La Sangre y la Sombra

Antes escribía tétrico. Estoy hablando del año 1994-95. Escribía de gente que se transformaba en monstruo pero que era superhéroe. Ahora es un tema trillado, un tipo destinado a ser malo porque aquello que le da su poder es intrínsecamente malo… termina controlando su maldad y se vuelve normal (no necesariamente bueno).
En el caso de este cuento seminal, la historia seguía. El personaje después de adquirir sus “poderes sombríos” y devorar a cuanto gil se cruzó en su camino, cae en las garras de una mujer.
Como todo superhéroe tiene un punto débil. No es criptonita, y no voy a decir qué es. El asunto es que terminado este cuento, la historia seguía y seguía con aventuras canívales (sí, antropofagia, pero sanita, sólo la necesidad de una criatura con cualidades vampirezcas). Y aparecía esta mujer que intentaba morir, él la salva y se enamora. Y luego, en una especie de continuación, tenían un hijo, este personaje era decapitado y su cuerpo acéfalo se dedicaba a matar y comer sin mesura, mientras que la cabeza reconstruía un cuerpo “fantasmal” y salía en busca de su perdido cuerpo.
Era muy surrealista. Daba para un cómic, pero nunca fui bueno para el dibujo ni conocí a alguien que lo fuera.
En el cuento mismo, en su versión original, había una masacre que preferí censurar.
Al final censuré casi todo y me quedé sólo con el “prólogo”, este cuento. ¿Para qué tanto? La historia se había desparramado y no sabía cómo darle un final decente. No pude. Pero la primera parte tenía algo de coherencia.
Por esa misma época, comencé un cuento que terminé recién en 1996. Se llamaba “Me llevas en la sangre” y trataba de otro pelafustán que se transformaba en una especie de monstruo, y estaba su polola. Ahora, ése sí que era un cuento surrealista. Cuando lo leo me dan ganas de cortar pedazos completos, pero no quiero. La historia, si se puliera un poco, daría para una película. Pero quiero que ese cuento permanezca así como está, imperfecto. Así no me olvidaré de aquella época en que todo lo que escribía terminaba en muerte, suicidio o genosidio.
¿Hablé de “Anemia”, el cuento del niño que se cortaba las venas pero que no moría? ¿Hablé de Deke, mi novela fallida? ¿Hablé de Gur, mi otra novela desechada? “Anemia” era una parte de “Gur”, y éste era la precuela de “Deke”. Ahí ya me había vuelto loco con la idea de una cosmogonía propia, un Dios que se crea a sí mismo desde el futuro. Y resultaba luego que este Dios sólo era una pieza de un rompecabezas mayor, donde otro Dios movía las piezas para crearse a sí mismo. Era demasiado. Es demasiado. Y luego de releer a Herbert varias veces, me di cuenta que era muy parecido al “Golden Path” del Leto Atreides.
Aún así pretendo explotar algunas ideas surgidas de ese mundo, el mundo de Gur y Deke. Ojalá cuando las escriba no corran la misma suerte de sus antecesoras.

“Lo que nunca he tenido…
Falta no me hace”

Anuncios