Jueves 25
Su nombre era Raimundo Campomanes. Tenía veintiocho años recién cumplidos, amaba el mar y no imaginó ningún otro lugar mejor donde refugiarse cuando una turba invadió su casa y asesinó a su pareja.
Parecía una manifestación religiosa inofensiva. La gente se movilizaba entre rezos y plegarias, cantando y llorando. Algunos incluso se autoflagelaban con instrumentos rituales que sólo había visto en documentales.
Raimundo estaba sentado en la puerta de su casa, viéndolos pasar, secretamente divertido con tanto fanatismo. Cuando alguien le preguntó por qué no estaba rezando, no pudo evitar que se le escapara una pequeña sonrisa. Luego respondió, advirtiendo la cólera de su interlocutor, que no recordaba cómo rezar. De un momento a otro, el sujeto desapareció tragado por la multitud. Raimundo se relajó, pero un minuto después el sujeto regresó acompañado por la turba que mató lo que más valoraba, más aún que su propia vida.
No supo cómo ocurrió todo. Entre gritos que lo acusaban de sacrílego, blasfemo, profanador e impío, perdió el conocimiento bajo una lluvia de golpes santos. De la confusión sólo pudo rescatar el recuerdo del hombre que comenzara todo, diciendo que Dios obraba por sus manos y que no debía temer a su furia, porque sólo a través de sus actos lograría la redención.
El siguiente recuerdo fue un calor intenso. La casa se quemaba y a su nariz llegaba un fuerte olor a carne chamuscada. Alguien lo arrastró hasta la calle, otras manos lo ayudaron a reponerse y caminar entre la multitud. Algunos fieles cuerdos le pidieron que rezara, que fingiera, o perecería. Ellos habían visto la misma escena muchas veces durante su caminata sin rumbo y no podían hacer nada salvo exponerse al mismo destino entre las llamas.
Los fanáticos que habían perdido su identidad en medio de la masa conformaban a la mayoría y no escatimaban en nada para lograr la conversión de los infieles, porque Dios estaba de su parte.
Raimundo caminó con ellos toda la mañana, toda la tarde pese a la sed y el hambre, y apenas cayó la noche se fue alejando lentamente hacia un lado de la multitud, hizo ademán de ir a mear y desapareció en medio de los papayos. No sabía dónde estaba ni le importaba. Comió algunos frutos verdes y caminó hasta perderse en sus pensamientos hasta llegar a una playa.
No podía reconocer el lugar. Había dunas y olas que le golpeaban las piernas. Alcanzaba a distinguir a lo lejos las luminarias apagadas que bordeaban un camino pavimentado, algunas fogatas o incendios iluminando el cielo nublado, y a otra persona que se paseaba entre la arena, apretándose las sienes.
-¡Oye tú!- llamó Raimundo. Sentía la boca seca y un horrendo dolor de estómago.- ¿Tienes algo pa’ comer?
En la oscuridad, Raimundo vio que el sujeto le hacía una seña positiva. Sin pensarlo siquiera, corrió hasta él y apenas pudo distinguir su rostro se detuvo.
-¡Eres un niño!- dijo confundido.
– No soy más niño que tú.- dijo Efeso y de su chaqueta extrajo un emparedado de jamón con queso en pan integral y un yoghurt. Raimundo le arrebató el preciado tesoro, notando un poco desilusionado que Efeso no dejaba de sonreírle.- Come con confianza, porque tengo más, si quieres.
-¿Eres un fanático asesino?- preguntó Raimundo en un intento por agradecer el gesto. Tenía las ideas echas un revoltijo.
– Sí.- respondió Efeso diluyendo su sonrisa.- Estoy aquí para matar.
-¿Por qué tienes que matar?- Raimundo no tenía ningún interés en el niño ni en sus palabras. Sólo le importaba la comida.
– Porque sólo así podré salvar a los inocentes. Si me niego a matar, no podré salvar a nadie. Ese es el precio que tengo que pagar.
-¿Y cómo piensas matar a los que tienes que matar?- el yoghurt se acabó de un sorbo. Efeso le tendió otro emparedado, pero de manjar con nueces en una marraqueta, y un néctar de durazno.
ÉL: PUEDES DECIRLO. ES INOFENSIVO. Y ESTÁ DESTINADO A MORIR.
EFESO: ¿CÓMO DECIDES QUIÉN VIVE Y QUIÉN MUERE?
ÉL: SÓLO TENGO QUE VER EN SUS ALMAS. LA SUYA ES UN PANTANO.

– Con un hacha.- dijo Efeso. Suspiró resignado, miró a Raimundo y le sonrió. No estaba mal complacer a un hombre muerto.- Voy a hacer una gran estatua. ¡Pero no cualquier estatua! Ésta será de cristal puro, de veinte metros de altura, con cabello y barbas de oro, ojos azules luminosos de ágatas y diamantes, vestido con una túnica blanca de arena y sal. Tendrá los brazos extendidos hacia el mar, una sonrisa blanca radiante y los pies descalzos, para que los fieles puedan tocarlos. Será la imagen de Cristo, tal como la representaron los artistas del renacimiento. No tendrá aureola ni el corazón ardiente… pero servirá a mi propósito.
Raimundo no estaba escuchando. Movía los brazos hacia delante y atrás, alzando las cejas a la espera de más comida. Efeso le entregó su última ración, un trozo de pastel de piña y crema, con una lata de Bils para acompañar. Raimundo se retiró hacia una duna y allí sentado, comió su último bocado.
Efeso no podía esperar más. El amanecer se acercaba y con él, comenzaba el genocidio.
ÉL: ¿TIENES DUDAS, EFESO?
EFESO: NO DUDO NI ME ARREPIENTO. ¿QUÉ OTRA OPCIÓN TENGO?
ÉL: NINGUNA.
TIATIRA: ÁNIMO, EFESO. TODOS TENEMOS QUE HACER LO MISMO. TIENES MI APOYO.
FILADELFIA: Y EL MÍO.
ESMIRNA: NO PUEDES ABANDONARNOS AHORA, NO DESPUÉS DE LO QUE HEMOS PASADO JUNTOS.
PÉRGAMO: NO TENGO MEJORES RECUERDOS Y MATAR NO ES TAN DIFÍCIL.

Más tranquilo, Efeso retomó la línea de pensamiento que interrumpiera Raimundo. El poder estaba en sus manos. Con sus ojos vería. Con sus oídos oiría. No habría otra imagen que la de los elegidos. El poder estaba en él…
Metió las manos en los bolsillos y estornudó. La arena le escocía en todo el cuerpo.
“Cabello y barbas de oro”, recordó. Arrugó el rostro, concentrado en recolectar suficiente cristal para hacer la gran estatua. La playa era bastante grande para contener los materiales que necesitaba.
Raimundo acabó de comer y se tendió satisfecho sobre la duna. No tenía nada en qué pensar, salvo que el mar era el único lugar donde se sentía seguro. De improviso, la duna se desinfló bajo su cuerpo y lo mismo ocurrió con las que estaban a su alrededor. Algo muy caliente estaba emergiendo a su lado, tan caliente que brillaba, blanco y vivo, deslizándose sobre la arena. Raimundo no podía moverse, no quería. El líquido cubrió sus piernas sin producir dolor, luego sus brazos y su rostro. Instantáneamente se había convertido en vapor y cenizas.
El cristal derretido se acumuló entre las dunas, formando el rostro santo idealizado durante milenios.
Efeso se hundió en sus pensamientos, en la arena, en el mar, por tanto tiempo que al regresar a la superficie el sol estaba alto en el cielo, reflejándose en la estatua que miraba a los barcos en el horizonte.
Era tal como la había pensado.
EFESO: HE TERMINADO.
TIATIRA: YO TAMBIÉN.
ÉL: SON SIETE ESTATUAS REPARTIDAS POR EL MUNDO EN PLAYAS EXTENSAS. HASTA AHORA NADIE LAS HA VISTO, MI VELO LAS PROTEGE. EL MOMENTO SE ACERCA.
FILADELFIA: ESTAMOS PREPARADOS.
PÉRGAMO: DE LA AMENAZA ME ENCARGARÉ CUANDO SEA EL MOMENTO.

“¿Amenaza?”, preguntó Efeso sin obtener respuesta. ¿Qué podía ser más amenazante que ellos mismos? Miró al cielo y vio, girando entre las nubes, tres puntos de luz que crecían en intensidad y tamaño.
-La amenaza- dijo en voz alta cuando por fin comprendió.

Extracto de “Pérgamo Arenas”, un proyecto de novela.

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