Pérgamo avanza por un pasadizo verde de helechos y enredaderas, que penden de copas pobladas por aves multicolores y primates del tamaño de un puño. El calor y la humedad sofocan con cada inspiración. Miles de mosquitos pululan a su alrededor como un aura oscura y zumbante, pero no llegan a tocar su piel y caen muertos dejando una huella oscura donde ha posado los pies sangrantes.
Sus piernas, brazos y rostro están marcados por cortes de ramas ahí donde el sendero se cerraba impidiendo el paso. Su cabello largo y apelmazado, así como su barba desordenada, están plagados de arañas y otros insectos de múltiples extremidades y propósitos. De sus ropas sólo quedan algunos jirones de la camisa que cuelgan de sus hombros y el cinturón de cuero en su cintura huesuda.
Luego de incontables jornadas sin detenerse, salvo cuando ya no podía reconocer el ancestral sendero por culpa de las noches sin estrellas, sale a un claro bañado por la luz del sol. Aquí la humedad no es tan densa y el baño de sol es bienvenido como un vaso de agua en medio del desierto.
Del otro lado del claro, sentado contra un tronco caído, aguarda una figura vestida de negro y rostro blanco como un amanecer de invierno. Pérgamo le reconoce de inmediato, había sentido su presencia y ahora al fin se encontraban luego de muchos años. Es Efeso, el niño que nunca creció, que no conoció el amor de familia, la fuente de todo el odio desatado durante el apocalipsis.

Efeso: ¡temporada de patos!
Pérgamo: ah… ¡Temporada de conejos!

Pérgamo llega a su lado luego de algunos minutos, sintiendo que el cansancio de décadas le indica que es momento de descansar. Cae a un metro de Efeso y duerme por varios días.

Efeso: (cuando nota que Pérgamo ha despertado) ¡por fin das señales de vida! Ya quisiera yo poder dormir tanto como tú.
Pérgamo: estaba soñando con ella. (Sentándose para ver a Efeso con claridad. Entre ambos arde una hoguera. Es de noche)
Efeso: sírvete una pierna de conejo. ¿Hace cuanto que no pruebas bocado?
Pérgamo: no recuerdo, podría ser años. ¿Cómo diste conmigo?
Efeso: no es tan difícil como crees. Sólo visualicé el mapa del continente en mi cabeza, e hice girar el péndulo. Éste es mi tercer intento y resulta que al fin eres el verdadero tú. Todavía me faltan cinco opciones más por verificar… pero creo que ya no es necesario.
Pérgamo: ja ja ja… ¡Hallaste mis “trozos”! Eso sí que es divertido. Ya imagino tu cara cuando pensaste que me habías encontrado, pero en realidad sólo veías un pendiente de cobre relleno con mi sangre.
Efeso: tengo que admitir que me sorprendió la primera vez, pero cuando volví a repetirme el plato, me pareció una solución muy ingeniosa a tu problema. Seguramente Sardes debió encontrarse con alguno de esos “trozos” y debe estar clamando muerte. Dicen que en los bosques del sur han habido miles de desaparecidos sin explicación plausible en torno al lago de la Diosa. Ese tipo no tiene remedio. Lleva la podedumbre en el alma.
Pérgamo: por eso los “trozos”, son señuelos. No me hizo gracia la última vez que nos encontramos y desplegó mis entrañas por las copas de los árboles…
Efeso: pero ésa no es la única razón, ¿cierto? Si puedo sentir un simple pendiente con sangre, es porque hay una parte de tu esencia en ella. Cuando lo descubrí pensé que la mejor opción era recolectarlos todos y destruirlos, pero bueno… ahora los llevo conmigo con la esperanza que la próxima vez que te desintegren, tu esencia resucite en uno de los contenedores que llevo al cuello.
Pérgamo: ¡ja! ¿Tanto me echas de menos?
Efeso: no, en realidad no. Es que nunca he visto cómo se regenera un cuerpo a partir de una única pieza sobreviviente. Ha de ser un espectáculo bizarro. Ansío poder verlo alguna vez dentro de los próximos mil años. Por lo mismo pretendo recolectar todos los pendientes… No te importa, ¿cierto?
Pérgamo: no tengo cómo impedírtelo, supongo. Además, están mejor en tus manos que en las de Sardes. No quiero imaginar qué haría él si se enterara del verdadero propósito de mis “trozos”.
Efeso: come otra pieza de conejo, lo tenía reservado para esta ocasión. ¿Y qué te trae a esta selva?
Pérgamo: un rumor…
Efeso: ah, ¿“el pueblo inmune”?
Pérgamo: ¡Sí! (asiente con sincero asombro) ¿Haz oído de él?
Efeso: en realidad estuve allí…
Pérgamo: ¡Pendejo! ¡Basta de huevadas y cuéntame toda la historia!
Efeso: ¿Puedo terminar de comer primero? (recibe una palmada en la cabeza) ¡Está bien! No insistas, lo haré de inmediato. (deja el trozo de conejo junto al fuego y se limpia la boca con la manga de su traje) Resulta que te estaba buscando para variar, al otro lado del continente, siguiendo el primero de los “trozos” sin saber de qué se trataba. Y así fui a dar al templo de las viejas lesbianas… Perdón, de Laodicea y Filadelfia. Para variar estaban enfrascadas en un ritual orgásmico cuando entré al salón prohibido.
Pérgamo: entraste a un salón que se llama “prohibido”…
Efeso: me estaban esperando. Tuvieron su orgasmo galáctico y el universo se mostró ante sus ojos… al menos eso dijeron al unísono. Hay lugares a los que no pueden mirar; hay lugares donde nacen criaturas que no se parecen a sus padres y que actúan con una voluntad distinta a la de su raza; hay pueblos donde las casas aparecen y desaparecen de su visión, no muy lejos de aquí, como si dejaran de existir… y hay una gran mancha desconcertante en medio del Amazonas. Hacia allá me dirigí, pero antes hice una visita a una de las sacerdotisas del templo. Llevaba un pendiente muy particular…
Pérgamo: un “trozo” de mí…
Efeso: entonces estuviste en el templo…
Pérgamo: hace tanto tiempo que ya casi lo había olvidado. Buscaba la respuesta que los siete nos hemos preguntado desde el apocalipsis…
Efeso: morir… (sus ojos se llenan de esperanza)
Pérgamo: las viejas hicieron un ritual muy desagradable, insertándose cosas filosas en sus partes sensibles… y aunque no lo creas llegaron a un orgasmo. Entonces hablaron del “cáliz maldito”. Inmediatamente dicho esto, sus cuerpos se incendiaron hasta que no quedó nada. Las sacerdotisas recogieron las cenizas y las colocaron en grandes cuencos de barro con sangre y leche. A los pocos días emergieron dos figuras escuálidas, esqueletos con apenas algo de carne pegada que les permitía mantenerse erguidas. Uno de los esqueletos escribió en la arena del suelo “Gur nos ha castigado, otra vez”. Luego retornaron al interior de los cuencos y las sacerdotisas se cortaron las muñecas para nutrirlas con sangre fresca.
Y esto me hizo pensar… Gur las castigó por decirme algo que no debía saber, algo que ni ellas debían conocer, por eso el ritual sádico. Y no es la primera vez que las castiga. Esa información debía valer algo. Así que llamé al Mismísimo y le pregunté qué es el “cáliz maldito”. Por supuesto que no me contestó.
Efeso: nunca contesta… Antes del apocalipsis se hablaba de un cáliz sagrado, una copa de madera donde habría residido la sangre de Cristo luego de su crucifixión, la misma copa con que compartiera el vino con los apóstoles durante la última cena. Luego supimos que el verdadero cáliz era su mujer, María de Magdala, recipiente de su sangre, madre de sus hijos…
Pérgamo: pero no puede tratarse de lo mismo. ¿Una copa o una mujer? Sea cual sea la respuesta, podría ser la que hemos buscado desde el comienzo.
Efeso: vi una copa de madera finamente labrada con adornos de oro y joyas, en la mano de un hombre que jamás creerías su existencia aunque lo vieras ante ti. (la esperanza crece en los ojos de Efeso y Pérgamo guarda silencio, con una sensación de alarma en su estómago).
Este hombre se llama Deke. Habita con su progenie en esa mancha del amazonas, aquel lugar donde las pitonisas no pudieron ver. Yo no lo pude sentir, ni siquiera cuando lo tenía a menos de un metro de distancia ni cuando me atravesó con su espada apenas pisé su territorio. Permanecí más de un mes y no hubo ninguna señal de conflicto por mi presencia. Son inmunes al poder de los siete.
Deke es el padre de todos en ese pueblo. Es el abuelo de todos los que se hacen llamar “nieto” como un título de estatus. Aquella copa, me dijo, fue fabricada con la madera de un árbol que no crece en nuestro planeta, adornada con joyas que no son de este mundo. La hizo con sus manos, y con ella dio de beber cicuta a su moribunda primera esposa… Créeme, Pérgamo, este hombre es el anciano más vital que he visto en mi vida. Tiene el cuerpo y el rostro de un guerrero que ha participado en innumerables batallas. Siempre lleva atada en la espalda esa gran espada. Mi hacha pesa un décimo de lo que pesa esa cosa. Y sus ojos vivaces podían leer en tu corazón.
Pero hay algo más importante. Odia a Gur. Dice que Gur lo maldijo, que lo desterró a esta tierra bendita y que dejó morir su cuerpo débil en una caverna plagada de insectos, mientras su cuerpo radiante seguía en su propio mundo, al lado de la mujer que amaba… y él tuvo que cargar con el lastre de una mujer enferma que luego de muerta aprendió a amar. Hasta hoy no entiendo nada de lo que dijo.
Pérgamo: Gur lo maldijo. Tiene un cáliz que viene de otro mundo. Es inmune… En la última década me he encontrado con más personas inmunes a mi poder que en los anteriores cien años.
Efeso: Ha habido migraciones y destierros. Viven mucho tiempo. Deke asegura tener más de quinientos años, pero que no lleva la cuenta. Uno de sus nietos, más loco que un mono ciego, aseguraba haber hecho una muesca en sus orejas por cada año de vida desde que cumplió los dieciocho, hasta que tuvo que hacer muescas dentro de las muescas. Cuando me contó esa historia, vi que ya no tenía orejas.
Quizá se trata de un error de conceptos, puede que llamen “año” a los ciclos lunares. Pero si lo que dicen es cierto, se trata de una raza nueva, longeva, poderosa. Niños más pequeños que yo me vencían en lucha a mano limpia.
Pérgamo: y tienen un “cáliz maldito”…
Efeso: no me gusta esto, es muy obvio, todo concuerda, lo que lo hace aún más sospechoso. ¿No te parece extraño? Personas inmunes a nuestros poderes, tan cercanas al estatus de semidiós, poseedoras de un artefacto que no es de este mundo y que podría devolvernos a nuestra forma original… y poder morir, al fin. Podría ser una trampa.
Pérgamo: el único que conozco que podría tendernos una trampa es Gur. Y ése no está para niñerías, no es tan obvio al desplegar sus pistas. ¿O no oíste la historia de cómo se creó a sí mismo, de cómo manipuló a la humanidad para que dieran vida a esas dos personas que ahora son Dios, que son Él? Es una cochina paradoja, pero se aplica a lo que estamos viendo ahora. Hay muchas pistas que conducen a una ruta obvia, no hay otro camino para encontrar esa respuesta que buscamos. Estamos obligados por la curiosidad a ir en busca de ese pueblo perdido…
Efeso: ¿estamos? Ey, yo me quedo con la tranquilidad de haberte encontrado entero, y no atravesado por las raíces de un árbol, como la última vez. Todavía no entiendo qué pretendías con eso… Y ahora me voy con un peso menos en el corazón, sé algo que antes no sabía y tú también. Ahora puedes ir en busca de ese lugar, obtener el famoso cáliz e intentar lo que más anhelas. Si lo logras, yo mismo iré a cortar tu cabeza.
Pérgamo: no esperaba menos de un amigo (su rostro es una roca inexpresiva).

Pérgamo se pone en pie y mira al cielo. Faltan algunas horas para el amanecer. Ahora con el estómago lleno y un propósito en la cabeza, siente que vale la pena volver a recorrer el mundo como una persona y no como un anacoreta sin futuro. Había pasado mucho tiempo desde que se sintiera tan entusiasmado.
Efeso ve cómo los jirones de ropa que cubren a Pérgamo crecen y se convierten en el traje negro con el que comenzaron su trabajo de ángeles de la muerte. Las matas de pelo que cubrían su cabellera y rostro caen como hojas secas y de su calvicie emerge una destellante melena negra. Las uñas de sus manos y pies se caen y vuelven a crecer limpias y relucientes. De un bolsillo de la chaqueta de cuero extrae dos zapatos lustrados y se los calza con facilidad.
Mira al cielo, la luna brilla llena y el gran cráter en su centro parece parpadear como un ojo.

Pérgamo: Gur, hijo de la gran puta, me voy a librar de tu “bendición” como sea, lo juro.
Efeso: así me gusta, ve por ellos campeón…

Pérgamo observa a Efeso con alegría, es su único amigo en el mundo. Será un honor morir bajo su hacha.
Suspira profundo y se abstrae del mundo. Reconoce su objetivo, hace el salto, vuelve al mundo y abre los ojos.

Efeso: no te has ido. Para llegar allá, así como para irte de ahí, tienes que hacerlo a pie.
Pérgamo: haberlo dicho antes. Nos veremos pronto. Afila el hacha.
Efeso: ¡”eso es todo, amigo”!

Extracto de “Pérgamo Arenas”, un proyecto de novela.

Anuncios