Picadura

Me picaron las pesaditas, y no sólo una, sino varias, en el brazo derecho y en la espalda.

No soy alérgico. Las pecoreadoras son las más violentas y ponsoñozas de la colmena, y adivina cuáles me picaron. De otra manera no se explica la inflamación de mis ganglios, los oídos tapados, los labios hinchados y el rostro totalmente rojo. Además de una extraña sensación de aturdimiento.

La Gaby se preocupó, se enojó, me gritó y me retó porque, según yo, no era nada grave. En realidad pudo ser peor, me tomé las loratadinas que traemos entre nuestro equipamiento especialmente para estos casos y como la cuestión no mejoraba, a emergencias el perla.

No sería ninguna gracia que me diera un shock anafiláctico, eso sí sería pa morirse. Y estábamos en Arriba de Lo Planella, en la falda de la cordillera desde donde se puede ver todo Santiago cuando no hay smog. Si me hubiera asfixiado allí, no habría llegado vivo a emergencias.

Pero no fue para tanto. Sí fue para preocuparse, y los efectos secundarios de las picadas son desagradables.

Antes me habían picado de a una solamente. Duele la wa. Pero nunca tuve reacción alérgica al veneno. Ahora tengo el brazo derecho hinchado y colorado, la piel me pica y duele al moverlo. Me dio fiebre y tiritones, tuve que dormir con el brazo fuera de la cama, y a pesar del frío no bajó su temperatura.

Por eso la Gaby compró overoles, son una mejora sustancial en el tema de la seguridad. Pero son incómodos cuando hace mucho calor.


“Lo que nunca he tenido…
Falta no me hace”

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