Pero algún día… pero algún día…
Abro la petaquita y la hallo vacía…

Así cantaba Viole(n)ta Parra. Iba yo caminando por Dalcahue rumbo a ese extraño museo que está junto al mar, pero sobre el mar, lleno de pájaros discecados, truculencias de los nativos de la zona (ahora extintos, parece) y reseñas mitológicas. Allí conocí a la Fiura, esa “enana fea y repugnante” cuya función en el gran mito chilote ya olvidé.
Fue que saliendo de ese lugar oí una voz de mujer, cantando acompañada sólo por su guitarra. Era una grabación, una canción hermosa que de pronto me taladró el corazón. Era un simple vals, “qué pena siente el alma”, y la voz como de abuelita.
Allá no muy lejos estaba el gilipollas que tenía la radio a todo chancho, vendiendo casetes regrabados a los turistas. Y yo quería esa canción.
Compré el casete y me lo escuché miles de veces. No me aprendí las letras, me gustaba oírlo solamente. Y de toda esa maravilla minimalista rescaté esa frase, algo que me decía mucho entonces y ahora cobra un nuevo sentido. No he tenido hijos. No he tenido tanto dinero como no saber en qué gastarlo. No he tenido el horror de conocer mi futuro. Hay muchas cosas que no he tenido, y por lo tanto no me hacen falta, todavía. Antes no tenía amor correspondido. Pero ahora…

“Lo que nunca he tenido…
Falta no me hace”

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