Mocha
Era viernes 14 de octubre en la noche. Venía de regreso de una juntada con la Andrea y su novio Sergio, que se casan en enero. Y a la 1.30 AM me despedí y partí en una micro hasta Av. San Antonio, donde tuve que esperar media hora a que un micro, de recorrido 180, se decidiera a hacer el pique por Santa Rosa hasta el paradero 35. Na que ver el recorrido de la micro con el recorrido que hizo, pero filo, me servía.
En esa esquina la micro se llenó rápidamente. Logré un asiento junto a la ventana del lado izquierdo, a dos asientos de la puerta trasera. Delante mío se sentó un tipo rapado y una mujer que no era bonita, de parka roja y pelo así como rusio, él en la ventana y ella en el pasillo.
Todo bien, hasta que se subió un curagüilla. Venía muy borroso el amigo. Apenas subió le echo el ojo a la de parka roja y la comenzó a agujonear. En un momento creí que se conocían, pero no, el curao quería puro darle y la mina no hallaba cómo sacárselo de encima.
En eso estaba, cuando el pelao sentado a su lado reaccionó y le echó la foca al curao. Entonces se dedicaron a discutir huevadas, típico de gente que no sabe por qué están peleando. Pasó el rato y el pelao se tuvo que bajar. Suerte para el curao, que quedó sentado junto a la mujer.
Y al rato se quedó dormido.
No pasaron dos minutos cuando sube un compadre normal, flaco, de treintaytantos, con chaqueta de mezclilla y jockey. Por un momento me recordó al T-1000 por su cara de razgos duros y mirada despiadada.
Pero el socio no era cualquier longi. Debía conocer los códigos de la calle y la sobrevivencia en la zona sur de Santiago, porque se paró al lado del curao y éste, despertando depronto, le tiró un manotón.
Ahí comenzó otra discusión. El sosito le decía al curao que no diera jugo, que no lo conocía, que no tirara las manos o le iba a llegar una patá en locico. Lo decía siempre calmo, advirtiendo. Admiré a ese loco, no se dejó llevar por el aweonamiento que sufrimos todos cuando nos pintan el mono. Le dio al curao la oportunidad de pegarse la cachá, por lo menos.
Pero el curao no cejó. En un momento se creyó tan choro, que se puso en pie, y ahí el socito le comenzó a dar coscachos. Con la mano izquierda lo sostenía, con la derecha le daba uno, dos, tres por segundo. Cresta, el compadre era rápido, y estuvo así un minuto entero. Se mecían con los arranques y frenadas de la micro. Los pasajeros vitoreaban. El curao se caía encima de la gente sentada y el compadre boxeador le daba y le daba sin detenerse.
Hasta que el curao quedó tirado en el suelo, rezongando. Se puso en pie y siguió rezongando, amenazando con palabras que no se le entendían y limpiándose la sangre de la ceja y pómulo derechos con un pañuelo pegoteado.
En ese rato otro compadre se había sentado al lado de la mina de parka, y el curao le comenzó a echar la foca, que se parara de su asiento. El compadre no lo pescó. El socito boxeador se cagaba de la risa. La señora con guagua sentada a mi lado decía “se lo merecía el curao agujón”.
Y yo me tuve que bajar porque llegué a mi destino.
No sé si se habrán boxeado más al curao, pero tenía pinta que le iban a seguir dando su paliza, por jugo.

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