Parece una ley de la naturaleza, que con el tiempo todos nos ponemos más huraños. Ya salí de la etapa en que quería tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar. Un millón de amigos son un millón de problemas.

No me malinterpreten. Yo me preocupo por mis amigos, cada cierto tiempo me interesa saber en qué están, y recordarles que existo, que me acuerdo de ellos, etc. Y a veces sufro con ellos (ellas). Mal que mal, para eso están los amigos.

¿Y pa’ qué un millón? Sería demasiado sufrimiento. Y aunque alguna vez tuve muchos amigos (corrijo: muchos conocidos), sólo unos pocos fueron verdaderos amigos y amigas, y son las personas que frecuento, que llamo, a quienes escribo.

Por eso hablo de ser huraño, como que ya no fuera capaz de hacer nuevos amigos. Con las amistades de mi polola no es distinto, podemos compartir, reírnos, conversar… pero en estricto rigor no son amigas mías. Eso no quita que podamos serlo alguna vez, pero no es como antes, que bastaba una conversación amigable y zas!, un nuevo amigo en mi lista de contactos del messenger.

Soy más selectivo… si se puede decir eso sin ser pedante.

Y mi carácter también ha evolucionado con el paso del tiempo. Ya no hago tantas concesiones como antes. Ya no aguanto a los gilipollas, que se vayan a dar jugo a otro lado, me estresan. Ya no aguanto mucho en realidad.

A mis amigos y amigas les aguanto todo… traduzco: nos toleramos mutuamente y bajo este estado de tolerancia extrema podemos ser transparentes y hablar de cualquier tema, pedir opiniones y opinar sin temor a perder la amistad.

Yo no soy una persona común y corriente… Pero ¿quién lo es? Podría vestirme muy ñoño pero bajo la cáscara sigo siendo una especie de punk mutante.

Conclusión: en espíritu, soy un tipo complicado; en la práctica, soy una persona razonable y afable la mayoría del tiempo. En la superficie soy amigable, pero en el fondo ando rezongando por todo. En resumen, no traigo el demonio a flor de piel, pero ahí está.

Ser un demonio no es ser malo ni psicópata, ojo. Basta con decir que a veces en el metro o en la micro o el ascensor me dan ganas de pedorrear. Y podría disfrutar al ver el sufrimiento de los desafortunados alrededor mío. Así de cruel puedo llegar a ser.

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