Abrí los ojos y estaba en el extremo de un cuatro alargado que terminaba en una amplia puerta. A mi derecha el muro era áspero, como el suelo y el techo, y a mi izquierda había un gran animal que me observaba sin emoción en los ojos. Y esos ojos eran aterradores, aunque el animal parecía algo tierno.

No me moví en varios minutos, llegué a creer que el animal estaba muerto o que se trataba de un ejemplar disecado. Moví un brazo para erguirme y el animal movió una de sus patas.

La puerta no estaba muy lejos, tenía que arriesgarme… o en cualquier momento el animal me comería. Sin mirar a la bestia, que ahora dirigía su atención a la puerta, me precipité hacia la salida viendo por el rabillo del ojo como ella corría a mi lado.

Al llegar a la puerta no pude asir el picaporte. Mi mano no aferraba la esfera de bronce, como si no tuviera fuerza en los dedos. Y al mirar al animal éste me miraba, de pie sobre sus patas traseras apoyado contra el muro sobre una puerta idéntica mientras usaba sus patas delanteras intentando girar el picaporte.

Retrocedí un paso y el animal me siguió. Quizá estuviera amaestrado para este propósito.

De pronto el picaporte se giró en ambas puertas y el animal y yo dimos un salto para alejarnos.

Las puertas se abrieron de par en par. Por la que yo intenté abrir entró una mujer con expresión neutra y grandes ojos. Por la otra puerta entró lo indecible. No era capaz de mirar eso, la masa de tentáculos y extrañas formas palpitantes que reptaban o caminaban sobre su superficie. Sea lo que fuere, estaba interesado en el animal que me acompañaba.

“Eres una mangosta” dijo la mujer al tiempo que la cosa gorgeaba y escupía algo que pronto reingresó por otro orificio a la masa de tentáculos. Supongo que fue mi expresión de sorpresa lo que la llevó a darme la explicación más extraña y sinsentido que hubiera oído en mi vida. No recuerdo todo el discurso, pero sí que me dijo “Eres una mangosta, ése es tu tótem, ése eres tú, debías haberte dado cuenta apenas lo viste en el espejo”.

Claro, estaba detrás de un vidrio. Era mi reflejo.

También dijo que estaba allí porque no había otro lugar donde pudieran recibirme…

Nunca terminé de escribir esto y lo tenía como borrador… Creo que no sirve para los efectos de la novelita “Maestro Irae”, pero en fin, no siempre se acierta en las ideas, hay que reformular las historias y los personajes.

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