Sebastián Lajara y Daniel Guajardo, PanchaJana en 1997Fue el año 1992 cuando comezó todo. Nos conocimos el ’91 en el Chilean Eagles College, en el 1ºF, único curso de enseñansa media en jornada de la tarde. Yo era retraído y temeroso como siempre fui. Era del grupo de los nerd, del grupo de los que eran golpeados.
Así conocí a Sebastián Lajara. Un día, otro día de torturas, me di vuelta al recibir un cachamal y le di un combo en la boca del estómago al primero que se me cruzó. Era él y tenía esa expresión de sorpresa que tienen los abusadores cuando el abusado se rebela.
Creo que así me hice notar. Eso no nos hizo enemigos ni amigos, luego le pedí disculpas por el gancho al estómago y seguí siendo torturado día tras día, aunque ahora los golpes en la cabeza no dolían tanto. Tal vez mi escaramusa había surtido el efecto deseado.
Y como compañeros de curso que éramos, nos hicimos amigos. Él tocaba batería, tenía un grupo, Dementes, en Conchalí. Punk básico y lúdico sin batería, sólo unos tarros.
Mauricio Baeza, Daniel Guajardo, Sebastián LajaraY en 1992, ahora en la jornada de la mañana, seguimos siendo compañeros de curso. Recuerdo cómo fue, pero no recuerdo cuándo ni a pito de qué: estaban los malos del curso conversando de rock, cuando surgió la idea de hacer una banda. Ahí, sin saber las pericias de ninguno, se gestó la idea. Sebastián en la batería, obvio. Mauricio a la voz. Otras personas se sumaron al grupo y les faltaba un bajista. Ahí mismo, supongo que fue porque habían llegado a mi alma adolescente las historias de rock que oí esa mañana, tal vez porque me cautivó el bichito que desea fama, sexo y dinero (y se supone que las tres cosas van siempre de la mano), obviando el tema alcohol y drogas porque en esa época no sabía ni ir a comprar el pan… Fue en ese momento, saliendo del colegio, le dije a Sebastián que tenía pensado comprarme un bajo.
¿Yo, bajista? Tuve que esforzarme mucho, y en diciembre de 1993 recibí el añorado bajo.
Antes de eso tocábamos en mi casa, creábamos música, jugábamos a ser famosos con cajas de cartón y bidones de parafina como batería, y una guitarra acústica. Era puro hueveo, pero al mismo tiempo era la semilla.
El grupo necesitaba un nombre. Queríamos ser Bastard e íbamos a tocar death metal.
¡Ya oye!… Me dio por escuchar esa música y creo que me safé varios tornillos en el proceso. por supuesto nadie se dio cuenta y cargué con esa carga autodestructiva por muchos años, hasta que ajusté los tornillos recién terminando la universidad, a base de mucho humo y sesiones de introspección sentado frente al mar.
[cualquier adolescente que escuche mucho algún tipo de música depre o violenta, lo mejor es demostrarles afecto, siempre. cuando no hay afecto, entran fácil el miedo y la pena]
Pero ya había un grupo llamado Bastard. Así que mejor usamos la traducción onomatopéyica de un grito gutural que significa eres huevón: HUEP. Se nos ocurrió en el curso, no sé si en alguna otra parte del mundo alguien ha concebido una palabra así.
Éramos Los Huep!
Los Huep!Tenía mi bajo. Teníamos un guitarrista, Jorge Moragas. Y teníamos un vocalista, el pololo de una compañera de curso de Sebastián. En 1993 ya no éramos compañeros, Moragas iba en otro curso, pero nos veíamos siempre al recreo y mantuvimos así la amistad.
Y teníamos sala de ensayo, con la pulenta batería en la casa de un tío de Sebastián en Pirque.
Así comenzamos a tocar nuestros primeros temas, a tocar covers y componer música. Claro que no sabíamos nada de composición. Sólo era una especie de sentido común asociado al oído musical.
Y así acabó el colegio y comenzó otra etapa…

Los Huep!, 1995


“Lo que nunca he tenido…
Falta no me hace”

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