…y se detuvo en esta esquina porque se le antojó mirar la luna, asomada gigante y luminosa entre las acacias. “Yo estuve ahí” piensa con nostalgia, apretando con fuerza sus hombros enjutos y arañando la tierra con las garras.
“Yo estuve ahí” dice una voz a su lado, una voz humana.
De reojo lo ve: un hombre con más de 25 años, pero menos de 30. Éste también le mira de soslayo y luego regresa a su contemplación de la luna, sonriendo.
La curiosidad se apodera de su sangre. “¿Me puede ver? ¿Me puede oír?” piensa y no puede evitar el temblor en su larga boca de dientes afilados.
“Por supuesto que puedo” dice el hombre expulsando una nube de humo oscuro por la nariz. Tiene un pequeño cigarro en la mano junto a su boca, y bajo la luz de la luna se trasluce el piercing en el miocardio.
“Ahhhh…” piensa abriendo sus alas. Había olvidado el hechizo que pesa sobre su corazón y la traición de su amada bruja de los mil alfileres. ¿Por qué recordar algo tan… olvidable? Si no tiene remedio, ¿para qué preocuparse por eso?
“Al fin nos encontramos” dicen al unísono resonando en el valle como un eco telúrico, y sus voces son una sola…

Es un cuento autoconclusivo, no es parte de nada.
Pero no me extrañaría que le encontrara alguna utilidad en otro relato, más adelante.

Anuncios