Mi madre lloró cuando murió Elvis.
Yo lloré cuando murió Kurt Cobain.
Ayer vi una señora llorando por la muerte de Pinochet.

He escuchado a mucha gente preguntarse cómo alguien podría llorar por semejante [ubique aquí su insulto preferido]. Y yo les he dicho: “Es exactamente igual que sufrir por la muerte de tu ídolo pop”.

Me han mirado como el sacrílego número uno.

Pero es cierto. Se idolatraba a Hitler, a Evita, al Padre Hurtado. Cada uno en su contexto hizo cosas distintas, pero el fenómeno de la adoración es el mismo.

Idolatrar es “Amar o admirar con exaltación a alguien o algo” (RAE). Es preocuparse en exceso por lo que hace y deja de hacer otra persona. Puedo idolatrar mi familia, mi polola, mis amigos… un santo, un Dios, un ser humano…

Hay gente que idolatra a Víctor Jara, Allende, la Gladys, al Papa JP-II y Pinochet. Los pongo en la misma lista no porque sean iguales, sino porque el fenómeno de la idolatría por ellos es el mismo, aunque en contextos distintos.

Idolatrar es humano.


“Mi origen es mi destino” – Ningen Janai

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