Un fantasma en mi casaEra enero de 2003, casi seguro. Marilyn se había quedado sola (sus padres de vacaciones) e hizo un carrete que consistía en tacos, y distintos rellenos y alcoholes para acompañar.

Estábamos la dueña de casa, dos amigas, el pololo de una de las amigas y yo.

Eran las 11 de la noche, aún temprano, ya habíamos comido de sobra y comenzábamos a beber, cuando ocurrió lo del portazo.

Éramos nosotros cinco, nadie más, pero la puerta de la habítación de sus padres hizo paf! tres veces. Sí, tres veces. Tres portazos como de cabro chico muy enfurecido.

Ah, dijo Marilyn. Ya empezaron estos weones a hueviar.

Yo no supe de qué se trataba hasta minutos después, cuando se iniciaron las historias de fantasmas. Ay! en lo único que pensaba era en irme, pero me aterraba más salir tan tarde y en esa zona que no conocía (Las Rejas). Entre cagarme de miedo con un muerto o que me violaran, prefería al muerto. Menos mal que no se me ocurrío la tercera opción, que me violara el muerto, porque ahí sí que habría salido volando de esa casa encantada.

Me quedé, y sufrí por ello. Fue mi primera experiencia con un Poltergeist genuino. Mientras conversábamos y comíamos, en la cocina se oían cosas. Y no era cualquier cocina, era una tipo americana, podíamos ver todo lo que ocurría allí… y yo no vi nada. Pero oí mucho.

Una hora más tarde la amiga y su pololo se marcharon, y quedamos sólo tres tratando de ignorar las cosas que ocurrían allí donde no podíamos ver. Fuimos a una habitación de cama grande y nos pusimos a ver tele.

Al rato nos apagaron la tele. Allá fue Marilyn a encenderla echando puteadas. Entretanto, oía con total claridad como alguien movía los muebles en donde una hora antes habíamos estado comiendo y bebiendo.

La película terminó, y Guajardo no podía quedarse en la misma cama que las damas presentes, así que me tocó dormir solo en la habitación de al lado.

Hacía calor, pero el miedo era mayor. Me tapé hasta arriba y cubrí mi cabeza con una almohada. Y tres horas después recién pude quedarme dormido.

Al rato desperté a punto de gritar, pero descubrí oportunamente que lo que ocurría no era obra de ningún espectro. Algo se movía por mi espalda: mi propio sudor, fluyendo como cientos de gotas.

No recuerdo haber dormido realmente. A la mañana siguiente estaba deshidratado, la cama era un pozo de sudor… pero al menos era de día. No volví a tener el horror de pernoctar en esa casa.

Seguramente se trataba de algúna persona que había muerto allí, o cuyos restos permanecían enterrados bajo los cimientos. ¿De qué otra forma se puede explicar su presencia? Y estaba enojado.

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