Día uno, lunes 13 de marzo de 1995.

La hora de entrada era a las 8.30 AM. Por supuesto yo estaba demasiado ansioso. Desperté a las 6, me duché, vestí mi mejor pinta de adulto joven (bien ñoño), desayuné algo que no recuerdo y salí rumbo a la UNAB a las 7.30, suponiendo tacos y atochamientos imposibles.

Colectivo, metro línea 2 (todavía no construían la 5), y ya en la estación Departamental comenzaron los retorsijones. Ay! el dolor era inigualable. Sólo dos veces me he sentido así de mal, y las dos veces me había intoxicado con alguna mugre. Esta vez eran mis nervios, nada más.

Aguanté estóico, lívido; Hice la combinación en Los Héroes y bajé en República, desde donde caminé hasta llegar al edificio de Grajales con Av. República.

Todavía no eran las 8 de la mañana. Me di unas vueltas, sufrí como nunca en mi vida, y entré al edificio.

Estaba solo.

Subí a mi sala. Ahí no había nadie y el salón estaba cerrado. Entonces busqué un baño.

Suerte que llevaba papel higiénico. Me tuve que bajar del mojón con ayuda de poleas. El hedor era inconsistente con lo que recordaba haber comido durante las pasadas 48 horas. Pensé que me había agarrado algún cáncer de tanto cachureo… pero no. Sólo era mi colon.

Seguí con dolores, pero ya no era ese sufrimiento rectal incalculable. Qué manera de cagar…

Una vez limpio de pestes, salí del baño con un cigarro en la boca y me quedé cerca de la sala fumando. Ya habían abierto la puerta y el salón era igual que el de mi colegio, con pupitres personales “universitarios” y ventanales que daban a la calle.

La gente comenzó a llegar. Todavía no era hora y el salon se iba llenando. Verifiqué en mi hojita de horario y sí, era la sala, el día y la hora correctas. Décima vez que verificaba.

Entré y me instalé bien atrás. Quería pasar inadvertido. Dieron las 8.30 y entró una señora de maletín. Se hizo el silencio. La señora saludó, toos dijimos “buenos días” y se sentó en un asiento de alumno. ¿Aló? No era la profe?

Revisé mi horario. Pablo Portales decía. Obvio que no podía ser ella.

Al rato llegó el susodicho. El ramo era Historia del Periodismo. Nos hizo armar un círculo con las sillas. Mi corazón parecía que iba a explotar de pánico. Y dijo “cada uno preséntese”.

Pensé que era mi fin. La sangre se me fue del cuerpo, seguramente a refugiarse con la caca. Recuerdo esos días de pánico absoluto y no sé si enrabiarme o reírme, era muy patético.

Llegó mi turno. Me puse en pie. Temblaba. No modulaba. Dije mi nombre y edad (17), mascullé algo así como que soy virgo porque me pareció simpático y original… pero creo que nadie lo oyó. Me senté con el rostro incinerado y a punto de generar una combustión espontánea.

Lo demás no lo recuerdo. No recuerdo el resto de las clases. Sólo viene a mi memoria la soledad, la intranquilidad, la sensación de estar en otro mundo, el terror por no entender nada de nada. No me cuestioné mi falta de preparación ni mi inmadurez, ni siquiera me cuestioné qué hacía ahí.

Me parece que las clases terminaron temprano. Me fui a la casa con la pesadumbre de mil años sobre los hombros. En todo el día no había entablado conversación con nadie. Nadie me preguntó ni siquiera la hora. Daba lo mismo si seguía o renunciaba allí mismo.

Yo sólo quería ser escritor. ¿Por qué tenía que saber de paradigmas y epistemología, conductismo y chuchetumadrismo?

Día 2. Martes 14 de marzo de 1995.

Clases de redacción, creo. Aquí entendí mejor. Veía como mis compañeros de sala, que eran los mismos en todos los ramos que había tenido el día anterior, conversaban y eran amigables entre sí. Perop yo seguía aislado. ¿Sería mi ropa? ¿No les gustaba mi peinado? ¿Acaso se me había quedado un mojón pegado en el pantalón? Pues ninguna de las anteriores. Estaba duchadito, olorosito, afeitadito, y bien planchadito.

Apenas terminó la clase dos personas del curso se quedaron conversando adelante. Me acerqué, no sé cómo me hice de valor. Sabía que no podría aguantar más tiempo en el anonimato. Me paré donde pudieran verme y dije “hola, soy Daniel Guajardo”, estiré la mano y me saludaron. Pedro Pablo Herranz y David Villanueva.

Y entonces me convertí en su pegote número uno. No cacho cómo me toleraron ahí siguiéndolos a todas partes. Con el pasar de los días me solté un poco, Herranz tenía ideas muy revolucionarias, como “faltar a clases” para evitar que nos mechonearan. El sólo sonido de la palabra “mechoneo” me generaba dolorosas palpitaciones. Y nos hicimos amigos.

Dia 3 y demases. Casi ni entré a clases. Si había riezgo de mechoneo, a pasear cabro. Santiago es una ciudad fascinante y yo no conocía nada, a pesar de mis 17 años viviendo en ella. Cerca de la UNAB está el Parque O’Higgins, Estación Central, El centro. Conocí lugares que antes sólo había visto en las noticias.

Ese primer año, a pesar de mi esfuerzo por entender, me eché cinco de ocho ramos anuales. Muy mal. MUY MAL. Muy mala preparación en el colegio (muy mal colegio, el Chilean Eagles College, Vivente Valdés 80, La Florida). El ao siguiente me hice amigo de los que también repitieron algunos ramos, y como yo estaba en casi todos, me hice varios amigos.

No superé mi pánico escénico hasta el año 1999, a fuerza de hacer muchas discertaciones para distintos ramos, un papel mula en una obra de teatro, y varias tocatas con PanchaJana. Así el año 2000 se me hizo fácil, lo mismo mi práctica y posterior trabajo en el DiarioPyme.

“Lo que nunca he tenido…
Falta no me hace”

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