Pocas veces me pasó que un disco me marcara de tal manera. O una banda.

Verano de 1997. “OK Computer” en el pérsonal mientras escribía “Deke, la paradoja”.

Verano de 1998. “Portishead (homónimo)” en el CD mientras escribía “Gur”.

Antes de esos dos discos fundamentales, mi banda sonora del día era Nirvana con todas sus decadentes letras suicidas. Luego apareció tímidamente Radiohead con su “Pablo Honey”, que descubrí tardíamente intentando averiguar quién cantaba esa “creep”. Casi enseguida llegó a mis manos (tras una ardua búsqueda) el “The Bends”, que vino a ser la principal influencia sonora en mis composiciones musicales de ese entonces.

Al salir “OK Computer” no había oído ninguna canción, sabía que el single duraba más de 6 minutos (cosa rara en un grupo de nuestra generación) pero nada más. El CD nuevo me costó muy caro, pero lo tenía, nuevo, mío.

Escucharlo fue un placer desde la primera a la última canción. La más difícil de asimilar fue “Electioneering”, la última en calzar en mi concepto del disco.

Al año después, casi por accidente, recibí el homónimo de Portishead. Conocía dos temas, “Nobody loves me” del disco “Dummy”, y otro, “All Mine”, que vi en pantalla grande para los 25 años de la radio Concierto en la disco Laberinto. De ellos no sabía nada más.

Y al oírlo me volví adicto a esa voz y la oscuridad de su trip-hop. ¿Qué más podía hacer sino adorarlos? Su sonido, como el de Radiohead, tenía una huella digital precisa, como una llave que calzaba justito en la cerradura de mi ánimo.

Y hay dos discos más que me marcaron con tinta indeleble: “Post orgasmic chill” de Skunk Anansie; y uno de At the Drive Inn cuyo nombre no sé, el último de sus carreras.

Otro día hablo de ellos.

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