Ocurrió esta semana. El domingo pasado fuimos a recoger más miel a nuestras abejas. Dejamos los panales vacíos y nos trajimos otros tantos llenos. Y para poder usar los cuatro “baúles” donde transportamos los marcos con cera operculada tuve que limpiar un par de marcos que estaban para la historia.

Uno de esos marcos había sido depósito de polen, y como las abejas se vieron necesitadas de espacio para guardar su miel no hayaron mejor cosa que completar las celdas con néctar. El resultado, una miel con fuerte olor a rancia.

Tomé ese marco, lo desarmé completo y lo dejé al sol para que se derritiera la cera. Como eso no ocurrió, decidí dejarlo un día más.

Fuimos a buscar miel, volvimos, guardamos nuestras cosas, envasamos la miel que faltaba por envasar, y chao, hasta una próxima oportunidad.

El día lunes ni me acordé de esa cera con miel y polen que había dejado a la intemperie. El día martes la vi, con varios puñados de abejas rondándola. Se me ocurrió que al menos ellas sabrían qué hacer con toda esa miel y polen desperdiciados. Cuando llegué a la noche, mi madre me solicitó amablemente que me deshiciera de esa miel, porque las abejas no la habían dejado salir al patio.

Cuento corto, había un puñado de abejas colgando del taburete donde había dejado los residuos de cera, miel y polen. Eso sólo podía ser el resultado de una tarde frenética de trabajo intensivo por parte de las abejas y habían decidido quedarse a cuidar el botín.

No era un enjambre con reina. Eran sólo abejas codiciosas. Entonces partí a embolsar los residuos, y no quedó nada que le dijera a las abejas que hubo algo allí.

Cuando partía a la universidad el miércoles por la mañana, miré hacia afuera y vi varias abejas que volaban por mi patio, despistadas. Me reí en sus antenas y partí a dar la clase.

Poco antes del medio día mi madre me llama muy preocupada porque había una nube de abejas rondando nuestro patio. Miles de abejas. Panales completos. Claro, las pesaditas se habían pasado el dato con sus bailes de poto parado. Y ahora teníamos a todas las abejas en edad de pecorear, exigiendo que liberáramos el elixir del que les habían hablado.

Por supuesto que se metieron a la casa. En la “galería chica”, una zona cerrada de la casa donde había instalado toda la parafernalia apícola, las abejas se estaban infiltrando presas de su ambición y guiadas por el penetrante olor a miel que, a estas alturas, apesta mi casa (no hay nada que no esté o haya estado pegajoso).

Madre, con el dolor de su alma, mató una por una a las abejas que osaron invadir su territorio.


“Lo que nunca he tenido…
Falta no me hace”

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