Y resulta que éramos un grupo pequeño metido en esa habitación. Compartíamos el aire, el agua, la comida y los olores. Sobretodo los olores.
Cinco hombres y cinco mujeres. El instinto me decía que era una suerte, que no importaba qué pasara, tendría mi parte del botín. Pero en la práctica no sería tan fácil. Todos querían a la más rica; todas querían al mejor, y ése no era yo.
Así que mejor no entrar a la pelea. “Déjalos que se maten entre ellos”, decía mi conciencia; “entonces tendrás la ventaja”.
Así fue que tomé una decisión, la más difícil de todas. Ahí sentado en un rincón estaba el más débil de los hombres, un pendejo llorón que sufría por estar lejos de casa. Para el resto de nosotros era un tremendo perdedor, y eso lo hacía peligroso para mis planes. Debía meterlo en el juego, a la fuerza de ser necesario.
Y así pasó el tiempo. Si era día o noche, ni idea. Cuando me daba sueño dormía. Cuando tenía hambre comía. Con sed bebía. Y cuando me bajaban las ganas, pedía que nadie mirara y apuntaba mi trasero al orificio en la pared. Era una posición incómoda, los que diseñaron el habitáculo sabían nada de hergonomía.
A veces nos sentábamos a charlar. Había que pasar el tiempo de alguna manera. Primero fueron nuestras vidas antes de… esto. Luego lo que queríamos hacer si alguna vez salímos de allí. Luego todo lo que hicimos cuando pequeños, nuestras extrañas vidas, nada en común entre nosotros.
Ellas tomaron la iniciativa, por supuesto. La más osada eligió al “mejor”, y al verlos acurrucados, abrazados, sus bocas rozándose con ardor… las otras le siguieron la corriente.
Y así quedamos el más débil y yo, más dos minas que no eran feas, pero tampoco calzaban en mi estándar de belleza. Eso me llenó de rabia, de genuina ira, que ayudó a leudar mi plan.
Una noche el pendejo sollosaba en su rincón, “por qué a mí” decía. Nadie le había hecho nada malo. Podía decirse que no le faltaba nada.
Pero él quería otra cosa, algo que no estaba aquí. Así que acabé de tostarme, y cuando todos estaban bien acurrucados, conversando privadamente a la espera que se manifestara el silencio, cuando el llorón dio ese último suspiro, cuando la mina que por descarte me tocaba plantó el culo en el orificio del muro, me lancé sobre el ñoño como un puma hambriento.
Fue una paliza de diez segundos, rápida, con toda mi fuerza. “Llora con ganas hijo de puta”, “no eres el único que extraña a su mami”, “¿No querías ser astronauta, pendejo?”.
Sus gritos desesperados alertaron al grupo. Entre todos me tomaron de brazos y piernas y alzaron hasta el otro rincón del cuarto, “¿qué te pasa?” decían sus rostros aterrados, no había justificación para lo que acababa de hacer.
Pedí que se fueran todos a la mierda, dejé de resistirme y observé cómo las que habían elegido primero iban en ayuda del desvalido.
“Bien”, pensé. Fueron jornadas completas planeando este momento. Pero todavía era pronto para pensar en la victoria. No sabía qué nos esperaba luego que saliéramos del cuarto, si alguna vez salíamos. Pero de algo estaba seguro: no seríamos débiles.

Una cápsula de contexto para un relato que nunca escribí, pero que pretendo escribir algún día.

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