Lo que es estar enamorado. Llevo un tiempo pololeando y siento que fuera desde siempre, que durará mil años si pudiera vivir tanto. Los amores anteriores cuentan como forjadores de carácter, son anécdotas en el diario de vida, frases destacadas en cuadernos llenos de poesía. Pero nada más ahora.

Una vez hace cinco años me enamoré de una amiga en la universidad. Caí redondito. Sufrí. La veía todos los días. Así nadie puede desenamorarse con la rapidez que requiere un carácter débil como era el mío.

Al final vinieron las vacaciones, se fue lejos, le gustó un tipo y desde entonces está con él. Así fue más fácil para mí, y desde hace un par de años que volvió a su estatus original, sólo amiga. (eso es bueno, creo, mantener a los amigos)

Luego conocí a la Gaby y me cambió el mundo. Hasta conocerla, estaba seguro que pasaría el resto de mi vida SOLO, enrollándome y sufriendo por minas que ni me pescaban (el 90% ni me conocieron). Ya llevamos un año y medio. UN AÑO Y MEDIO. Y bien.

Pero antes de la Gaby hubo otras. Sí, debo confesarlo. Tuve un pololeo fugaz a principios de 2003, un mes exacto con Andrea. Gracias a ella recuperé la esperanza y supe que era capaz de tener una vida, alguna vez. Ella me pateó por razones prácticas, “no se veía conmigo” en un mediano plazo. Bien por ella. Así pude soñar y conocer a la Gaby, obvio. “Todo ocurre por elgo” dicen los sabios. Ja!

Antes de ella hubo otra, la historia de hace cinco años.

Antes de esa historia, hubo otra Andrea y una Carmen. Esta Andrea me duró poco, andaba detrás de un amigo. Fue algo así como un trío desamoroso. Nunca nada, salvo un beso por penitencia, así que no vale.

Carmen fue otra historia. Escribía cuentos pensando en ella. Urdía historias fantásticas que todavía me rondan. ¿Y creís que me pescaba? ¡Qué se iba a fijar en un mojón como yo! De la raza inferior, yo. Un poco más de dos años de doloroso amor platónico por ella. Estaba enamorado de su imagen, no de ella especialmente. ¿Cómo explicarlo? No la volví a ver desde que salí de la U.

Antes de ella, el caos. Me gustaban todas a la vez. Sí, caos. Todas: dícese de un grupo de no más de cinco conocidas que veía todos los días.

Antes, el colegio. Tres años enamorado de Tatiana, la niña que se iba conmigo en la micro al colegio. Nunca hablamos. Creo que le gustaba. Yo la amaba como puede hacerlo un adolescente tímido y soñador. Apenas recuerdo su rostro. El último año pololeó con un loco y años después la vi por casualidad, con su guagua en brazos. Todavía no cumplía ni dieciocho.

Antes, una tal Liliana (creo, ya ni recuerdo bien su nombre) y antes, la primera, Paulina. ¿Cómo iba a saber que estaba enamorado? Pensaba en ella todos los días, me levantaba y me acostaba pensando en ella. Iba en octavo y no entendía por qué me avergonzaba tanto cuando me hablaba. Apenas podía mover los labios.

Así fue que pasé de atormentarme con amores exóticos, el uso indiscriminado de la telepatía y el desperdicio irremediable de una importante parte de mi vida, a sentirme enamorado como si fuera la primera vez. Al menos es la primera vez que siento la reciprocidad que otros gozaron y restregaron en mi rostro todos estos años.

Para variar me estoy quejando. Doy gracias al Dios que me trazó esta ruta, por haber hecho un gran rodeo. Soy lo que soy gracias a estas experiencias dolorosas. Gracias a amigos y amigas que me ayudaron, algunos me ayudaron a pasarla peor en realidad, pero incluso así les agradezco. Me debo al pasado, pero vivo pensando en el futuro.



“Lo que nunca he tenido…

Falta no me hace”

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