…puede ser una experiencia grata y relajante, o un total infierno.
De regreso de mis tranquilas vacaciones en Chillán, tuve que mamarme más de cinco horas en un bus. Permitidme enumerar la serie de no conformidades que presencié y de las que fui víctima durante este tedioso viaje:
1) el weón que venía sentado detrás mío tenía las piernas muy largas y le daba con enterrarme las rodillas en los riñones. No era todo el rato, pero cada cierto tiempo zas! que sentía el golpe. Aquí las faltas de la empresa transportista son graves, yo ni debería enterarme que hay un gil sentado detrás mío, y el espacio entre los asientos es muy pequeño teniendo en cuenta que sería un viaje de más de dos horas. O sea, les importaba una raja que estuviéramos todos incómodos con tal de subir más gente al bu$.
2) niños corriendo por el pasillo. Así es, no bastaba con que el bus fuera estrecho, había dos niñitas que se la pasaron casi todo el viaje correteando de una punta del bus a la otra. Los padres obviamente estaban felices de sacarse a las pidullentas de encima. Y ni los auxiliares ni el chofer decían nada acerca de esta terrible falla de seguridad. A veces el bus frenaba o daba saltos por la mala calidad del camino, o simplemente viraba en alguna curva cerrada, y las cabras chicas volaban. En una oportunidad se me cayó un lápiz al pasillo, me agaché para recogerlo y una de las niñitas se estrelló contra mi horrorosa nuca. Luego se me quedó mirando muy enojada, como queriéndome decir “qué cresta haces en mi propiedad, vaquero”. El asunto es que ese accidente, por muy inofensivo que fue, no debía haber ocurrido.
3) otra vez niños, pero llorando. Aquí el palo no es para la empresa de buses, sino para los padres de esos mocosos ruidosos. EL BUS ESTABA LLENO DE ESOS PADRES IRRESPONSABLES Y PERMISIVOS que dejan que el niñito haga lo que le dé la gana, “no se me vaya a traumar mi sol”. Son esos padres que vivieron bajo algún tipo de represión cuando muy chicos, o incluso ya hedionditos, y no quieren que sus retoños sufran esos malos ratos. A cambio están criando un energúmeno que siempre hará lo que le dé la gana y cuando sea el momento de imponer cierta autoridad, el cabro los va a mandar a la punta.
¿Pero quién soy yo para decirle a unos padres primerizos cómo deben educar a su hijo? El único consuelo que me quedó, y recalqué durante todo el viaje como un mantra, es que una vez que me bajara del bus ya no los vería más, y en cambio ellos tendrías que soportarse mutuamente por mucho más tiempo. Hay matrimonios que se quiebran por negligencias de menor envergadura con los hijos.
4) las tardes de cine. Como era un viaje largo, nos ponían películas y música. Lo primero que vimos fue la historia de una familia de primates de la india, muy venerados, que se la pasaban peleando o fornicando. Fue muy educativo en realidad. Cuando viaje a la India quiero ir a visitarlos. Luego dieron un capítulo de una serie alemana (supongo) de unos giles que andan salvando gente en helicóptero. No me llamó la atención así que me dediqué a leer. Más tarde pusieron un casete con música cebolla grabada de alguna radio, probablemente de la colección de “imperdibles” del auxiliar de turno. Después de eso vimos algunos videoclips, y al final, otra vez los primates fornicadores. Ahí me quedó muy claro que ese bus en el que me habían subido no estaba destinado para viajes de más de dos horas. Es de perogrullo, pero debo recalcarlo.
5) tanto lo poco confortable de los asientos, así como el hecho que por cada dos puestos iban tres personas sentadas (dos adultos y un menor de edad), hecho que ayudaba a la mazcla de olores y al calor terrible, y la fetidez del baño, me produjeron un alto grado de intolerancia al género humano. Y nadie reclamó por nada, en ningún momento. Una señora estaba a punto de morirse de un soponcio y allá estaba ella, sin levantar la mano siquiera pa que acudiera el auxiliar y le diera alguna solución, nada, piolita. En un momento era tal la molestia que me produjo un pendejo que chillaba como condenado porque no sé que chucha (ese tipo de gritos que alteran los nervios) que hice el clásico shhh! y la madre me pegó tal mirada que me dejó sin respiración, lo juro. Estaba claro que mi reprimenda no era pal pendejo, sino pa ella que era una pésima madre incapaz de educar a su hijo con un mínimo de comportamiento. Luego lo pensé mejor, y a pesar que sigo pensando lo mismo de ella, si yo estaba incómodo, el cabro chico estaba peor, tan acostumbrado al bilz&pap que le dan sus papis este viaje debió ser un infierno.
¿PERO CÓMO PODÍS SER TAN PELOTA COMO PARA OBLIGAR A UN CABRO CHICO (y de rebote a toda la gente que viajaba contigo en ese mismo bus) A SOPORTAR SEMEJANTE TORTURA? ¿No se te ocurrió que el niñito se iba a sentir incómodo, que quizá haría calor, que sería necesario distraerlo pa que no jodiera? ¡SI ES TU HIJO POH! ¡CÓMO NO VAI A SABER QUE EL JETÓN SE PONE MAÑOSO!
Esto me lleva a otra línea de análisis: la actitud de el 90% de los chilenos a no importarle lo que sus acciones causen en el vecino inmediato, “total es problema mío, nadie tiene por qué meterse”… Otra vez el concepto arraigado de HACER DAÑO PORQUE SÍ, pasar a llevar para demostrar… qué? ¿que de entre todos los choritos yo soy cholga? Y pobre del que me diga algo…
[Frustraciones tan profundas y dañinas que hacen de toda esa población una bomba ambulante de ira contenida y con la necesidad de liberar ese peso en algún lado]
La próxima vez, aunque me cueste un ojo, viajo en avión.

“Lo que nunca he tenido…
Falta no me hace”

Anuncios