Quienes han sufrido de insomnio por un tiempo prolongado (más de 7 días consecutivos) sabe de qué hablo. Es la imposibilidad de quedarse dormido antes de las 2 AM, que coincide con la obligación de levantarse a las 7 AM para ir a trabajar o estudiar.

Al principio no es tan terrible, hasta se puede tomar como una falla en la administración del tiempo. Pero cuando la situación se perpetúa, cuando a pesar del cansancio el sueño no llega y la mente se llena de ideas, ahí la cosa se pone peluda.

La falta de sueño al principio se manifiesta como somnolencia en las horas pic del día. A esto se le suman la decayente capacidad de controlar las emociones “indeseables” (léase ira, miedo y otras de la familia)… todo esto conducente a un estado de estrés en aumento que acaba de reventar con ansiedad y angustia.

El estrés, como mecanismo de defensa primitivo establecido en el cerebro como la fuente de los instintos y reflejos, es bueno en pequeñas dosis. Cuando sentimos una amenaza (de cualquier índole), esta parte primitiva reacciona, como los cavernicolas ante una señal de peligro inminente. Y ante esa situación hay sólo tres posibilidades: la primera no es generada por el estrés directamente, sino por otros mecanismos de “defensa”, y es no hacer nada al respecto; la segunda es atacar, defenderse con las armas que tenemos; y la tercera es escapar tan lejos como se pueda.

Tanto la actitud defensiva como la escapista producen estados en que las personas actúan en contra de sus compañeros de trabajo, o en contra de sí mismos, traducidos en actitudes destructivas y autodestrictivas respectivamente.

Y bueno, la falta de sueño genera estrés inmediato, la mente no funciona tan bien como el resto del tiempo y se suelen generar malos entendidos o a sentir cierta paranoia.

Por eso ante un estado de estrés reconocible, lo primero es dormir bien.

Así que buenas noches.

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