Gur es Dios, es ORDEN, es todo.
Pero no es el Dios de los libros. Existe porque los humanos existen. Existe porque creó a los humanos para que ellos le dieran vida. Existe porque tuvo que nacer, se hizo carne luego de millones de años moviendo piezas pequeñas y grandes en el azar del mundo.
Existe porque reúne lo peor de nosotros en un hombre, y lo mejor en una mujer, ambos como una sola mente que trasciende la materia y el tiempo.
Es creador y creado. Víctima y victimario. Es el apocalipsis del octavo día.
Su único “deseo” (homologando el concepto humano a su omnipotente expresión) es no saber, es no poder, y en un lapso de varias eternidades, morir.
Pero la humanidad está atada a su destino.
Gur, como árbol que da el fruto que da la semilla que hizo crecer el árbol, es algo cercano a un Dios altruista. Quiere que su semilla dé vida a un nuevo árbol distinto, fuera de su control.
Quiere CAOS.

Ésta es la justificación, algo desordenada, de mi primera novela de la que todavía no estoy conforme. Aquí estoy trabajando en ella página por página, reconstruyendo desde 1998.
La novela en sí es una gota en la piscina de posibilidades que me da esta idea simple. Pero es la gota-llave que abre el camino a todas las otras opciones.
En el principio sólo existía Deke y sus aventuras de adolescente enamorado. Luego le di carácter de adulto. Luego lo ubiqué en un contexto exótico fuera de La Tierra. Luego puse a un titiritero, que es el que maquina todas las paradojas temporales de la novela para lograr un objetivo que no queda claro (en esta novela al menos).
Ahí nació Gur como concepto.
Tiempo después tuve la torpe idea de darle vida al génesis de Gur. Al menos sirvió como ejercicio.

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