Allá estuve, comiendo chanchito asado con papas cocidas en la localidad de Casma, a un par de horas de Pto. Montt (veinte minutos al norte de Frutillar).
Llovió prácticamente todos los días desde que llegamos. Suerte que mi Gaby llevó impermeables taquilleros de cuerpo completo (dícese pantalón y chaqueta). El problema es que son desechables, así que había que tener harto cuidado para no rajarlos. El mío quedó casi intacto.
Lo interesante es que nos poníamos los impermeables y salía el sol. Así que nos cagábamos de calor un rato, nos quitábamos los impermeables (con el hueveo que eso significa) y se ponía a llover. Murphy le dicen al fenómeno.
Conocí a una tía de la Gaby, la señora Albina, a su marido, Don Lucho, y al hijo de ambos, Óscar. Me recibieron como si fuera de la familia y fueron tan acogedores que de verdad me sentí como en mi casa. Comí demasiado, de hecho carnearon un lechón porque veníamos nosotros. Y donde íbamos nos servían algo para llenar la panza. Yo feliz, y aunque estuve apenas tres días, el estómago se me acostumbró. Ahora ando como laucha en invierno.
El último día lo pasamos en Puerto Montt, cagándonos de frío. Estuve toda la jornada con el impermeable puesto, por si llovía, pero no vimos ni una gota. Almorzamos en Angelmó, un potente plato de guatitas picantes con cuero de chancho y ajo. Luego partimos a los puestos de artesanía buscando algunos encargos, haciendo la hora hasta las 8 de la tarde cuando salió nuestro bus de regreso a Santiago.
Que mierda de viaje, tuve que hacerme el poto con una espátula. Además dormí muy mal. El calefactor estaba al máximo y parece que no lo podían bajar, así que nos asamos y tuvimos que aguantar, mala cuea que nos tocaran tantas incomodidades.
Ahora tengo hambre, creo que voy a investigar el refrigerador.

“Lo que nunca he tenido…
Falta no me hace”

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