…le doy la mitad a mis viejos, de una. Eso sí y sólo si el premio supera los 200 millones. Bajo esa suma la tajada disminuye, obvio. Y así me olvido de los familiares que necesitan plata y que nunca faltan; que se las arreglen con mi viejo.
Y al toque, RENUNCIO a mi pega.
Luego, con la mitad que me queda (que espero sea muy suculenta), me compro dos o más departamentos en distintos edificios céntricos y no tan céntricos, elijo el más bakán para vivir, amueblo los otros y los pongo en arriendo a través de una corredora. Así, sueldo por hacer nada asegurado, de por vida.
Si todavía me queda plata, la buena casa en Viña, ni tan cerca de la playa, con hartas piezas para hartas visitas.
Y con lo que me quede (que ruego sea mucho todavía) agarro un tour por todo Chile, a conocer las maravillas de mi país, las islas más lejanas, TODO. Sin apuro, uno o dos años recorriendo, regresando a Santiago o a Viña de cuando en vez para descansar de tanto traqueteo.
Y entremedio, a leer y escribir como si me fuera a morir.
Y vamos a Machu Pichu, y vamos al Carnaval de Río, y vamos a Europa a pasear y comprar ropa y libros. También me gustaría ir a NY otra vez, paseármelo todo como corresponde, comprar libros con calma, visitar el museo por tandas y caminar el zoológico del Bronx. Un día entero para cada lugar turístico. Hay muchas cosas que no vi y que me penan un poco.
Y al final de esta travesía, que quizá me tome tres años, quizá menos (de la mano de mi Fuchilanga, porsupuesto, que no se crea que sólo pienso en mí) me sentaré en mi casa en la playa a descansar y hacer proyectos culturales, tal vez me dé por hacer cine, por publicar algunos de mis textos… y podré decir que ya es tiempo de cosechar lo que he sembrado en el camino.

“Lo que nunca he tenido…
Falta no me hace”

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