La nave descendió en el mar de Júbilo con su carga de hombres y mujeres ancianos. Allí los esperaba el transfer con su tripulación de médicos y enfermeros para dar la bienvenida a quienes alguna vez defendieron a la humanidad contra las Huestes del Infinito.

A medida que los veteranos eran recibidos por los enfermeros, uno de ellos reconoció al último anciano de la fila y una vez que el transfer inició su viaje al puerto, comentó su descubrimiento con el médico en jefe.

—¡No te creo! —y salió el médico a verificar la lista de pasajeros. Era verdad, se trataba ni más ni menos que del veterano de guerra, longevo y condecorado, conocido por todos como Avatar.

—Dicen que luchó en la batalla definitiva codo a codo con Maestro Irae —murmuró el médico en jefe una vez que logró reunir a todo su personal en la cabina.

—Maestro Irae es un mito —bufó una enfermera—. Es un ideal creado por los ejércitos para aunar sus fuerzas. ‘Maestro Irae vendrá’ dicen cada vez que se arma una gran batalla. Luego los carne de cañón aseguran haberlo visto entre ellos. Siempre es igual.

—Es tan real como tú o como yo —levantó la voz el piloto de la embarcación—. Pero no es una sola persona. Las batallas están llenas de actos heroicos y de personas admirables que dan su vida por la supervivencia de la especie humana. Y a ellos se les adjudica el título de Maestro Irae. Luego viene la leyenda. ¿Por qué crees que ha estado presente en cada batalla desde hace más de quinientos años? Tal vez Avatar sea longevo, vivir ciento cincuenta años es mucho tiempo, pero como ves ahora está viejo y lo han enviado con nosotros para que pase sus últimos días en este balneario…

La cabina se llenó de silencio y nadie más habló. Avatar estaba de pie en la puerta mirándolos sin expresión en su rostro. Alguna vez fue Comandante en Jefe de las Fuerzas de Venganza y aún mantenía su título, aunque sólo fuera honorífico.

Al llegar a puerto los esperaba una figura solitaria.

—Allá está ese vago de nuevo. ¿Cómo es que no se lo han llevado? Sería buena carne de… —comenzó a decir el piloto cuando recibió un apretón en el hombro. Avatar estaba a su lado mirando al puerto, pálido y rígido.

El transfer encalló en la playa y desenrolló la rampa de descenso como una gran lengua sobre la arena. Los veteranos de guerra descendieron ayudados por los enfermeros y fueron encaminados al bus que los esperaba junto a la costanera, menos Avatar.

—¿Cómo estás, Viejo Zorro? —dijo la persona de pie en la playa. Iba descalzo, con un pantalón corto y camisa remendada abierta excepto por el último botón bajo el cinturón.

—De lujo, Mangosta —dijo Avatar y fue como si hubiera contenido la respiración por horas. Ahora más relajado, hizo una reverencia y agregó—. No hay moros en la costa, mi Señor.

El piloto de la embarcación, que observaba a la pareja desde el pie de la rampa, sintió que se le paralizaba el cuerpo.

—¿Mi Señor?

—Viejo Zorro, tenía la esperanza de encontrarte acá algún día. En mi corazón siempre supe que ibas a sobrevivir a todas las batallas. El obsequio que te di fue un poco exagerado, me parece…

—Sí, mi Señor. Mi vida ha sido larga y tenebrosa. Llegué tan alto como un hombre puede hacerlo en la vida, y luego vine aquí.

—¿O sea que no estás tan decrépito como pareces? —rió aquél que llamaban Mangosta, y Avatar se sintió aliviado de no tener que fingir más. Se irguió a su postura natural. A lo lejos podían verse los enfermeros que avanzaban lentamente en su encuentro.

—Mi Señor, no tenemos mucho tiempo. Su espada…— y al ver el brillo en los ojos de Mangosta entendió que su encuentro no era casualidad—. Su espada quedó en mi poder luego de la última gran batalla en la Luna de la Tierra. Pero no fui lo suficientemente fuerte ni persuasivo para retenerla. Ésta fue enviada a los laboratorios en órbita. Me mantuve al tango gracias a mi influencia… y lo último que supe es que iban a intentar desmontar el filo.

—Ah… el filo. Con lo que me costó montarlo. Tuve que colapsar tres hoyos negros para lograr la curvatura de luz justa. Si lo desmontan, me temo que sería el fin del sistema solar —Y al notar el pánico en Avatar, agregó—. No te preocupes. La Vía Láctea está llena de colonias.

Avatar quedó mudo por la dureza de las palabras de Mangosta. Pero había también en su voz un tono nostálgico.

—Ya es tiempo que recupere el arma, yo la hice, yo la debo destruir. ¿No crees?

—Le deseo suerte, mi Señor.

—¡Ey! Llámame por mi nombre verdadero.

Los enfermeros tomaron a Avatar de los codos para conducirlo al bus, pero al oír lo que dijo a continuación lo soltaron y echaron a correr sin mirar atrás.

—Hasta pronto, Maestro Irae.

Mangosta retrocedió sonriendo, mientras su cuerpo se transformaba en la criatura más temible del universo. Algunos de los ancianos que le vieron a lo lejos murieron al instante.

—Me olvidaba de algo —dijo Maestro Irae con una voz que produjo en Avatar una reacción espontánea de horror. Un pequeño bulto rectangular flotó hasta sus manos desde el abultado vientre de la criatura. Cuando vio lo que era, levantó la vista, pero ya no había nadie allí.

—La historia de Maestro Irae, relatada por Maestro Irae en persona —decía en la tapa del objeto, un libro de hojas negras escritas con líneas de oro y plata.

—El mismo sentido del humor —rió Avatar mientras caminaba al bus con el libro entre sus manos.

Cápsula de contexto para “Maestro Irae”, una novelita basada en la aventura de un chiquillo que tuvo la mala suerte de estar en el momento y lugar equivocado, conectándose con poderes que están más allá de nuestro entendimiento.
Mi intención es contar la historia desde el final y retroceder así hasta el momento en que el personaje sufre el accidente.
Sería una buena historia para comic, creo.

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