Me acercaba en bote a la última isla al sur del continente. La imagen satelital, una de las últimas tomadas desde el espacio antes de la partida del Navegante, mostraba una pequeña masa de tierra de no más de un kilómetro de distancia en su parte más angosta.

Más al Este me esperaba el Mar de las Sorpresas.

Pensaba en las maravillas y horrores que me esperaban más allá, y en el extraño ser que varó río arriba cerca del pueblo hace tres meses, en su extraña expresión de desamparo, en las huellas de incontables luchas por su vida grabadas con garras y dientes, cuando vi la columna de humo.

“¡Simios!” exclame. El semillero que dormía en el bolsillo de mi chaqueta asomó la pequeña cabeza y me regaló una de sus expresiones de hastío antes de regresar a su apacible sueño.

No se habían visto Simios en los alrededores del pueblo desde hace varios años. Encontrarlos tan lejos de las montañas sólo podía significar una cosa: sabían como navegar. A algunos de los ancianos del pueblo no les iba a gustar nada esa idea.

Pero podía ser otra cosa. Los Simios no eran los únicos que usaban el fuego.

Rodeé la Isla remando con prisa, acercándome al origen del humo. El semillero en mi bolsillo se movía intranquilo, como aquejado por una pesadilla. Y cuanto más nos acercábamos, más gemía y pateaba.

Me alejaba de la playa, sólo por precaución, cuando lo vi.

Era un semillero, no había duda. Pero no era un semillero normal. Su piel no era verde sino oscura, y sobre su cabeza no había ramas ni hojas, sino láminas semitransparentes, como algas.

Estaba solo, sentado junto al fuego, con un pez ensartado en una rama asándose sobre las llamas. ¿Un semillero acuático? ¿Anfibio? ¿Carnívoro? Sus ojos eran pequeños y su expresión era fría e inspiraba desconfianza.

De mi bolsillo emergió un chillido aterrado, el pequeño había asomado su cabecita y al ver a la criatura en la arena perdió el conocimiento. Pésima señal.

Tomé los remos para escapar lo más rápido posible… y me quedé petrificado. El semillero acuático había saltado al agua y nadaba a gran velocidad hacia nosotros. No había tiempo para evadirlo.

Llegaba el momento que había evitado por tanto tiempo. El semillero pequeño me estaba advirtiendo, como tantas veces antes, y preferí ignorarlo. Ahora sólo quedaba una salida. Saqué la daga de su funda y respiré profundamente.

El ser acuático permanecía quieto junto al bote, mirando alternativamente la daga en mi mano y mi rostro impasible. Tras lo que pareció una hora, inició de espaldas su regreso a la isla, sin quitar sus ojos de mí. Llegó a la playa, recogió su pez a medio asar y se internó en el bosque tupido.

Remé hasta que no pude más, y esa noche dormí con la daga apretada contra el pecho. El semillero en mi bolsillo no dejó de temblar por varios días. Y yo estaba seguro que ésa no sería la última vez que veríamos al semillero alga y sus manos palmeadas con dedos terminados en garras oscuras.

Cápsula de contexto de la novela basada en el cuento Semilleros. Esta parte del relato ya está lejos de la historia, en el futuro.

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