías ser mechoneado.

Recuerdo que mi primer día de clases estaba que me moría de pánico. El segundo día, de entrada me hice amigo de Herranz y desde entonces dejamos de entrar a clases prácticamente toda esa semana.

No me mechonearon, así que no me gané ningún punto ni conocí a nadie ni me hice ningún amigo/a en los cursos “superiores”. Ahora pienso que me habría hecho bien ser mechoneado, al menos habría hecho más amigos.

El año siguiente fue mi turno de mechonear. Participé, pero no le tiré nada a nadie, me porté muy amable (tenía la esperanza de convertirme en el protector de alguna bella mechona).

En mi tercer año hicimos un show, varios nos hicimos pasar por alumnos repitentes, el Pato Palomero se disfrazó de profe y Herranz de ayudante. Mta el ayudante shushesumare, le salió bien natural a mi socio. Dejamos a todos con el poto a dos manos dictándoles una lista de libros que tenían que leer, uno semanal, cómo iban a ser las pruebas orales, qué pasaba si uno llegaba un minuto tarde… ese tipo de cosas. Los cabros estaban pensando seriamente en buscarse otra universidad y pronto, cuando salimos de la sala y nos reunimos con los mechoneadores.

Y en esos tres mechoneos en los que participé, siempre había un grupo que se especializaba en humillar y ensuciar.

Las más sádicas eran lejos las mujeres. Cómo les gustaba cortar las ropas y deshacer los peinados y maquillaje de las mechonas, no importa si eran bonitas o no. Eran “competencia”. Y no es que se me haya ocurrido recién, las oía hablar de eso, realmente aterrador.

Y los hombres… esos eran los típicos perdedores, los imbéciles, los giles de marca mayor que daban lástima… esos eran los humilladores por excelencia. Aquí les estaba permitido gritar, empujar, ensuciar… ¿Quién no se habría tentado? Incluso yo lo habría hecho si no fuera porque estaba más preocupado de causar una buena impresión a las mechoncitas (y no funcionó, debo decir).

El grupo de los perdedores humillantes maestros del mechoneo era mixto e incluía personajes de cuarto y quinto año incluso.

En mi universidad, me han contado, hubo algunos abusos de marca mayor, manoseos pervertidos, peleas, cortes de pelo (cosa que por ley está prohibido, al menos a las mujeres, cero) e incluso a alguien le arrojaron ácido a la cara. ¿Qué clase de idiota descerebrado haría algo así? Bueh, el rey de los imbéciles, el rey de los mechoneadores.

Así que prohibieron el mechoneo. En otras universidades también se les ha pasado la mano y han prohibido esta práctica.

¿Y para qué sirve un mechoneo? Digo, un mechoneo de verdad. En escencia es una instancia para conocerse, para jugar y divertirse en grupo. Las penitencias como machetear para recuperar la zapatilla son realmente sanas en comparación con la “peladilla” (dejar al mechón completamente desnudo), y si bien el mechoneo en sí es brutal, no se trata de humillar al novato.

“¿Y para qué es entonces?” debe estarse preguntando el idiota de turno que ya compró mostaza y vinagre suficientes para hacerse famoso.

Un mechoneo (al menos los que funcionan como “rito de iniciación”) siempre terminan en carrete, los nuevos con los antiguos bebiendo juntos, conversando, armando parejas y futuras alianzas. Es una bienvenida, una verdadera bienvenida, donde el mechón(a) pasa de ser un pingüino(a) con ropa de calle y obtiene el honor de llamarse a sí mismo(a) “universitario(a)”.

La Gaby me cuenta de cuando la mechonearon en Antumapu. Llenaban un canal con desperdicios putrefactos y los novatos tenían que pasar por ahí punta y codo, luego besar la cabeza de chancho agusanada… entre otras cosas. Años después lanzaban a los mechones a la ranera, una piscina muy tóxica, y no se la pudieron con una gordita que rebotó de cabeza en el borde. Ahí se acabó ese mechoneo, no se supo nunca más de la gordita, que paró en un hospital.

Estoy hablando de la Universidad de Chile, harta tradición. Lamentablemente pelafustanes perturbados hay en todas partes, no importa el grosor de la billetera ni el nombre de la institución donde participe. Si alguien pensó que por ir a la Chile o a la Cato se iba a encontrar con la crema de la sociedad, con personas adultas afables y activas… pues váyase al parquecito a soñar despierto.

¿Quién dijo que el 25% de la población de Santiago tenía problemas psiquiátricos (en toda la gama de piteaduras mentales)? Yo digo que es el 50%, por lo bajo. Santiago te hace eso.

Ojo, que mechoneos en otras regiones del país también han salido en las noticias (y ni nos enteramos de los que no han salido en las noticias, la estadística debe ser igual a la santiaguina). En el sur la gente desaparece y la encuentran muerta, o no la encuentran jamás. No es chiste. Por esos lados hay mucho cabro hijito de su papi-rey-de-los-turbios que se manda una cagada y luego queda impune. Ojo con Matute.

Si eres nuevo(a) en la universidad y te toca mechoneo, aguanta tranquilito(a) y disfruta, aprovecha de amigarte con los mechoneadores, y luego carretea harto. Es un buen principio. Pero que no se te olvide, la semana mechona es sólo una semana, luego tendrás que estudiar (porque a eso vamos a la universidad… ¿cierto?).


“Mi origen es mi destino” – Ningen Janai

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