Cuando se trata de “proteger la infancia”, todos son moralistas. La consigna es “joven, el sexo es pecado; usar condón es pecado; usar cualquier método anticonceptivo es pecado; tu única opción en la vida es no tener sexo hasta que te cases, y que sea sólo para tener hijos”. ¿Quién se la compra?

¿Qué puede pasar por la mente de un joven de quince años que hierve de deseo? “Chucha, no me dejan hacer nada, mejor me mato”, o “voy a tener sexo de todas maneras (si la suerte me acompaña); unos me dicen que no use condón y otros me dicen que tengo que usar y los dos me meten miedo lo que pasará si no hago lo que me ordenan; mejor lo hago así nomás, que para eso exise el coitus interruptus”.

Y vamos haciendo guaguas. La chiquilla y el chiquillo que se dejaron llevar por sus instintos, que pese al bombardeo informativo no tienen certeza de los peligros del sexo irresponsable, van a ser padres a los quince o catorce años y viene un grupito de viejas de clóset diciendo que darles pastillas anticonceptivas a los jóvenes es un pecado aún mayor, que es preferible cagarles su desarrollo como personas antes que permitirles salirse con la suya para que puedan seguir teniendo sexo y corrompiendo a quienes les rodean…

Resulta alarmante ver todos los medios de comunicación tapados con esta “polémica”, y que nadie se cuestione por qué toda esta gente muy educada y con mucha plata no quiere que los jóvenes pobres del país accedan a una pastilla para evitar el embarazo no deseado dentro de las 24 horas posteriores al coito.

En las clínicas y hospitales donde el estatus socioeconómico importa, la entrega de estos medicamentos es cosa de cada día, no vaya a ser que la niña de su papi quede embarazada y se eche a perder la vida o que el lolo de la familia caiga en descrédito social por dejar embarazada a la empleada… o a la hija de la empleada, o a su vecina. Ellos pueden acceder a la píldora, sin importar su edad, porque en su bolsillo traen el derecho a exigirla.

Pero la Juanita y el Pepito que viven en Talca están podridos pensando en ir a ver a una bruja, porque en el concultorio les dijeron que ahí no daban la píldora del día después. Da lo mismo su edad.

Se me sale el comunista cuando observo a estos magnates lavarse las manos de sus pecados mientras le adjudican atroces culpas al resto de los ciudadanos. Ellos mismos decían que para el gobierno militar no hubo violaciones a los Derechos Humanos (y en el intertanto se llenaron los bolsillos), y ahora ponen su mejor cara de “a mí que me registren” y emprenden la guerra santa contra la corrupción infantil. Entre ellos el clero, que hace no mucho tiempo (y todavía hoy) amparaba en el secreto a cuanto pervertido pedófilo hubiera entre su gente, porque “errar es humano, ya se le va a pasar, Diosito lo iluminará… en cualquier momento”.

Pensar que la existencia de un método anticonceptivo promueve el sexo sin condón y la proliferación de enfermedades infecciosas, es digno de una mente victoriana o de algún retardado del siglo XIX. Los jóvenes de hoy no son como los de la generación anterior, que a su vez no eran como los de la anterior. La información en los medios de comunicación de los últimos cinco años no es como la de los cinco anteriores. Ahora el sexo ya no es un tema taboo (a pesar de una minoría) y el embarazo adolescente no es un secreto a voces. Ocultarlo no lo hará desaparecer.

A los enemigos de la paz que se persignan pensando en el fin de los tiempos, les tengo un mensaje: hay lugares donde los coronarían santos en una semana; por favor, váyanse para allá y vivan su corrupta santidad donde no molesten.

Salud.


“Lo que nunca he tenido…
Falta no me hace”

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