El Hombre Elefante
Enero del año 2000. Caminaba muy temprano por Algarrobo, por calles limpias y olorosas en un día soleado con viento frío que venía desde la costa. Los pinos se mecían, el sonido de sus ramas y el aroma me tenían el corazón hinchado de goce. Llegué así, sin ruido de gente ni de autos, hasta la zona de Canelo-Canelillo, a sentarme en el borde del “acantilado” a mirar las gaviotas planeando y el sol alzándose a mis espaldas mientras fumaba un marlboro corriente.
Cerré los ojos y tuve en mi cabeza el sonido del mar, de la rompiente, del viento en las copas de los pinos, de las aves, de la gente que comenzaba a llegar a la playa… Y fue como esa vez que creía haber logrado el oído absoluto escuchando “El pájaro de fuego” de Stravinsky, también con los ojos cerrados.
En esa época todavía experimentaba y entrenaba mis sentidos, el olfato, el oído y el tacto, en el caso hipotético que algún día me quedara ciego. No había ninguna razón para quedarme ciego, pero… la paranoia tiene muchas caras y algunas son desconcertantes.
En un segundo todo calzó, mi manía y la compulsión por escribir. Tenía una historia: un tipo ciego describía el mundo en función de lo que entendía por “color”. Obviamente lo ubiqué en la playa. Y le di un contexto simple, el paseo de curso al terminar la enseñanza media. Entonces volqué algunas frustraciones que me acompañaban desde el colegio y otras más recientes… Resultado, “Los Matices del Negro”.
Como todas las cosas que escribí ese año, no tiene final feliz. Aunque la medida de la felicidad no es estándar y hasta el más desposeído “en situación de calle” podría decir que es feliz con lo que tiene. Para mí no tiene final feliz. Para el personaje, parece que es más frustrante.
Se puede leer en LiteraDura, bajo licencia CreativeCommons, libre distribución.

“Lo que nunca he tenido…
Falta no me hace”

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