Imagínate despertar y sentir los ojos hinchados. Ahora imagina que tienes la boca seca y con mal sabor. Luego materializa todos los otros malestares que sabes que están allí. Entonces sabes que ese es el “mejor” momento del día y que de ahora en adelante todo empeora.
Vienen los tiritones. Viene el mareo. Viene la migraña. Viene la afasia y la desorientación. Vienen las ganas de quedarte en cama… pero sabes que no puedes.
Entonces tragas dos o más antigripales (paliativos nada más) y te vas con el estómago destrozado a la pega. Allá te das cuenta que lo peor, el colon inflamado, los pies y las manos hinchadas, te auguran un día de constantes visitas al baño.
Revisas tu correo tomas nota mental de los requerimientos del día. Ves tu libreta de notas y lees los requerimientos pendientes de ayer. Miras la pantalla del computador y no tienes ni la más mínima idea de qué tienes que hacer, qué va primero y qué puedes dejar para el final.
Ah, decides que lo mejor será hacer caso al consejo de la abuelita, y te dedicas a tomar líquido, mucho líquido, demasiado. Y cuando no estás sentado botando espuma en el crapper, estás de pie meando fuera porque te vienen los tiritones.
Y a pesar de todo aparentas diligencia y buena onda. Apenas se te entiende lo que dices con la nariz tapada. Pobre del que te diga que sorbeteas mucho. Y los estornudos parecen cañonazos, pensabas que tu abuela era la única que podía estornudar así de fuerte.
Te dan ganas de fumar, llevas tres días haciendo fuerza de voluntad y ya se te acabó el crédito, pero no puedes prender ni un pucho, sabes que a la primera inhalada te vas a directo a la cama. La idea te tienta, pero los malestares te disuaden. Y cuando sales a almorzar el completo te cae como vidrio molido.
De regreso a la oficina alguien pasa fumando a tu lado y te echa el humo; y lo que parecía una bendición, te caga la onda. Sientes asco.
Todavía con nauseas retomas tu trabajo. Nuevos requerimientos surgen de la nada, es lo malo de ser el único que sabe hacer tu pega. Si te quedaras en tu casa, probablemente te llamarían para pedirte una u otra cosa y allá partirías a sentarte frente al compu, porque estás comprometido con tu trabajo.
Es en estas situaciones que deseas ser cesante otra vez. Tienes ahorros para un año de vagancia, tal vez más. Tienes algunos pitutos que te ayudarían a mejorar tus finanzas. Y tienes proyectos que sabes que podrían significar nuevos ingresos a mediano plazo. Pero te da paja, ésa es la verdad. Por lo menos en esta pega te dan un sueldo líquido decente todos los meses, y te tiras las bolas la mayoría del tiempo. Pero claro, estamos hablando de cuando no estás enfermo.
El año pasado te pasaste el invierno completo entrando y saliendo de la puta gripe. Una semana era el malestar en los ojos. Otra semana era la laringe. Otra te daba con tuti, igual que ahora. Y de vuelta a los ojos. ¿Qué clase de enfermedad selectiva que atacó esa vez? ¿La gripe Aviar?
Que no se te olvide esa vez que se te inflamaron tanto los conductos nasales que sólo podías respirar por la boca, hacía mucho frío y te dolía la garganta.
La tarde pasa y falta una hora para la salida. Pero te la juegas, de verdad te sientes pa la corneta, no hay necesidad de fingir. Vas donde el jefe y con sólo verte sabe qué le vas a decir.
Te vas rápidamente antes que alguien cambie de parecer y se le ocurra que necesita algo para ayer. Te vas en el metro, el tren es incómodo incluso a esta hora pero por lo menos es tibio. En la estación de destino agarras el primer colectivo que te deja en tu casa, no puedes enfocar el camino, llegas a tu calle y te bajas como hebrio. Llegas a tu casa al fin, abres, entras, te sirves el caldo de pollo que queda en el refri y te sientas a tragar.
El malestar no se va, pero al menos estás en tu casa. Es increíble como cambia la perspectiva. Ahora podrías morirte tranquilo, no hay nadie que te huevee. Y sólo quieres dormir.
Ah… Tu cama… El ansiado descanso. Con tu permiso…

“Lo que nunca he tenido…
Falta no me hace”

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