Llegar un día a ver a mis abejitas y encontrar un panal cadáver no es alentador. Es doloroso, más aún cuando llevábamos más de un mes tratando que repuntaran, ese panal en particular. Le pusimos una reina fecundada que costó muy cara, nos alegramos al ver que la reina se paseaba y que había postura. Y luego cadáver.
La razón fue una negligencia fuera de nuestra responsabilidad. El personaje que nos vendió las abejas nos había prestado unos banquillos de metal, y resulta que se los llevó y nos dejó a cambio unos de madera. No había nada de malo en eso, salvo que lo le puso los pocillos con aceite en las patas y se subieron las hormigas.
Como el panal estaba débil, murió. Las hormigas se lo comieron completito. Semanas antes habíamos descubierto restos de papel quemado dentrop del cajón, algún pelota le había metido un papel prendido. Las pobres abejitas llevaban harto tiempo luchando contra las inclemencias del lugar.
Tal vez fue un eror de manejo, tal vez debimos robar un panel con cría operculada de otro panal fuerte y chantárselo para reforzarlo. Había muchas formas de salvarlo y de reforzarlo sin hacerle daño.
El cuento es que lo perdimos y estoy como de luto, porque no le dimos la atención que debía en el momento oportuno y porque bastó una simple negligencia para que lo perdiñeramos definitivamente.
Uno le agarra cariño a los bichos, sobretodo cuando una decisión errada los puede matar. Pican re fuerte, y me salieron bravas las chicocas. Pero aún así creo que no me sentiría bien si las dejara a su suerte. Incluso no me veo un fin de semana sin ir a verlas. Es como una adicción. Ni lo hubiera imaginado.

“Lo que nunca he tenido…
Falta no me hace”

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